Carta de Víctor Shklovski a su nieto

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¡Querido muchacho! ¡Te beso!

El papel se termina, aunque no escribí nada. El diez estaré en Moscú. Acá es casi verano, pero las tardes son frescas. El roble ya se ve frondoso. Los manzanos y el peral sueltan sus flores, florece la lila. Los castaños florecen. Sobre una de las calles, brotaron las flores del castaño rosado. No hubo lluvias. Hay mucho viento. Hay poca agua en la ciudad. La ahorran a pesar de que las montañas fueron perforadas para los canales de agua. Dicen que el agua se fue por los agujeros de las montañas. Acá hay calizas cársticas. Las montañas de Crimea son muy antiguas.

Paseé por un cementerio viejo. Quedan solo cinco o seis tumbas. Una de ellas es la de Naydenov. Él escribió un muy buen drama: “los Niños de Vaniushin”, y de sensato, nada más que eso. Su tumba no parece abandonada. Se encuentra en lo alto  y el mar ahí, directamente abajo, como si no hubiera nada en el medio. Nosotros no estamos rodeados de mucho verde, pero cantan los pájaros. La naturaleza y su continuo diálogo apenas tartamudo. Pude descansar.

Entre las nuevas casas lejanas se yergue la aldea. Es necesario aprender a leerse a uno mismo como se leen las palabras en un libro. Y sin nosotros vivirá el mundo.

Qué poco sé, qué poco conoceré, hice tan poco, ni siquiera vi el Yeniséi. La vida pasó fugaz y no la noté, igual de rápido transcurrió la Pascua de este año 1971.

Te beso. Mirá con los dos ojos. Pero con ojos tranquilos. No dejes que la vida pase de largo. Conseguí acariciarla.

Tu abuelo y amigo, Víctor Shklovski.

El mar se arruga — las arrugas se pliegan y se despliegan. Los cuervos (dos) están sobre el ciprés y miran en diferentes direcciones.

Muy hermoso: el viento mueve el gran castaño que florece.

Beso a todos.

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