Dejar de viajar

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Ilustración de Fumi Koike

Parece que los seres humanos tendemos hacia lo complejo en lugar de hacia lo simple. Nos parece que cuando la respuesta a nuestras preguntas es demasiado sencilla, no es válida. En los últimos días hay una idea que me está volando la cabeza porque de tan obvia se han convertido en un gran descubrimiento de esos que me gusta repetir hasta la saciedad. Y es ésta:

“All you need, you already have.”

Tan simple que me asusta comprobar que lo he estado pasando por alto durante todo este tiempo aquí, en Madrid. Esta mañana en lugar de encender el ordenador salgo al jardín, preparo café, cierro los ojos al murmullo de pájaros: tengo que aceptar que esto no es una selva y que aun así es bueno. Es lo que tengo, y es suficiente.

Estos días pienso bastante en que me siento feliz de haber perdido un avión y de estar todavía aquí y de si eso significa que estoy pensando en dejar de viajar. Igual que cuando escribo, a través de este tipo de hipótesis mentales intento explorar mundos que normalmente no habito o que no comprendo o que nunca antes me habían llamado la atención lo suficiente como para dedicarles unas líneas.

Porque quiero decirlo: dejar de viajar no es dejar de viajar. No solo. Es cambiar mi elección vital primordial por otra. Es mover mi punto de mira al mundo hacia otro lugar. Reordenar mi escala de valores de principio a fin. Cosas que no se hacen de un día para otro. Es destruirse en la idea que tenemos de nosotros mismos (casi siempre errónea, por cierto) y construir otra de cero.

Dejar de viajar significaría: elegir solo una o dos actividades en las que invertir mi tiempo (mi fuerza de trabajo) y comprometerme con ellas.

Dejar de viajar significaría definir de una vez qué significa para mí conceptos molestos como “éxito”o “dinero”.

Dejar de viajar significaría aceptar los fracasos sin huir cada vez que todo parece que se hunde (aprender a salvar naufragios).

Dejar de viajar significaría involucrarme emocionalmente con otras personas aún cuando se pasan esos primeros momentos de amor absoluto e incondicional. Cuando el amor se hace realidad, rutina, parte de dos vidas y empieza a mostrar también lo intrascendente.

Dejar de viajar significaría enfrentarme a la idea de que creo que soy demasiado cambiante para estar en un solo lugar haciendo una sola cosa, pero no es verdad (ok, sí lo es, pero se ha convertido en una excusa para no llevar hasta el final nada de lo que comienzo).

Dejar de viajar significaría atreverme a bucear en cada experiencia hasta tocar el fondo. Y llevar algo hasta su término siempre entraña dolor, pérdida, sobresfuerzo (alegría, satisfacción, nostalgia).

Dejar de viajar significaría ser mucho más valiente de lo que soy y he sido hasta ahora. Mi modus operandi ha sido el de estar siempre yéndome, así podía vivirlo todo intensamente, extremamente, y después, cuando deja de ser estas cosas, evitar las decepciones (asumir que prefiero perderlo todo, salvo la idea de que la realidad es mágica y que nada llega nunca a romperse)

