Día 22 – Laluna

la_luna

Hace muchos, muchos años, había en la antigua Persia una princesa que era muy bella, pero que vivía recluida en un palacio gigante custodiado por mil centinelas. El padre de la princesa, rey de reyes, había prohibido a su hija salir de palacio, y para compensarle le regalaba caprichos, joyas, vestidos y animalitos, que la princesa cuidaba con mucha ternura, pues eran los únicos que le devolvían un poquito del amor que ella a nadie podía dar. Por ello la princesa se pasaba el día soñando con príncipes que pudieran rescatarla, con historias de amor bajo los sicomoros y corazones prietos deseándose. Todos los días, el rey hacía pasar  las caravanas de mercaderes al jardín de palacio, con sus cestas de mimbre repletas de golosinas y regalos, y dejaba que la princesa escogiera lo que más le gustaba, pero pronto la princesa ya lo tenía todo. Bueno, todo no: la princesa no tenía a nadie que la quisiera de verdad.

Una de aquellas veces, los mercaderes habían intentado en vano conquistarla con un sinfín de cositas, pero la princesa decía a todo que no: ya tenía pajaritos de colores que piaban al amanecer, ya tenía cofrecitos con piedras brillantes, ya tenía telas iridiscentes que destacaban sus ojos grises y tenía incluso más libros que los que podía leer. El último mercader no abrió su cesto, y a la princesa le pareció extraño que no quisiera venderle nada, porque el rey acostumbraba a pagar bien a los mercaderes que complacían a su querida niña.

La princesa fue tras él, cuando todos se marchaban, y le habló:

-¿No tenías nada que ofrecerme, chico?

-Tengo muchas joyas y muchas pieles, princesa, pero ninguna que pueda interesarte. No son para ti. Sin embargo tengo algo que estoy seguro de que te gustará más que los regalos, pero tenemos que volver a encontrarnos para que pueda dártelo. Esta noche entraré a palacio cuando los centinelas cambien de turno, y nos veremos bajo los jazmines. Las estrellas alumbrarán tu camino.

La princesa asintió y se dio la vuelta, temerosa de la mirada de su padre, y pasó la tarde pensando en el mercader y en sus hermosos ojos y en su corazón deseaba que fuera ese príncipe que tanto había esperado.

Al caer la noche, la princesa cruzó los mil jardines bajo el cielo oscuro, que la tenue luz de las estrellas iluminaba. Se guió por el olor del fruto del naranjo, después por el de los tulipanes maduros y por el de los mangos, hasta que sintió el aroma de la lavanda y de los jazmines y supo que había llegado por fin. El mercader estaba allí, esperándola. En un primer momento la princesa se sintió pequeñita: nunca había tenido un hombre ante sí, sin que su padre estuviera vigilando, y no supo qué decir. Pero el mercader, que era apuesto y vestía con pieles, cogió las dulces manos de la princesa entre las suyas y las acercó a su pecho, mientras la princesa suspiraba porque sus sueños, por fin, parecían estar cumpliéndose.

Bajo los jazmines, la princesa y el mercader se enamoraron y pasaron la noche. El mercader le contaba historias del mundo y la princesa escuchaba sin poder apartar la mirada de sus labios. Pero al amanecer, los centinelas que hacían la ronda por los mil jardines, escucharon un rumor extraño bajo los jazmines y descubrieron a la princesa y al mercader amándose, y llamaron al rey. El mercader, presintiendo su final, le dio a la princesa un amuleto: un círculo de plata frío como el hielo, y le prometió a la princesa que nunca iba a dejar de estar ahí para ella y aunque tuvieran que pasar mil noches volverían a encontrarse. Después los centinelas se llevaron al mercader y la princesa fue castigada a no salir nunca más de la torre del palacio, donde se pasó llorando las mil noches que vinieron, deseando volver a ver a su amado y acariciando lo único que le unía a él, el amuleto, y abrazándolo al dormir.

La última de las mil noches, la princesa tuvo un sueño: el mercader venía a buscarla y ambos escapaban en un caballo alado que cabalgaba el cielo. El sueño le parecía tan vívido, tan real, que incluso notó los labios del mercader besándola y se despertó. Instintivamente buscó el amuleto, pero no lo encontró. Miró por todas partes y de repente se dio cuenta de que una luz primigenia entraba por la ventana: nunca antes había visto el sol en la noche. Al asomarse vio el amuleto de su amado colgado en medio del cielo, enorme, plateado y brillante como nunca lo había sido. Entonces la princesa supo que el mercader había cumplido su promesa y desde entonces estaría con ella para siempre.

Y desde aquel día, la luna cuelga del cielo, recordándonos a todos que hubo un tiempo en que todos nosotros fuimos niños, y que había un universo lleno de cuentos donde nos gustaba mucho vivir. Alehop!

Que sueñes mucho :)

2 Comments

  • Reply June 14, 2013

    Jose Luis

    Hija mia … eres grande sea lo que sea que escribas … me has hecho ser niño por un momento .. un bello cuento … eres especial. TQ querida hijita

    • Reply June 14, 2013

      Marina

      qué bien, qué bien, esa era la idea! :)

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