14/365 Un hombre-árbol

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Este es el día 14 de 365 días de escritura.

M escribe mapas de amor a hombres desconocidos para encontrarse en el invierno de Moscú. M propone juegos a hombres desconocidos que hacen películas con poesía, películas como nosotras escribimos el diario, con ganas/sin ganas, con tiempo/sin tiempo, con conquista y seducción de lugares y personajes que se cruzaron en el camino y otros que no lo hicieron pero supieron quedarse a medias. Un hombre me dice, al borde de los labios, “quédate así, este es el mejor momento, yo en mi mente ya te he besado”. Me enamoro en la calle: de un modo de vida —sonreír a todo el mundo, vender postalitas por placer y no por necesidad aunque también lo haría si no tuviera un duro y estaría contenta de regalar lugarcitos donde escribir poemas—, me enamoro de un tal JP con mirada de perro labrador y vuelvo una y otra vez a buscarle con excusas: que si la revista, que si te enviaré una postal desde Boyacá y te diré que tuviste la mirada tan linda aunque tampoco tuvieses dinero, es fin de mes, qué importa, somos pobres todos pero felices.

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Escribí un diario visual. Diario ruso —solo el nombre me estremece— y Mapas me dieron ganas de experimentar con todo. Grabé un diario íntimo de tres minutos que no pude enseñar a nadie: es un vídeo sobre el vacío. De repente los ruidos cotidianos se habían hecho tan violentos que la casa de mosaicos se llenó de humo y no supe cómo continuar. Experimenté con las tomas y los planos, con los sonidos del interior y el exterior y M me dijo: “vos lo que estás es aburrida de vos misma”. ¿Cómo no había caído en ello antes? Hay un león enjaulado ahí dentro: está en un laberinto y conoce las salidas, pero todas llevan a la misma pared cuadriculada.

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Los amores-silencio. Los amores-infantes, dice S. Los besos que se quedan a medias o los besos cuando ladro en la ventana del hombre árbol. Hombre-Árbol. Le regalé un nombre bello a alguien que apenas conozco. Le regalé una postal-promesa a alguien que no conozco en absoluto. Le regalé un bona tarda al senegalés de un bar en el Born y me dijo: “Senegal, Mauritania, Marruecos —señalando a sus colegas—venimos cruzando el desierto” y los los tres de caras pintadas sonríen y se acentúan las ganas del couscous entre el adobe tamizado de Essaouira. Quiero contárselo: tengo hambre de alteridad, de besar bocas extrañas en las calles de una ciudad de sol y callejones, o tal vez en la selva profunda de Tayrona, ¡en cualquier lugar! Y de bailar salsa en los garitos hasta que caiga la noche, sin licores, sin humos blancos, solo el trance, la música, la caña del azúcar como simiente. Y de ponerle rostro a un tal Siminiani a quien M escribe cartas de amor en Moscú, y de besar en la cocina al gaucho —porque quise imaginarlo gaucho y nosehablemás—. Y de comerme todas las mayúsculas, pero los acentos vocálicos no porque son como si las letras se pusieran lindas para ir a la fiesta, como pintarse las pestañas muy de negro.

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Dice el Hombre-Árbol que le gusta la música que le hace volar. La música de rizo. La música como una pintura en su imaginación. El Hombre- Árbol me pinta el cuerpo entero con colores: la sabana africana en el brazo derecho, motas de colores que no veo en el centro de la espalda, palabras obscenas, linduras, pájaros.

Yo me convierto en música.

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