Algunos amigos están regresando a casa después de sus viajes larguísimos y me siento reflejada en ellos: me gusta leer acerca de esa incertidumbre al qué habrá allí en mi país, qué dejé de mí allí, sumada a la emoción por reencontrarte con aquello que solemos llamar “nuestra gente” o por volver a algunas rutinas hermosas como el Cine Doré o las librerías o la música en directo o el callejeo espontáneo cualquier día de la semana o por empezar nuevos proyectos (sobre todo esto). Estoy segura de que ya saben que volver sí es una gran hazaña, y no marcharse, porque de aquí es mucho más difícil escapar. Después de estos meses en casa siento que puedo hablar en retrospectiva de las cosas que me han pasado y que no me han pasado sin parecer ñoña o depresiva o entrar en estado de pánico. Volver se parece mucho a cuando se termina un primer amor, químicamente hablando: al principio nos sobreviene la euforia de regresar a lo antiguo (la libertad, el ser solamente uno mismo, tomar todas las decisiones por y para ti, en el caso de las relaciones de pareja; las antiguas rutinas, las casas a solas, la calidez de la familia y los amigos en el caso del viaje, las ciudades redescubiertas) pero después de ese subidón inicial llega la carencia: se extraña todo, hasta el peligro, hasta las duchas heladas. Sobre todo se extraña la sensación de que todo es posible, la sensación de que cualquier pequeño acto del día a día puede cambiar todo lo que ocurra a partir de ahí. Coger este u otro autobús, parar en este o en otro pueblo lo condiciona todo, bifurca los caminos y moldea el futuro. Para mí volver fue encerrarme con estos pensamientos, con mis “nuevos valores” y mis “nuevas ideas sobre el mundo” y ponerme a confrontarlas una y otra vez con lo que veía a mi alrededor, hasta el punto de que todo aquí empezó a parecerme extraño (y erróneo). Tan obstinada como siempre, hasta la herida. Marina contra el mundo en una batalla que yo misma me había inventado, en lugar de convertirme en agua y adaptarme a todo lo que tuviera que venir. A veces siento que incluso mi ética personal se estaba poniendo en mi contra: el “no al trabajo alienado” terminó convirtiéndome en ermitaña, el “no a los grandes comercios”, el “no al plástico”, en salmón a contracorriente (que me sigue pareciendo bien, viene al caso decirlo, pero exento de ese nazismo que había adoptado), el“no a la superficialidad de las conversaciones del día a día”, en una arisca impenetrable. Si tengo en cuenta que había tardado un año y medio en deshacerme de todo eso que formaba parte de mí y mi cultura, era obvio que no iba a ser tan sencillo de repente llegar a casa, irme de compras, ponerme a comer carne, hablar de los programas de la tele o de los famosos, preocuparme por mi dieta o mis zapatos (descalza) o por lo que me parecían solo banalidades, firmar un contrato de trabajo con cualquier empresario sin alma etc. Parecen tonterías pero no lo son: cada pequeña decisión diaria cuenta. (Cosas que ahora hago y que he re-aprendido a disfrutar.)

La conclusión es que me dediqué a aislarme absolutamente y a pelearme con mi idea del mundo, con todos y con todo. Y no salió tan bien. Hubo mucho pánico y muchos rituales de fuego para sentirme mejor y muchas dudas y mucha pérdida de referencias, y muchos libros (escapar) y mucho sueño (escapar).

Por eso dejar de viajar también significaría preguntarse cuáles son las desventajas de elegir el viaje como modo de vida (algo que sin duda haríamos si decidiéramos ser cualquier otra cosa). Para mí la principal desventaja es sentir que viajar también es una especie de parche muy útil que nos permite tapar los agujeros feos. Por ejemplo: obsesionarse con el futuro o con el pasado (“de viaje” todo es presente) (A le dijo a G que la depresión es exceso de pasado y, la ansiedad, exceso de futuro: qué sencillo era entenderlo). Por ejemplo: la incómoda sensación de tener que elegir solo un camino y dejar que todas las demás opciones vayan perdiendo paulatinamente su brillo (el coste de oportunidad de la vida) (viajar te hace sentir poderoso: “puedo tenerlo todo”). Por último: viajar también es el espacio de recreo donde los niños (nosotros) juegan y se divierten, inventan sus ficciones y las viven hasta que suena el timbre de vuelta a clase.

Entonces volvemos a nuestros países, ciudades y casas y no es todo tan sorpresivo y bello.

Nos chocamos de frente con eso que llaman “realidad” y que no es la realidad porque la realidad también fue el viaje, eso hay que dejarlo claro (vivir en viaje no es vivir en Babia). El movimiento nos cambia tanto como nos seduce. A lo que volvemos cuando regresamos es a la complejidad de nuestras propias vidas. Vivir de viaje es también pasarle resbalando a los problemas, las preocupaciones, los amores, los inviernos. Si un chico deja de gustarme separamos caminos. “Estamos de viaje, que te vaya bonito, no sabes cuánto te quiero, adiós”. También siento que esa superficialidad de la que tanto me quejo en Madrid existe en lo que yo había creído la panacea del mundo moderno: salir a aprender y conocer y recorrer y dejarlo todo atrás. Muchas veces entrando en la dinámica del “nada me llega hondo”, olvidándonos de que las personas que cruzamos no serán solo personajes de nuestras historias que contaremos tantas veces como nos dejen, que las huellas que dejamos deben ser profundas y no leves.

