365 días de ti. Sudamérica

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Escribo desde una habitación de sábanas blancas en una ciudad de selva  llamada Tarapoto, en la entrada amazónica del Perú. A acaba de llegar y trae consigo dos nuevos compañeros de viaje: Ruselfou y Raimond, dos patitos recién nacidos, en una caja de cartón. En los últimos meses nos hemos encontrado siempre a mitad de camino, siempre como una cita de tres días y después cada una continúa la ruta que le llama. Y así ha sido perfecto. El viaje ha durado exactamente un año hasta el día de hoy. La última vez que nos encontramos, en la ciudad de Pisco, jugábamos:

— Máquina de metal—dice A. Así de claras son las pistas que nos damos la una a la otra para rememorar detalles de nuestro viaje juntas.

—Maltería, cuando el señor Horacio nos regaló todas esas piezas de metal para hacer nuestros collares y nos llevó en un coche rojo de hace 50 años—respondo. Fue nuestro primer “negocio”, el de los collares que pintamos en una casa de artistas.

Me toca:

—El plato más caro que has comido y que no has pagado. Hay dos opciones.

—Cuenca, cuando el chico español nos invitó al restaurante italiano. Y en Crucita con la familia de R.

Y el juego continúa hasta el paroxismo.

Nos hemos reencontrado A y yo porque mañana es nuestro aniversario. Como también cumplimos el 15 de septiembre cada año, porque fue el día que nos conocimos cuando las dos nos montamos en un avión y aterrizamos en Bruselas con nuestras maletas llenas para vivir un año de locos. Solo que esta vez nuestras mochilas están casi vacías. Estamos al final de este viaje, las dos lo sabemos. Y es hermoso haberlo vivido así: juntas y separadas, dejándonos fluctuar por el mundo a veces acompañadas de otros, a veces solas dejándonos llevar por la intuición en cada instante, amoldándonos a los amores fronterizos (no son de aquí donde todo permanece, ni de allí donde nada parece haber ocurrido) o a los dedos arriba en la ruta.

El tiempo es tan elástico. Si ahora miro hacia atrás soy capaz de distinguir muchos viajes dentro de este. Y sobre todo, muchas personas que lo vivieron y que soy yo pero ya no soy yo. He tenido que aceptar cada teoría y experimentarla en la piel (a veces como el fuego) antes de desdeñarla o de hacerla mía. Me he suscrito fiel al anarquismo, al dedo, a la lucha de los pueblos originarios, a la poesía, al vegetarianismo, al rock, a la chacarera y a la salsa. Al periodismo. Pero sobre todo a la poesía. Lo he sido todo y después he borrado los trazos de las líneas rectas. Este mes odio cocinar, no sé por qué si siempre me ha gustado. He amado coser y vender libritos minúsculos pero, sobre todo, he amado regalárselos a las personas que vivieron los cruces con intensidad. A las personas cuyos nombres están adentro, cuyas voces suenan adentro aunque dormidas. Me he chocado mil veces con la idea que tenía de mi misma para llegar a una única conclusión que supera todas las demás: que no soy la única que tiene un miedo feroz a ser quien soy, a rebosarme de los moldes que me autoimpongo y de mis censuras y de mis exigencias desproporcionadas con la idea del ser. Y que, poco a poco, esas barreras y esas piedras duras que me lanzo a mí misma cuando espero demasiado de mí llegan cada vez con menos frecuencia porque he aceptado que puedo ser muchas Marinas en una, como puedo tener muchos trabajos o gustarme multitud de personas tan diferentes entre sí y tener, cada día, más y más sueños. No tengo que elegir, ahora, lo que voy a ser por el resto de mi vida. Ninguna de esas cosas me representa más que en este momento presente. Así está bien.

