Bajo el tifón

(Nota: a continuación un post escrito a dos tiempos)
 

Al llegar…

Nunca se sabe qué va a pasar. Vivimos en una incertidumbre constante en la que cualquier elemento inesperado puede cambiar el rumbo de las cosas. Todo lo que esperamos que pase y lo que creemos cierto forma parte de un relativismo absoluto en el que la última palabra la tienen las circunstancias y quizá también un poco ese demiurgo que me imagino con forma de duendecillo verde y pícaro que mueve los hilos del mundo. Filipinas arrasada por el tifón Soala.

Y nosotras estamos aquí. En las televisiones de occidente se menciona brevemente qué ocurre, se habla de los daños, de los derrumbamientos y las inundaciones. En la Isla de Negros, donde estamos ahora y de donde nos está costando salir (no solo por las inclemencias del tifón, por supuesto) no ha parado de llover apenas en tres días. Hoy, por fin el tifón nos da un respiro y vemos los primeros rayos de sol, pero las olas siguen levantándose por encima de nuestras cabezas y se comen la primera línea de arena dorada.

A veces tenemos miedo: cuando para llegar a Sugar Beach hay que navegar la desembocadura de un río, y las olas azotan el bote encallado en las rocas, o cuando el viento se huracana y parece que vamos a salir volando en cualquier momento. Pero el resto del tiempo Filipinas no es solo un tifón, sino un lugar real del que en los medios nunca nadie habla. Las montañas se ciernen junto a la costa, encierran sus playas prácticamente vírgenes, la gente es la más amable que he conocido en ningún sitio y cuando miramos hacia el horizonte desde aquí nos es imposible ser conscientes que cuánto océano se extiende alrededor. Esperemos que el tifón se neutralice pronto y podamos disfrutar plenamente de estas islas maravillosas que me recuerdan un poco a Cuba y otro poco al sudeste, con iglesias de estilo colonial entremezcladas con casas de colores, arrozales, búfalos y colinas cubiertas de un manto vegetal tupido y suave. En las habitaciones, una Biblia como libro de cabecera, y en la carretera también vemos como se manifiesta la religión como un elemento vivo de la cultura filipina. En contraste con la pérdida de valores de España, por ejemplo, es curioso encontrar que aún pervive esa tradición cristiana que inculcaron los evangelizadores españoles durante la colonización de las islas. De momento, nos quedan 13 días para saborear las islas. Vivámoslo como se merece.

los destrozos del tifón en Sugar Beach

nenes jugando…bendita inocencia

era preciosa incluso con tifón de por medio

nada, la brisa del mar, nada más

Al salir…

Se pasó el tifón y comprendimos que habíamos estado sitiadas en Negros porque no habíamos encontrado a nadie capaz de darnos una respuesta certera acerca de los ferries ni aviones. Se pasó el tifón y llegamos por fin a la Tierra Prometida en El Nido, y se pasó también en Boracay y rompimos con nuestros miedos y nos dejamos llevar por la brisa colgadas de un parapente amarillo que sonreía. Al final, todo salió bien. Pero al sobrevolar Manila fuimos concientes de verdad de cómo el tifón había afectado a la capital: más allá de los rescacielos de una ciudad abotargada y gris, el agua se había comido la tierra. Desde el aire vimos un mar donde antes había campos de arroz y granjas. Un mar marrón y gris, con las líneas de tierra que delimitan las plantaciones allí petrificadas, y los tejados hundidos de las casas abandonadas. Se pasó el tifón pero los daños perduran aún. Pobre Manila: no tenía suficiente con todo su caos y su pobreza. De aquellos días de seda no queda más que un nombre roto y una muralla a orillas del rio Pasig.

Al final, sí, lo vivimos como merecía. ¿Volvemos?

¡logramos salir de Sugar Beach por fin!

un adelante del siguiente post…

bienvenidos a la Tierra Prometida

Written By
More from Marina

Día 6 – Aprender a mirar

La foto es del gran Chema Madoz Es curioso cómo se desenvuelve...
Read More

Deja un comentario