15/365 Diario del viento en Lyon

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Este es el día 15 de 365 días de escritura.

 

Sopla un viento que a él le habría encantado.

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Arriba, arriba a Saint-Just, veamos la ciudad desde lo alto. ¿Ves la hierba? Ahí nos sentamos a leer nuestros libros un verano y las arañas se nos subían por la ropa. El Vieux-Lyon estaba lleno de turistas, ¿te acuerdas? Pero no nos molestaban, paseábamos y probábamos el saucisson caldo, como tú lo llamabas, en esa interpelación a las lenguas primigenias del sur de Europa. Entonces me leíste fragmentos de aquel libro que leías sobre el preso fugado en la India: “porque en el lecho de muerte, todos miramos hacia lo lejos, acordándonos de nuestra tierra”. ¿Será verdad que nos pasaremos la vida soñando con los lugares que voluntariamente abandonamos?

Abajo, abajo, vayamos al museo de Beaux Arts y miremos cómo se mueven las estatuas al ritmo de la música de los violines. ¡Pero bailan! Dijiste tú: lo que más me gusta son las sombras que proyectan ahí, en las paredes. Encontramos un Monet y un Gauguin. Tú prefieres la vista de un Londres bajo una bruma de luz, yo el paisaje de Tahití y las mujeres. Hay un cuadro de un autor que ninguno conocemos: es bello pero parece inacabado y creo que por eso me gusta. Los tonos púrpuras y los amarillos están deslavados. Parece un boceto. “Como la vida, solo un boceto del que nunca podremos pintar un cuadro”. Recuerdo a Kundera. Hablamos del arte, porque eres una persona de esas raras que curan enfermedades y por las noches esculpe en hierro un mundo natural.

Del cuaderno negro:

“He trasladado la pregunta universal -¿por qué estamos aquí?- al plano personal de la escritura. ¿Por qué escribo? En el museo de Beaux Arts hablábamos T y yo del poder de la pintura y la escultura para dejar testimonio psicológico y estético de una época. Los surrealistas se cansaron los corsés sociales y se inventaron un nuevo lenguaje para expresar imágenes móviles. Los realistas necesitaron mutar de la concepción del arte como religión y, con ojos ávidos, copiaron lo natural, los actos pequeños: dos mujeres leyendo en un salón azul, los rostros serios. En todos los momentos del arte ha ocurrido esto: una redefinición de la personalidad, primero, individual, para después, reinventar la de una colectividad entera.

El arte, en este contexto de cambio, cumple con el fin último de expresar el contenidos de unas mentes que no se subordinan a los dictados culturales de un momento preciso. ¿Escribimos, nosotros, con la misma intención? Hay una vocecita -advierto- que dice: escribes para entender los procesos que hay adentro tuyo, para tender puentes entre acontecimientos pasados y conclusiones de hoy y que vendrán después.”

Y después:

“Escribir como un modo de vida (como un modo de mantenerse de viaje), dice Maga. por otro lado, esa necesidad de Anaïs de ser leída, de que alguien – al menos uno- ame tu obra.

Hacer mitología de lo cotidiano, ¿será eso?”

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