16/365 Atlántico

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Este es el día 16 de 365 días de escritura.

Podría decir que sí a las invitaciones de playa y guitarra. Podría haber dicho al hombre árbol: encontrémonos ladrando, así como la última vez, sin que nada importe. Tengo los ojos de los árabes del Atlántico aún clavados adentro: fue la cara de M, observando a Ibrahim Maalouf sobre el escenario, la que prefiero de todas ellas. Eso era felicidad. La boca abierta y los ojos brillantes, todo el rostro brillante, todo el cuerpo relampagueando, todo el alma expandida en la plaza Mulay Bouzerktoun.

Fue junio en Essaouira y fueron los vientos en Sidi Kaouki, en la casa de un desconocido con olor a azafrán y una boina y los ojos separados como Cortázar. Hablamos en español: la conversación empieza, de pronto, mucho más lejos de nosotros, allí donde los flujos se excitan y se conocen de alguna manera extraña y lúcida. Para qué decirte: soy de Madrid, tengo veintitantos pero empezaré a decir que tengo menos, para qué decir estudié periodismo, qué más me da eso si soy tantas otras cosas, si en realidad estudié los libros de Tostoi cuando todavía era demasiado joven y creo en el realismo mágico por encima de la ciencia, y en Epicúreo como un padre y en Jung como un dios. Qué más da que te dijera todas esas cosas si al final, tú hablas: Yo llegué aquí por un nombre: Sidi Kaouki, con todas las vocales del viento. Sidi Kaouki porque el Atlántico no es como el Mediterráneo: está vivo. Te digo, entonces, valenciano de tierras bereberes, mira cuánto de lejos podemos ver desde aquí. Él dice: será Florida. Vayámonos a Florida entonces, en línea recta. La sensualidad comienza en las palabras, menos mal que aprendí eso, y continúa con los cuerpos y con las barbas y con los ojos separados como los de Cortázar, pero esto nunca antes.

Movimiento circular uniformemente acelerado. Nunca me gustó la física, yo fui más de sintagmas nominales y de letras griegas situadas al azar sobre la lengua. Leíamos poemas en Lesbos y las chicas se besaban en los baños. Traducíamos los diálogos de La República y quizá por eso intuyo el persa lengua antigua y tiendo a pensar en Isfahán como un lugar mítico que ya no existe aunque exista aún la tierra como Berna, como Lisboa, como las Atlántidas entre los sueños.

Vuelta al hogar adonde el humo. Todo es rojo (todo es rojo, y el blanco y el amarillo de la casa que he dejado me parece onírico, a veces insultante haber destrozado los colores bellos). Regresamos a través de los campos de argán y en el patio, apoyados contra la baranda, liamos un cigarro tras otro. Los acentos es un tema de conversación interesante. Yo lucho contra mí misma constantemente, le digo al quebecois. Da igual. Lo escucha, se queda prendado del alfiler. A solas me pregunta luego: explícame qué es eso. Tiene 20 años y me parece que o yo también tengo 20, o estamos en un lugar donde las edades se han perdido de a poco. ¿Que qué significa? ¿Sabes cuando hay una escenario sobre el que se reproducen varios actos, diversas obras incluso? Hay personajes necesarios, otros no tanto; los hay mayores y menores; hay roles que sirven para que todo vaya bien, hay antagonistas, hay puros locos. Hay un director de escena, pero muchas veces los personajes siguen viviendo y lo dejan a un lado: tienen que experimentar, por sí mismos, la historia. Eso hay adentro de mi cabeza. ¿Puedes imaginarlo? Los mundos del interior son los más bellos. Aprendí a viajar así. Cuando viajo, solo me llevo a mí misma, claro, y a todos los fragmentos que vienen conmigo. Le quebecois, entonces, parle l’arab. Le quebecois parle le français. Le quebecois parle l’anglais pero para el español solo dice: ¿puedo? Entonces se acerca.

Atlántico, Atlántico. Hubo un tsunami en Sidi Kaouki y la casa de la cúpula del color de la menta fresca se vino abajo. ¿Ocurrió, veramente? Sueño con ríos que se desbordan, sueño con todas esas otras que duermen en mi cama cuando yo no estoy, sueño con manchas en el suelo y las encuentro sobre el mosaico, sueño con dolor de muelas, sueño con arena entre las rendijas, adentro de los zapatos, sueños con hogueras fatuas. Dormimos en una cama anaranjada todas las noches de viento y bruma, pero, por la mañana, el pueblo sigue en pie.

La calima lo ha escondido todo. Incluso las gaviotas han callado, porque no se ve más allá de nuestros pies y desde la muralla intuimos el mar desaparecido pero presente. Las olas suenan. La calima nos moja, nos hunde en su arraigo al cielo y desaparecemos con ella. ¿Y si saltamos? Qué cambiaría el lanzarle pura vida al océano más vivo. Las olas lamen las rocas y las tocamos y nos tocamos, apenas, con las puntas de los dedos. Estamos subidas en la atalaya y no importa todo lo que queda detrás: hacia delante, el mundo, la vida, los bosques quizás allí al otro lado, quizá diez mil kilómetros o ni siquiera importa. Allí detrás la ciudad de sol y blancos, puertas azules pastel, alféizares dorados, tumbas rosas, la roca, la roca, las plantas que mueren por este viento que se vuelve loco, qué más nos da, la tramuntana será mucho peor, dónde están los sirocos y los alíseos, dónde están los verdaderos vientos que nos balancean entre la nada y el todo. Yo ya no soy yo. Hubo pérdidas. Hubo sumisión al tiempo hoy y me reduje: sólo habito.

Atlántico, será el Atlántico y por qué las gotas de agua siempre tienen nombres tan bellos, nombres que parecieran hablar de todos los días pasados de la tierra y de los venideros, que parecieran hablar de todas las interioridades del alma y que reproduzcan, en el sonido de las olas, las únicas palabras que son firmes y nuestras.

V, tienes que comprometerte con algo.

Ya lo hice. Son cuatro años en esta playa. Los de aquí, me protegen, soy uno de ellos.

Pero llevas jeans y una boina, y esos ojos como Cortázar, ¿sabes? Son irreductibles.

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