3 de noviembre

Hace un año que llegué a Barcelona y para celebrarlo, silencio. No hay fuegos artificiales ni grandes orquestas simulando una fiesta eterna, sino la luz albaricoque de la media tarde, solo eso, y desde el tejado miramos cómo se apaga el día sobre Barcelona, y entonces me doy cuenta de que esto es vivir y no cualquier otra cosa. Suenan las sirenas de repente, ahora, y rompen el vacío del pensamiento. Escribo, sí, eso es lo que hago. Detrás de las letras hay alguien que piensa y dice, aunque ya nunca nos lo parezca. Yo no soy un avatar virtual de mí misma: existo.

Cómo celebrar las cosas importantes es algo que siempre me causó impresión: engalanarse y maquillarlo todo, esperar que comience la música y no termine nunca y esa risa nerviosa de las primeras veces. En cambio en este aniversario la ciudad y yo nos desvestimos despacito y salimos a la montaña a observarlo todo desde arriba. La silueta de Barcelona desde el aire es algo tan lindo, porque el mar parece alzarse por encima de los edificios, paranoia visual y luces tenues al atardecer. Y la ciudad que comienza a vaciarse y se siente como un descanso y una devolución.

No escribo, porque estoy viviendo.

Esto suena raro.

No escribo, porque están brotando las preguntas en algún otro lugar. No escribo, pero retomo el diario, que me pareció siempre más natural y libre, mucho más sincero, como si escribir no fuera aquello otro de darle al mundo una parte de ti, sino lo íntimo de las palabras que surgen sin ser pensadas.

Escribo, pero en jugo de limón.

M.

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