Chance. Santa Marta

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Este es el día 40 de 365 días de escritura.

Deriva e inercia no son la misma cosa. En ambos casos, es cierto, uno se deja llevar; pero hay un matiz fundamental que diferencia a una cosa de la otra: la deriva es consciente y definitoria, la deriva necesita del ser, mientras que la inercia ocurre sin interacción con la propia corriente. La deriva, en cambio, es elegida –o tal vez es la deriva la que lo elige a uno.

Inercia: de adjetivo inerte: muerto. Fuerzas que lo llevan a uno a balancearse entre las olas. Pero no, la deriva es un vuelo de gaviota: hay corrientes de aire, hay la no-decisión (que es bien distinto a la indecisión) acerca de la velocidad y del rumbo pero siempre, siempre, la dèrive es un estado fértil e irresponsable que, en el peor de los casos, convierte a uno en flâneur y, en el mejor, en aventurero.

En la carretera de la costa A y yo ponemos el dedo apuntando al norte y una sonrisa y nos levantan pronto. Cuatro carros nos traen desde Cartagena, donde nos quedamos veinte durante veinte días de inercia, hasta Santa Marta. De chance. Hemos superado un estado de dejarse ir y tomamos las riendas; ahora tenemos rumbo, tenemos una decisión consciente y sabemos a dónde queremos llegar. El camino, la compañía y el resto de experiencias al borde de la ruta están por convenirse todavía. Chance y deriva sí son la misma cosa: que el camino no lo decida la brújula sino el viento.

Deriva.

Santa Marta: volumen I. Imágenes de una mañana en que nos separamos y me dio por fotografiar al aire.

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