Actos políticos (II). Buenos Aires

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Una vista en la mañana de Humahuaca

He cambiado los espacios de esta casa. El patio ya no es donde yo asumo que estoy en este lugar. Hay algo que falta a Buenos Aires: he pensado que eran los graffitis pero no estoy segura. No son los libros. No es que las calles sean demasiado largas, tampoco. Creo que lo que le falta a la ciudad soy yo. Mi mirada está truncada porque ahora estoy pensando más en la desobiedencia civil que en la música folk, más en los diarios visuales de Jonas Mekas y en las cartas de las mujeres rusas que en la ropa de segunda o los helados o la mozzarella desbordándose de un pedazo de pizza en Corrientes. No estoy aquí: estoy allí, aún no sé adónde. No me apresuro por dejar de vivir la inercia o la nostalgia. De hecho la nostalgia es lo que nos hace permanecer vivos. “Mientras hay nostalgia no estaremos muertos: quiere decir que aún queda algo que amamos adentro nuestro.” Lo dice Mekas en un libro azul de hojas para pintar a lápiz. Tengo ganas de jugar con las plantas y con las manos. Y la cabeza abarrotada de líquidos. Y los pies cansados todavía de la noche que bailamos hiphop con los negros de Haití. Y una profunda necesidad de silencio como cuando en Barcelona pensaba que el sonido iba a tragarme y sólo encontraba paz en el mar: me concentraba en no escuchar nada más que las olas.

Por primera vez estoy sola en la casa. Es placer: mi música, mi silencio.

Las clasificaciones aristotélicas ya no sirven. No conozco el árbol a través de un libro, sino que abrazo al árbol. No necesito comer en un restaurante chino en medio de la ciudad de Buenos Aires, ni en un mexicano en Tailandia. Puedo ir a conocer cada lugar que existe en el planeta porque sólo necesito una cosa, mis piernas, mi cuerpo en movimiento que se traslada. Y esto no va sobre el dinero. Va sobre decidir qué quiero hacer y cómo quiero hacerlo. Salir del sistema para entrar en armonía conmigo misma. Caminar hacia el interior de la selva o hacia arriba la Montaña y no necesitar transportes, guías de turismo, si acaso un vuelo de BestDay para cruzar las fronteras atlánticas. O solo mi cuerpo. En la isla Incahuasi comprendí que ya no había vuelta atrás con ciertas cosas. Nos negamos a hacer un tour a las estrellas, rodeadas de japoneses con cámaras de fotos, y en cambio encontramos al señor Eloy que me hablaba de sus alpacas y sus llamas y de la sal y de los reflejos de los cerros cercanos de los pueblos calavera abandonados y de los cactus y el mescal (o de eso le hablé yo) y compartimos mis audífonos de camino a la isla de medialuna en medio de aquella hondonada toda blanca con la tierra curvada de fondo y escuchamos Perota Chingo riéndonos y comimos banana y el perro se llamó Francisco y el sol y el sol y el reflejo del sol sobre la sal translúcida. Tanto que dolía mirarla y al mismo tiempo ejercía tal atracción. El poder sadomasoquista del dolor y del placer. Como las caricias de amor que, en cierto punto, son capaces de hacer heridas. Hubo una voz que decía: esto es lo correcto mientras todo eso ocurría, mientras el fuego a la noche y el despertar antes del amanecer y el viento que corta y también mientras intercambiábamos nuestro trabajo a cambio de poder estar allí sin pagar y nos sorprendimos subidos a un quad recorriendo el salar. Porque las cosas lindas ocurren cuando estamos abiertos a que sucedan y cuando nos guiamos por los actos de valentía que nuestro inconsciente nos pide que llevemos a cabo. Como abandonar la ruta principal, subir a un autobús de línea que cruza el desierto de sal y abandonarnos a la suerte en medio de la nada. Y que todo fluya. Y por eso tampoco voy a entrar el Machu Picchu. Ni voy a asistir más a los talleres de poesía del gobierno. Durante tanto tiempo hemos mirado hacia adentro. Yo no leo los periódicos: no me interesa conocer las mentiras del mundo contemporáneo si no conozco el nombre del señor que vende golosinas en la esquina, ni su historia personal, ni tal vez le he mirado nunca a los ojos, o la ciudad me hizo volver atrás mil pasos y ni siquiera pude sonreírle y regalarle una flor. A eso me refiero. Vivir afuera de donde estamos no me hace bien. Yo no sueño con visitar Macchu Pichu, con trasladar la imagen de postal que he guardado después de las mil imágenes iguales que corren por ahí a la vida real. Es más real imaginarlo. No compartir con nadie el hecho de imaginar la ciudad cuando aún no eran las ruinas o cuando los hombres —o quienquiera que fuera, Perú me hace sentir lo enorme del Universo— arrastraban las piedras enorme hasta la cumbre y ofrecían al Inka su sangre.

Todos nuestros actos son políticos: el individuo frente al paisaje lo gobierna; la sociedad, ante nosotros, nos completa, o nos enseña, o nos maltrata. De eso, quizá, no podemos escaparnos nunca.

Lee la primera parte aquí

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