Pero lo cierto es que no es así. Ayer recibí un mensaje de un chico con el que estuve un tiempo relativamente corto para la “vida real” o enorme para la “vida de viaje”. Cuando estuvimos juntos parece que él tenía novia y que le mintió y ella después descubrió nuestros mensajes y fotos y la canción que me compuso, y todos esos planes inconcretos pero tan hermosos que se hacen a la mañana se hicieron públicos y dolieron allá: el pasado, esa huella leve, se hizo real de nuevo, pero esta vez en otro contexto, para otras personas. El problema es que ese mensaje estaba tan exento de él y de mí: como si en lugar de vivir aquella historia juntos nos hubiéramos sentado en un sofá y la hubiéramos visto por la tele. Durante el tiempo que compartimos no dudábamos de la hondura de nuestros sentimientos. Explotábamos de amor, era hermoso, hacíamos planes. Pero con el tiempo se hace evidente que dejamos una huella muy leve. Yo también siento que viví aquello por televisión y no en mi piel. Cuando viajamos, y eso es triste también, y esto ocurre no solo con el amor, no creamos el mundo mano a mano con los que habitan los lugares. Los observamos desde fuera. Y aunque nosotros tengamos la sensación de haber dado mucho y haber recibido mucho, en realidad no logramos traspasar ni siquiera la primera de las cortezas emocionales/culturales de lo que vivimos.

El viaje: un parche. Cogemos un avión y de pronto todo se convierte en anécdota.

Digo todo esto porque del mismo modo que fuimos los primeros en narrar en directo y desde las entrañas la gran aventura de irse por ahí en plan valientes, dejándolo todo atrás, viviendo de lo que nos diera la Pachamama, también somos los primeros en volver de nuestros grandes viajes-sueños y poder contar lo que se ve después de haberlo vivido. Antes de la era de los blogs se contaba lo bonito, el documental, lo exótico, pero no las dudas, los cambios interiores de mierda, las luchas y las batallas autoinflingidas. Eso formaba parte de la intimidad. El cuanto el viaje terminaba, chau. Parece que diéramos volviéramos a nuestros lugares tal y como éramos antes, pero no. El viaje te cambia y el mundo al que pertenecías cambia mientras tanto, quizá más despacio o quizá en el sentido contrario a ti y esto se lo contaban a los amigos quizá o al psicólogo pero no públicamente. Ahora, no sé, puestos a levantar las tapas a los diarios, por qué no contarlo todo. Esto también es experiencia. Igual que nos dedicamos a narrar lo genial que se siente viviendo al día, sin pensar en nada más que en la libertad embriagándonos completamente, también podemos contar lo que no es tan bonito (pero igualmente interesante e importante, en mi opinión: la historia desde todos sus ángulos. Lo verdaderamente duro de viajar, que casi siempre es volver a casa y superar el tsunami emocional que se llega.)

Cuando llevaba unos meses en Madrid una amiga me dijo, en respuesta a mis lloriqueos por lo desubicada que me sentía en esta ciudad (viviendo en el barrio de Malasaña, donde todo son tiendas vintage y de chorradas modernas, tan exento de “comunidad” —de mi idea de comunidad), que los que volvíamos de un gran viaje siempre lo hacíamos como si nos creyéramos especiales. Como si nos tuvieran que aplaudir. Yo le decía de lo difícil que me resultaba conectar con los demás porque, siendo claros, mis historias sobre tomar ayahuasca en la selva son entretenidas y mágicas y esas cosas de lo exótico, pero a los demás les importa una mierda que yo me hubiera vuelto una excéntrica yerbera, o no saben de qué estoy hablando y por ende llegamos al mismo punto medio cuentacuentos en el que no se produce un intercambio. A mí me apetecía echarle la culpa a Madrid, el capitalismo y la modernidad, y lo cierto es que en esa obstinación iba abriendo cada vez más la brecha: sí, claro que me creía especial, obviamente, y aún me siento especial y eso no creo que cambie, porque me siento bien en mi piel y me gusta cómo es mi vida. Pero más allá de la frasecita, entendí que lo que quería decir es que todo aquello que aprendí de viaje, lo olvidé al regresar: abrir los ojos y cerrar la boca. Cuando estamos por ahí reducimos nuestro umbral de prejuicios, lo aceptamos todo sin ponerlo en duda, nuestro afán de poseer la verdad única se va perdiendo y simplemente aceptamos lo que vemos sin filtrarlo primero por nuestra experiencia personal y nuestras ideas sobre el bien y mal. Pero volvemos a casa y todo lo ponemos en duda otra vez. Olvidamos lo aprendido. Nos quejamos de todo, con cara de perritos mojados o de niños enfurruñados. (Pero en nuestra defensa diré que todo esto ocurre mientras tratamos de conservar la persona que somos ahora adentro del disfraz de nuestros yos de antes, los que todos conocen, esperan y buscan. Volver también es matarse a uno mismo.)

