Despedirse. 2 días de retorno

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Decir adiós significa la sonrisa hasta que se funden las luces de la calle. El vino en brick, la albahaca fresca, el tomate y el horno a gas. Desnudarse los pies hasta que la calle se convierte en mis zapatos. La flaca, Mil horas, una canción sobre tu espalda y las melodías encadenadas en una guitarra que no es suya. Significa: ya te vamos a extrañar en los labios de un extraño. Un café negro (nunca lo tomo negro) solo para pedir un tintico en la panadería de la esquina. Tomarlo en mi taza de flores. Abandonarla mañana. Hacer bailar a “papi” y que sólo mueva las manos porque Jairo le mira. Un beso en la mejilla en la hamaca. Significa A vestida de aborigen y yo de princesa (lo que nunca seremos). Una cena a cuatro. Personas hermosas. Juntarse a un concierto callejero y terminar queriéndonos. Un perro boca arriba. Flamedes y sus puntos de chaquiras sin nombre (se ríe conmigo). Otra vez calle en los pies. El sol que se cae y se derrama sobre los Farallones en color rosa y verlo sola, subiendo la loma. Significa la Zenaida, Chan Chan, Llorarás y una cumbia que sabe a salsa que sabe a rumba. No comer: ocupar la sangre en latir. Un último despertador sin jet lag, querer a desconocidos, una promesa de una boda en Europa: llevarás un oukelele rojo y te acompañará un francés. Un “burdel” como habitación. La mano de A cogiéndome durante el paseo a la noche. Este mareo que no cesa nunca. Una guitarra que tampoco es mía en mis manos: La casa de Inés, infancia en la radio: regreso temprano, primero la música. Camisas de colores y un vestido negro. No saber qué se siente la última noche de un viaje de cuatrocientos días pero, si es esto, que se quede para siempre.

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