Día 10 – La fiesta

fiestas_populares

—I el primer premi és per…Dylan!

Todo el mundo congregado alrededor del escenario empezó a aplaudir, y de entre las piernas surgió un chuchillo blanco y peludo, tímido ante tanto aplauso, y su dueña orgullosa tirando de él. Dylan se presenta ante el público: no todos los días se gana un concurso de tal porte, que son las fiestas de l’Eixample, oiga, eso no es cualquier cosa. La cámara ciega en destellos los pequeños ojitos negros de Dylan, tan pequeño que arrastra esa medalla tan bien merecida, con su correa de bandas rojas y amarillas, como un buen catalán.

Hoy la Dreta se ha vestido de festín, se ha puesto colorete y se ha dejado la timidez en casa. Los vecinos inundan la calle Girona. Se han montando un escenario y tres niñas llenas de sueños de llegar a las estrellas interpretan canciones de U2 y Oasis, y a lo mejor incluso terminan con Eternal Flame una vez más, porque ellas ya saben que nos la sabemos, y que es una canción que no sabe de generaciones. Después empiezan los tenderetes y se nos llenan las narices de los olores de la tierra: que si el mejor queso manchego, exquisito, de calidad, señora, pruébelo, no se corte, y el jamón, ¡qué jamón!, ni en Navidades te lo llevas tan bueno, de jabugo sí, sí, pruebe, pruebe, no se corte…

Lo peor de que te ofrezcan comida y gratis es tener resaca y no querer comerla (pobre de mí).

Bajamos P. y yo hacia la Ciutadella, de paseíllo, sin prisa ni pausa, bajo el religioso sol de verano a mediodía, helado en mano y disfrutando del ambiente. En medio del Paseo, una docena de parejas se divierte jugando a los bailes de salón. Los niños les corren entre medias, sujetando globos de helio amarillos, rosas y verdes. Alguno se les escapa y forma topos en el cielo claro y azul recién llegado a Barcelona. En el parque también han montado la algarabía, toda la Dreta se ha puesto patas arribas y suena la música desde la fuente de Gaudí, que tanto a mí me recuerda a nuestro caballo del Retiro madrileño, sobre todo en días así, tan soleados.

Y es que no se puede negar: los domingos son días especiales. Son, digámoslo así, el regalo divino que tanto vinimos mereciéndonos durante toda la semana. Los domingo de verano, y de otoño, y de primavera también, nos quitamos el hábito de personas adultas y regresamos a la infancia, cuando las fiestas del barrio o del pueblo eran el emblema de un buen año y las esperábamos casi con angustia, calibrando las posibilidades, portándote bien para que te subieran la hora de regreso, probando a sorbitos moscatel y Malibú con piña como si fuera pecado mortal mojarse los labios, subiéndonos a los coches de choque diez veces seguidas y en el pulpo, y en la olla, hasta acabar tan mareadas que solo podíamos reír y reír. Esa sí era una buena droga, ¿no crees?

A mí me sigue encantando cuando la gente sale de sus guaridas y se propone conocer a todos aquellos  que le pasan al lado por la calle cada día, pero que por costumbre nunca llegamos a saludar. Y si es carajillo en mano y con sardana de fondo, pues mejor.

¡Viva la Dreta! (y todos a coro: ¡Viva!)

Be first to comment

Leave a Reply