Y este es mi momento presente: las sábanas blancas como necesidad de la luz. La tarde entera se ha llovido sobre el Amazonas y hubo un viento (un aire una brisa: no son la misma cosa y sin embargo lo fueron todas a la vez) que me llevó a los últimos días del verano en Madrid (vivo mucho en Madrid últimamente, en ese Madrid ficticio y perfecto que es mejor que el real porque no depende de horarios de autobús ni de teléfonos móviles, solo de los estantes de las librerías, de las butacas azules del Doré, de los domingos de Latina, ese Madrid). Me he descalzado. He comido chocolate negro. He leído a Anaïs Nin una vez más. Después los patos, las voces tan altas de A y M hablando a toda velocidad mientras atraviesan la plaza y una pareja baila tango, contándonos de los no besos y del futuro y de los días de deseo en el mar y de las rutas a diez por hora y de las tomas de san pedro y de ayahuasca y de cómo se cuida a un pato recién nacido, cómo se le alimenta con insectos en la boca y él, después, con el amor incondicional de los hijos, te persigue allá donde vayas.

Y este es mi momento presente: una comunidad indígena en el piedemonte amazónico donde se come arroz con plátano y frijol todos los días y si hay suerte gallina de chacra con culantro recogido de la puerta de mi casa en el maizal. Y comemos en banquetas bajas, con el pato en la mano, con la mano misma. Y nos decimos: “gracias con todos”, que es una frase hermosa y nos miramos y después nos sentamos frente a la televisión a ver uno de esos programas con el volumen demasiado bajo y yo me entretengo en hacer que Alexandra Nicole desee caminar aunque sea aún demasiado bebé, y también que sonría con mis caricias. Este es mi momento presente: mi suelo de adobe, mi maizal dormido, mis arañas, mis hormigas, mi mapacho abotargando el ambiente con su humo tan denso. Mis espíritus saludándome con crujidos.

A eso me refiero: en mi presente todas estas cosas no se superponen unas sobre las otras. Todas y cada una de ellas coexisten con la paz que nace de saber qué necesito en cada momento para sentirme bien.

Es muy importante que diga todas estas cosas. Aunque parezcan superfluas, cotidianas. Por eso A y yo jugamos a preguntarnos detalles que a los demás les parecen sin sentido, como el nombre de la mamá de Dani en Sáchica —Lígia—o el piso en el que vivíamos en Bogotá el primer día, cuando comenzó todo —el piso 10. Algún día también podré preguntarme a mí misma cuántas picaduras aguanté en la espalda durante los diez días de no-mundo en la selva. Y recordaré porque les di una dimensión en mis recuerdos. Le di protagonismo a lo pequeño y en devolución encontré esquejes de memorias antiguas.

Cada vez que A y yo nos encontramos nos ponemos a hacer planes de futuro. Hay tantas puertas abiertas (y tantas que se cierran año tras año porque crecemos). California, Madrid, Marsella, dice A. Barcelona, Lisboa, Madrid. Música en París, digo yo. Mañana habrán cambiado las coordenadas, eso no importa, son solo formas de seguir habitando espacios adentro del mapa conceptual de un mundo adentro nuestro. Y las ciudades, en vez de nombre, cobran sonidos, cobran gestos: un lugar donde pueda no hablar con nadie durante días, uno donde las terrazas al borde del mar, un lugar donde las bicicletas en las calles. No importa dónde. Y, sobre todo, una necesidad urgente: un lugar donde pueda bajar todo este viaje a tierra, escribirlo, meditarlo, purgarme de él y de las calles viejas, purgarme de nombres y reencontrarme con las caras, con los roces de manos. Es hora de regresar porque los círculos siempre tienen que quedar bien cerrados. Y no sé si voy a poder escribir sobre todo esto pero al menos haré una lista de sonidos que escuché en el bosque o de especies de árboles en el Manabí ecuatoriano o tal vez una lista de cada cama que me acogió noche tras noche durante 365 días de estar fuera de casa —pero en el mundo. La memoria es algo obsesivo. Del mismo modo que quiero recordar, también quiero poder olvidarme de cosas y que me lleguen en los sueños las pistas para reencontrarme con momentos extraviados. Ahora pienso en el día que un padre brasileño me llevó en su camión hasta Córdoba desde Rafaela. Me dio dinero aunque no lo necesitaba. Le bendije porque en esa ruta empecé a creer en dios.