A lo que me refiero con toda esta chapa es que viajar es solo una opción más para vivir y, como tal, también tiene su mierda y sus cosas hermosas. No se lo recomiendo a todo el mundo, como no le recomendaría a todo el mundo ser funcionario del Estado o estrella del rock. También hay que saber que viajar entraña pérdidas grandes. ¿Nos merece la pena pasarnos la vida deseando lo que no tenemos los que viajamos así, intermitentemente, quemando nuestras naves cada vez? Siempre nos falta la casa, la comunidad (lo que más), la sensación de compromiso con lo que nos rodea (o siempre me falta a mí, no sé), un plan de futuro, una elección que nos defina y represente (ese “ser algo” que sabemos que realmente no funciona, que también nos causa frustración, pero que ayuda a salir del paso cuando estamos muy perdidos). ¿Me merece la pena seguir eligiendo el movimiento como modo de vida? Pues de momento sí. Quizá es que todos estos viajes tienen el objetivo inconsciente de buscar eso que me falta: ese lugar que sienta por fin hogar. O no, y simplemente es que la adrenalina que me produce enfrentarme cada día a lo desconocido es demasiado deliciosa y mi cerebro ya la ha aceptado como droga favorita de todas las que existen sobre la faz de la Tierra.

Pero después pienso que lo importante estaba en lo sencillo: “all you need, you already have it” y quiero quemar todo esto, cerrar los ojos y simplemente dejarme envolver por el murmullo de pájaros que viven en mi jardín.

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12 Comments

  • Reply June 14, 2016

    Andrea Bergareche

    Marina,
    a veces vemos la vida en blanco o negro. Viajar o no viajar. Parece que, cuando hacemos uno, dos o varios viajes grandes, tenemos que elegir entre dos formas de vida que en esos momentos nos parecen totalmente incompatibles. Hace poco leía el libro de Aniko y hablaba también de esas dos yos: la yo viajera que quisiera estar siempre en movimiento y la otra yo que quisiera quedarse en una casita de madera junto al mar y montar una casita cultural.
    Supongo que yo misma me veo en esa encrucijada muchas veces. Mis deseos se contraponen y me veo contando los días para marcharme de viaje otra vez al mismo tiempo que suspiro pensando en esa casita con un pequeño jardín, mi café mañanero, un gatito y una relación estable que poder llevar adelante.
    Ahora que estoy en casa y que además he decidido quedarme aquí al menos unos cuatro meses más antes de partir de nuevo, he vuelto a dibujar, incluso me he atrevido a comprar más material. Hoy he comprado un par de Poscas nuevos. Se que cuando me vaya de viaje, los tendré que dejar y mi estudio se reducirá a una libreta, un par de lápices y un estuche de acuarelas. Por supuesto no habrá mesa, ni mis to do lists colgando de la pared ni el pijama debajo de la almohada.
    La semana pasada, a pesar de que me voy en 4 meses y de que llevo 6 aquí y no me había decidido hasta ahora, compré dos flores para mi cuarto. Siempre tengo flores en casa y no las había tenido hasta ahora porque como todo, se que me voy a volver a ir, que estoy de visita, o haciendo base, pero que antes o después volveré a partir, plantaré las flores en el jardín y volveré a meter todas mis cosas en cajas hasta que vuelta otra vez.
    Todo tiene sus pros, sus contras. Quiero pensar que no son caminos incompatibles, que más bien, como todo en la vida, son etapas. Y que seis meses y seis meses, siempre es una buena ecuación.

    Un abrazo! Comparto!

    • Reply June 15, 2016

      Marina

      A lo mejor sí, es eso: vivir cada día como si fuera el primero de toda una vida en cada lugar. No escatimar en sentirnos en casa en cualquier sitio (en comprar flores). Recuerdo que cuando vivía en Bruselas también compraba siempre flores y me producía tal placer, tal sensación de estar cuidando mi hogar…Un beso enorme.

  • Reply June 14, 2016

    Belqui Leal

    Cuánta razón, cuánta verdad, cuántas frases enganchadas a un único sentimiento… ¡Cuántas sesiones de autoconvencimiento!

    Hermoso Marina, hermoso.

    No eres la única viviente de esa dualidad de Mundos, habemos tantos como almas libres que nos vuelan por encima de la cabeza mientras nosotros andamos enfrascando esos lloriqueos por lo bajito…

    Gracias por abrir y dejar entrar! Abrazos xxx

    • Reply June 15, 2016

      Marina

      Gracias <3 por leer y siempre estar ahí Belqui!

  • Reply June 15, 2016

    ana . meiomaio

    Uff.. creo que me vuelvo repetitiva, pero me ha encantado. He leído y sentido cada palabra con tanto placer (y a mi que me cuesta leer textos largos en pantalla).
    Gracias. Muchas gracias por lo tan bien que dices cosas que creo que tantos tenemos aqui dentro pero que no salen así.
    Un beso *
    Ana

    • Reply June 15, 2016

      Marina

      <3 Ana, nos vamos a conocer dentro de poco y a hablar mucho de la vida con un vino rojo rojo rojo entre medias.

