El hilo rojo

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Quizá nunca te he contado que me gustan mucho las leyendas y los mitos, sobre todo aquellos en los que aparece un elemento mágico que es extrapolable a cualquiera de las situaciones presentes nuestras.

Japón. Tiempo indeterminado (ni siquiera importa, porque a las historias les dan alergia los calendarios). Para explicar ese azar magnífico que hace a las personas encontrarse, aun cuando parecía tan improbable que ocurriera, nació la idea de que hay un hilo rojo que atraviesa de punta a puntas todos los nortes y sures, entrelazando en un tapiz mágico a todas aquellas personas que estaban destinadas a conocerse un día. Siempre me gustó esa historia.

Estaba releyendo cuadernos y encontré un pasaje que hablaba de tu meñique y de si habría un hilo rojo en él, conectado quizá a mi segunda falange del meñique izquierdo. Un día sí te hablé de los tapices. Me gustaría pasar una encuesta al mundo entero para que dibujaran “la vida”. No habría más título que ese. Entonces cada uno tendría que definir o dibujar cómo concibe su propia historia, situándose fuera de ella, siendo por una vez (porque casi nunca prestamos atención a nada más que nuestro propio ombligo) solo un espectador al que se le pide guardar silencio mientras comienza la película. Supongo que, al principio, todos dibujaríamos coches, mosquitos, corazones y todas esas mierdas. Porque primero –como cuando escribo por las mañanas para liberarme de lo que es banal y oculta el fondo de las cosas- vemos con los ojos, de eso no hay duda. Primero con los ojos, después olemos y tocamos y el roce del viento lo cambia todo. Por último desaparecen los sentidos y vemos con ese ojo que hay dentro capaz de extraer las relaciones entre objetos y afectos, un ojo enorme pero paradójicamente ciego, que solo siente, y por eso entiende mejor que ninguno de los otros sentidos que la vida, al final, está solamente formada por una relación entre causas y efectos que irreversiblemente desfilan unos detrás de otros, sin que tengamos posibilidad nosotros de cambiarlo.

Una vez M (de tantas emes ya no sé cuál es cuál, pero no importa, porque al final todas forman parte de una misma voz) me contó esto:

1. Hagan un experimento: vayan a un lugar y seguro va a haber gente, pero si en cambio van a otro, va a haber otra gente. Es raro.

2. Qué tal que la gente sea la misma en todos lados, pero sea uno el que cambia cuando se mueve.

3. No sé, todo es muy confuso sin una capa puesta.

Y me dejó pensando. Y mucho. Porque quizá uno de esos hilos rojos, quién sabe, podría haber estado en el bar al que decidimos no ir. O tal vez, aquella calle que evitamos transitar por estar demasiado oscura, tenía escrita en sus fachadas la respuesta que llevamos años buscando. Y esa vez que perdimos un avión para quedarnos solo cinco minutos más abrazados, a lo mejor, es la causa principal de que hoy seamos esto que somos y no cualquier otra cosa. No sé, es todo muy confuso sin una capa puesta, estoy de acuerdo en eso, porque la capa que cierra los sentidos y los recluye es la que despierta, a la vez, al gran ojo. El gran ojo dibuja un enorme tapiz. Extrae, de cada día, una serie de fenómenos cuyo efecto nos han traído aquí –a esta cama- y ahora, – domingo de madrugada-, extrae las sincronías y les otorga un valor fundamental. Después extrae la temperatura del aire y el número de sonrisas que ha creado. Después, el número de pasos que damos en relación con los minutos a primera hora de la mañana y al atardecer, perdidos por las callejuelas. Retoma mensajes de texto y poemas y los ordena, intentando captar la relación sutil que existe entre ellos, las horas de sueño, y el nivel de energía. En el tapiz caben todas las cosas y cada una de ellas, de forma irreversible, forman parte de lo que tú hoy llamas vida. Un tapiz gigantesco, lleno de hilos de colores, formas, estrellas, historias.

Y atravesándolo de principio a fin, un hilo rojo.

Entre tu meñique y el mío.

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