Actos políticos (I). Buenos Aires

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Una vista onírica de Humahuaca

Hay opciones políticas en todos nuestros actos. Alguien me lo dijo. Un catalán. Y yo no lo creí entonces pero después he pensado mucho en por qué sigo creyendo en la ruta por encima de todas las otras cosas y me digo que sí, que elegir vivir en la incertidumbre del mundo también es un acto político, como lo es tomar el autobús local que cruza un salar inmenso. Un acto político significa dónde nos situamos, como individuos, frente al paisaje y frente a la sociedad circundante. Yo, ahora, recorro carreteras sin querer saber nada de aquello otro (los escaparates en Buenos Aires y las franquicias del café, el Obelisco y las tiendas de libros, la pizza en Corrientes) pero que forman parte de mí y de mi Occidente. No puedo negarlo.

La ciudad me ha desterrado. Ya no me siento parte de todas estas personas hacinadas en el colectivo rozándose sin mirarse. Me preocupo por cómo voy a volver al norte en este país donde la plata cambia cada día de valor y solo me tranquiliza saber que al menos tengo un seguro en AssistCard por si me enfermo. Salgo a la ruta y emprendo el viaje de regreso a una casa tomada por el mundo y me levantan cuatro carros, cuatro hombres, cuatro historias. En Buenos Aires he sido feliz porque estaban ellas y su amor infinito de refugio, pero en la ruta es donde siento con fuerza que cada decisión que tomamos tiene un sentido propio y que cada persona que se nos cruza deja una huella. Supongo que nuestros cuerpos poseen esferas y que, al entrar en contacto las nuestras con las de los demás, verdaderamente nos tocamos. Estoy pensando en un padre brasileño que frenó su camión saliendo de Santa Fe y me llevó hasta Córdoba. Se había roto un diente aquel día y se tapaba la boca. Comprendí a mi padre a través de él y él quiso más a su hija a través mío. Cuando me dejó en la entrada de la ciudad, mientras llovía, me dio dinero y no quise aceptarlo, así que me compró comida y me dijo: que Dios te bendiga. Entonces entendí que lo que significa Dios es la verdadera conexión con el otro: desearle que se salve de los dientes mellados y del dolor, quizá, de estar siempre lejos de casa.

Pero la ciudad abrumadora que ahora abandono, la gran Buenos Aires que me empuja a gritar de tan gigante —tanto que me he quedado afónica. Tenía que volver aquí para desmitificarla, para hacerla humana, y las chicas me llevan a los parques de libros y a las avenidas y nos juntamos en San Telmo, en La Poesía, a tomar café y facturas. Esta mañana el silencio tan necesario. Leo Las venas abiertas en la terraza, donde los sacos de café y no porque Galeano ha muerto, aún no sabré que ha ocurrido. Frida se tumba sobre mi pecho: es del color del cielo de tormenta o de la plata sucia. Hablar o cebar mate o leer. Sueño con viajar en bicicleta: una independencia básica del medio, me digo, pero me miento.

La ciudad que me abruma porque nunca he sabido bien mi posición sobre el entramado de calles y sólo conozco ciertas esquinas por sus aromas —la cera en Scalabrini, el olor a noche en Pueyrredón, dice Maga. Siento la misma atracción por las ciudades que por la aguja sobre la piel cuando las marcas de tinta o las agujetas después de ascender montañas. K piensa en mí: no me lo dice pero lo intuyo. Ayer Jime, hermosa: yo tampoco reconozco en mi escritura quién era entonces. Y dice: pero los poemas de antes eran genuinos. Y quise contarle de lo que alguien escribió en un cuaderno que lanzamos en la ciudad de Buenos Aires: “every cell changes every 7 years. So in two years the person I am will never have touched you.” Entonces con toda probabilidad nada de lo que fui entonces permanece. Y entonces: ¿dónde se almacenan los recuerdos, el aprendizaje y los sonidos de la lengua?

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