Día 26 – Un día normal (bis)

flamencos_rosas

Sé que ha llegado el verano, aunque ahora se esconda tras los nubarrones. Sé que ha llegado porque por las noches ya no me apetece más dormir y solo me sale la música hasta que me rindo. Es por las noches cuando la ciudad se apaga y las luces de la casa se apagan también, y mientras todos se van a dormir yo me sumerjo en las melodías del silencio que se hace música. También sé que es verano porque me siento en la butaquita del balcón y la brisa  me acaricia muy suave la piel, como erizándola, y con la música bajita de todos los veranos me quedo mirando el cielo (que no es bonito aquí, cada vez es más naranja, como en Madrid) hasta que me canso y me digo: ya es la hora, duérmete. Durante el invierno la hora siempre llega antes de tiempo pero ahora, por fin, no sentimos la culpa del trasnochar tranquilos.

Eso es el verano: la ausencia de prisa. Todo va lento, ¿no? Todo va lento.

Por la mañana el despertador siempre suena tres veces. Siempre lo apago tres veces y enseguida me preparo para ese último sueño, el que voy a recordar durante el día. Casi siempre es veloz y sueño con personas que no conozco, o a las que nunca he visto pero sé que existen. Otras veces sueño con la selva verde y húmeda, y sé lo que esos sueños significan, noto su calor pegajoso brotándome a mí también.

Al final siempre me despiertan los niños. A las once en punto el patio del colegio se convierte en un caos de voces y gritos extraordinario y marca el momento de comenzar por fin el día. Lo primero que hago es escribir, para liberar la mente de las pequeñas cositas que me revolotean por la mente y que hasta que no escribo no se posan y desaparecen. Esta mañana todo lo que escribí fueron cosas sobre Egipto y nuestro proyecto y me imaginaba con qué palabras tendría que decirlo en voz alta ante el tribunal, porque hay algunas palabras que dichas en alto no dicen nada, pero que escritas siempre quedan muy bien.

Hoy el tiempo se levantó feo y el fresquito entra por el cristal de la ventana que ayer rompimos, cuando Marina-dinosaurio se puso en acción y se dejó la llave dentro de la casa. Miri tuvo que saltar por la ventana desde el piso de al lado, y vivimos en un quinto, y pasé miedo (y gracias que lo hizo ella porque las alturas me dan un desasosiego que no sé controlar, todavía no sé cómo me atrevo siempre a hacer locuras y más locuras en el aire).

Cogí el tren a la tarde, con prisa. Esa media hora es sagrada: lo que quiero es ser invisible y perderme entre los surcos de las vías. Me pongo la música y me digo que me merezco no pensar en nada por un ratito. Últimamente tengo miedo a veces, porque creo que me va a pasar que de tener tanto en qué pensar y de lo que responsabilizarme, algún día mi cabeza va a hacer pum y va a pararse, o cruzaré esa fina línea de la locura y al otro lado no sé bien qué hay. O sí que lo sé y nos es bonito. Al otro lado está: o bien la masa negra que a veces me contiene, la que me despersonaliza y me hace frágil, o puede que solo la risa tonta, pero tampoco quiero dejar de ser consciente de la vida pasando. Por eso el tren es el momento en que desconecto, en el que observo sin juzgar las expresiones de los otros, lo que leen, lo que miran, lo que se dicen. Me gusta estar ahí, en la cola del último vagón, atravesando las montañas. Es bello. Y sus atardeceres.

Escapé de clase antes: todo el rato siento que tengo cosas que hacer, aunque luego llegue a casa y me ponga a leer y a pensar y a masticar anacardos salados mientras se calienta la cena. Leí a Maguita lo primero y me gustó que su día normal fuera eso: tan normal. El mío también lo es, y a la vez qué cositas más pequeñas suponen un lindo cambio a diario, ¿a ti no te pasa? Que todos los días parezca que se reconvierten en algo que te gustaría recordar. (*La última frase surge muchas horas después que las demás) Me propusieron disfrutar del presente y acepté, y acabamos M, M y yo (M) sentados en el Passeig Sant Joan intercalando recuerdos con caladas. Me gusta conocer. Descubrir que todos fuimos alguien antes del ahora. Me gusta que a veces M ordene que cerremos el ordenador y nos obligue a ser personas reales por un ratito y nos diga también que hoy es día de ese cava catalán que Pierre nos regaló y nos lo bebamos sin interrupciones.

Al final siempre la música, y también un pensamiento que se me quedó enganchado: que todo termina y que vivirlo intensamente día tras día es lo único que podemos hacer.

Have a nice day :)

PD1.[Y esto me viene a la cabeza nada más terminar: ehhhhhh que esto no es lo que querías escribir, ¿qué ha ocurrido? Aims, mejor lo sueño…]

PD2. Y de repente, en el salón comenzó la lluvia y es que llevaba oliendo a tormenta todo el día y yo lo notaba. Lo notaba como aquella vez, como un gato que siente y no oye ni ve, solo se eriza.

PD3. Y (3) se está acabando el desafío y ya siento nostalgia. ¿Es posible?

PD4. Y me gustaron las “i griega”. Y, y, y, y, y.

 

 

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