Pero no sé qué es dios. Es algo que está entre nosotros, de eso estoy segura. Algo que nos potencia, nos une las manos, nos hace regalar en el último minuto lo más preciado que tenemos por puro amor a quien se tiene enfrente. No es un hombre blanco ni el ánima del bosque —le dicen sacha. Creo que esto es dios: la compasión pura. La com-pasión. Y lo conocí en este viaje. Lo sentí cerca (un latido de corazón, así de cerca).

Estas son las cosas que uno piensa cuando pasa un año lejos de su casa.

Sobre las casas también se piensa, y mucho. Pero esa es otra historia.

También se piensa sobre lo que uno hizo para llegar hasta aquí. Quién colocó las veredas al camino. Quiénes lo acompañan.

En el amor no se piensa mucho: sólo se experimenta en tantas variantes como ojos bocas salivas rodillas. Como solitud también. Y mucho.

Pero sí se piensa en la magia. Se piensa en cómo los chamanes le dan su saliva a su discípulo y es así cómo se traspasan el poder, la llave maestra, el don de curar y de escuchar a las plantas.

No se encuentra mucho tiempo para estar en silencio y a solas y eso a veces duele. Yo necesito el silencio como el aire. O más que el aire.

El pelo crece. Crece mucho, incluso. Crece demasiado. Me veo en el espejo y encuentro a la Marina que fui antes de empezar a viajar sola por Asia, la que tenía siempre la coleta ladeada sobre el hombro, la de las trenzas nocturnas. Es decir: se viaja al pasado. Los encuentros con uno mismo a veces son como primeras citas. No me preguntes por qué.

Se extraña. Los amigos, la comida, la cama no, la ducha no, a veces los jerseyes grandotes de invierno, se extraña la lluvia de ciudad, la lluvia que lo silencia todo en la ciudad (porque en la selva, en cambio, potencia cada sonido, aviva el ambiente). Se siente hartazgo de dos cosas: hacer la mochila día tras días y decir adiós constantemente. Y de nada más.

Se tiembla.

No se siente que hubo demasiado movimiento. Solo la carencia de silencio o del concepto de hogar dentro del cuerpo.

No se siente la planta de los pies más áspera pero lo está: significa matrimonio con el suelo en pies descalzos.

Sí se siente amor, se siente amor, se siente amor, se siente amor infinito. Por muchas cosas. Se siente amor por la tristeza y por las nostalgias, sobre todo. Se siente amor por toda la gente de este mundo aunque nunca nos hayamos cruzado en ningún lugar.

Un día me puse a hacer cálculos. Si en cada ciudad grande paso cinco días, me cruzo una media de x personas diarias, y si en esa ciudad hay x personas, y si hacemos el mismo cálculo en una ciudad pequeña y luego multiplicamos por los días de viaje y los países en los que he estado, etc, hay una probabilidad muy amplia de que me haya cruzado con un porcentaje muy alto de las personas que viven en este mundo. Sentí un escalofrío al pensar que había prestado tan poca atención a cada una de ellas que no podría siquiera reconocerlas aún si el momento se repitiera tal y como fue la primera vez.

A duerme. Hacía mucho tiempo que no compartía una habitación solo con ella y me tranquiliza su presencia absolutamente. Sé que todo está bien, que vivimos para contarlo, como se suele decir. O que sobre todo, vivimos.

Pero gracias. Y gracias. Y otra vez gracias. A Adrijanita porque fue valiente aquel primer día que empezamos con la mochila a medio hacer un viaje en círculos. A ti por el amor. A ti por el todo: por estar adentro.

Y gracias a los cruces. Sois tantos que no hay espacio en el mundo para nombraros uno a uno. Pero sí hay espacio para quereros. Y hay tiempo para recordaros y reencontrarnos en algún otro lugar. Lo espero.

A mi Casa de poetas. Lo más hermoso de la Pachamama.

Al viejo.

A Guillermina y su dulzura.

 

A duerme.

Y yo sonrío.

M

Y unos cuantos buenos momentos contigo:

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HEY

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