Un día en Hanoi- un día menos en Vietnam

No se ha desperezado el día aún cuando el tren de Lao Cai nos deja en la estación de Hanoi. Son las cinco de la mañana y sigo con el jet lag de Madrid-Moscú a cuestas, y aún el día es joven y ni siquiera las calles se han llenado del característico olor a pho que todos desayunan por aquí. Con el primer sol me dirijo al Templo de la Literatura. La quietud de sus patios, su estanque en perfecto reposo,  contrastan con fuerza con el bullicio de motos afuera. Hanoi nunca descansa, y su tráfico aún menos.  Cientos de scooters y motocicletas se cruzan en cada calle sin control y a toda velocidad, tratando de esquivarse y evitar ser arrollado por los grandes autobuses y sus pitidos. Si algo resulta difícil para nosotros cuando llegamos a Vietnam es cambiar el chip que asocia pitidos con peligro: aquí son solo una manera de comunicarse.  Aún sigo pegando saltos de  vez en cuando :)

En cuanto accedo por la puerta principal del Templo me doy cuenta de que hay estudiantes por todas partes. No entiendo por qué hasta que Thuy, una chica vietnamita con ánimo de mejorar su inglés, se sienta a mi lado y comienza a preguntarme cosas. Su hermano nos observa desde lejos. Me cuenta que antes de hacer un examen, los estudiantes acuden al Templo de la Literatura para pedir a Buda buena suerte. Después me coge de la mano. Es otra cosa a la que nos tenemos que acostumbrar cuando venimos al este: no existe un límite prestablecido de contacto entre dos personas que no se conocen en absoluto.Thuy me llevó a ver música tradicional vietnamita de su región. Me hizo coger un autobús loco y se reía de mí cuándo ponía en práctica mis propios hábitos a la hora de pagar en él. Me llevó también a tomar un helado y a hacernos fotos orillas del lago Hoam Kiem (esa extraña adicción de la juventud vietnamita a tomarse fotos con todo turista habido y por haber).  Después de una mañana con ella, me encontraba exhausta, pero feliz de haber tenido la oportunidad andarme la ciudad  de arriba abajo con los pies de alguien que la vive cada día.

Podía haber sido un día en el que paseo y paseo y veo todo lo que hay que ver y vuelvo a casa  con la cabeza llena de imágenes pero vacía de verdadera vida y pensamientos. Sin embargo  conocer a Thuy y dejarme llevar por ella sin pensármelo dos veces fue el primer contacto real con este país. Por la noche, muchas horas después de habernos  despedido y observando Hanoi desde la decimonovena planta de un edificio, en el Rooftop Café, me di cuenta por primera vez  de dónde me encontraba realmente y por fin mi mente dejó de repetir una y otra vez ¡Estoy en Hanoi, estoy en Vietnam!, como llevaba días haciendo. Hoy me quedan solo cuatro noches más en este país antes de volar a Filipinas, y recuerdo aquél primer día en Hanoi como un verdadero ritual de iniciación en el que me desprendí de muchos miedos y sobre todo de muchas expectativas sobre lo que significaba estar donde estoy,  viajar, moverme, go with the flow (mi nueva expresión favorita). Después de veinte días me he enamorado y me he sentido decepcionada y perdida, he probado cosas de aspecto sospechoso, he  conducido nuevos y peligrosísimos transportes, extasiado ante paisajes inimaginables y casi llorado al ver la destrucción de otros. He admirado el modo de vida vietnamita por su sencillez y lo he censurado por su codicia en partes iguales. He pasado días malos, días buenos y días increíbles, pero todos y cada uno de ellos me repetía: estoy aquí, como un mantra de relajación extrema, una droga bendita frente al pánico y la incertidumbre que a veces atosiga y te hace preguntarte qué estamos haciendo  exactamente en este lugar.

Viajo hacia Saigón. El sol se desparrama sobre las montañas y se cuela entra los trozos de nube que cuelgan a escasos metros de mí. En la pantalla del autobús, una balada vietnamita. No podía esperar una banda sonora mejor para este momento. Y cuando por fin me acostumbro, he de marcharme. Shit.

 

Nota a pie de página: estoy en el aeropuerto. Qué sensación de abandono. Flying to Manila.

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