  • Reply June 24, 2016

    marcelocuentero

    Marina,
    hoy te comienzo a leer gracias a Jime Sánchez. Desde fines del año pasado sostengo la idea que hay cosas que, cuando tienen que llegar, llegan. No por predestinación, no por azar, no por alineaciones cósmicas, no por casualidad. El por qué no me interesa, me basta con creer y así, inconscientemente predispuesto a la sorpresa, ando.
    Y tus palabras llegaron hoy a responder las preguntas que hace dos días me vengo haciendo. En tus palabras pude descansar. Como si mi cabeza fuera una habitación llena de papeles revoloteando impetuosos en el aire por un viento desmedido, tus palabras llegaron para cerrar la ventana. Ahora puedo sentarme con el mate, acomodar mis preguntas de la mano de tus respuestas y cerrar los ojos, respirar.
    Voy a continuar leyéndote.
    Abrazo

    • Reply June 24, 2016

      Marina

      Gracias Marcelo.
      Algunas veces hay palabras lanzadas por ahí que hacen semilla en otra mente, y eso me alegra. Te envío un gran abrazo y de repente también algún vientecito que abra la ventana de vez en cuándo y lo revuelva todo otra vez!
      M

  • Reply June 25, 2016

    Lina Maestre

    Elegir entre dos vidas. Entre la quietud y el movimiento. Uno sueña con salir y “comerse” el mundo pero también con regresar y abrazar a los suyos, sin a veces darse cuenta, que todo ha cambiado, que la gente se acostumbra a tu ausencia y que muchas veces sus vidas deben seguir, pero en caminos diferentes. Hermoso escrito Marina. Me identifiqué completamente. Un abrazo desde Colombia.

    • Reply June 25, 2016

      Marina

      ¿Hay una manera de vivirlo en equilibrio?
      Ahí la búsqueda!
      Gracias por pasarte por aquí, ¡abrazo!

      M

  • Reply July 14, 2016

    Júlia

    ¡Hola Marina! Te leí de rebote, porque una amiga te colgó en facebook. Una amiga a la qual conocí en un tren, media hora; ella, argentina, viajaba con su pareja, sin mucho más plan que el de seguir lugares e historias soñadas; yo, catalana, acababa de llegar de estar 8 meses de viaje, sola, también persiguiendo ideas, sueños, lugares,… No hemos coincidido más, por lo tanto no sé si puedo decir que es mi amiga, pero lo digo por que lo siento así, porque estabamos los 3 en esta atmósfera viajera que lo hace todo tan intenso y especial.
    Hace poco más de un mes que he vuelto, y estoy bien y contenta, pero la vuelta ha sido tan intensa que creo aun no haber asimilado el viaje, ni la vuelta (hay tantos momentos en que el viaje parece no haber existido; tengo que pensar en ello para ser consciente, olvidando al mismo tiempo, claro, todo (no todo, venga) lo aprendido). Y al mismo tiempo que me siento bien, me siento perdida, y aun estar en casa, donde tenía muchas muchas muchas ganas de volver y donde me han acogido increible, y como en casa en ningún sitio, a veces me siento fuera de lugar.
    Leer tus palabras me ha encantado, para entender sensaciones, pensamientos, y darme más tiempo, y amor. Respetarme. Porque llegué y se me secaron los sueños, de golpe. Se me cortaron las alas. Y me sentía mal por ello, y por mi, y por la gente de mi alrededor. Pero sé que volveré a soñar, sobretodo en viajes, y volveré a viajar, porque tengo ganas!
    Lo que sí quiero es aplicar lo aprendido en el viaje en la vida sedentaria (porque todo es realidad, claro que sí! y casas,.. yo siento que ahora tengo varias!).
    Intentaré, algun día, escribir sobre mi antes, mi durante y mi después del viaje; sobre un pedazo de mi vida, vaya. Y quizás compartir. Porque este comentario quizás suena a raro. La verdad, necesito sacar cosas que tengo dentro, y no sé muy bien como, y esta ha sido una excusa; has enganxado uno de mis hilos y has empezado a tirar, sin saberlo.
    Gracias, pues. Y hasta pronto :) Muy bonitas palabras!
    Júlia

  • Reply October 16, 2016

    beñaut

    tal vez lo mas facil es dejar que la vida elija.
    ella toma la decision desde tu corazon. sencillamente.

    gracias, me encanto el texto

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