El día que dije adiós a Saqsa

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Me llamo Saqsa. Me han querido. Soy una guitarra de guerrilla, dice ella, porque me ha llevado consigo a través de medio continente, pero todavía recuerdo cuando el viejo me tocaba a solas en la casa. Entonces las cosas eran muy distintas. A él le gustaban las canciones de amor pero nunca se las cantaba a nadie. Escribía sobre mi caja y le oía repiquetear el lápiz con las notas y las letras y eran bellas. Casi nunca cantaba, si acaso susurraba: era un hombre tímido. Cerraba los postigos de la ventana y nos quedábamos él y yo en la penumbra y él me tocaba con dulzura. Pasamos muchos años juntos en aquella primera época. Él me había encontrado en el taller de un luthier del barrio de Toctiluco, cerca de la Ciudadela Amazonía. Mi padre, un luthier viejo y rechoncho se había casado con una cholita de Latacunga y se habían mudado a mediados de siglo a las faldas del monte Pichincha. La ciudad en este lugar es muy diferente a la Quito de los barrios centrales. La casita en la que nací estaba construida con el adobe de la montaña y adentro el luthier encendía el fuego y el humo volaba hacia el cielo por las tardes. Yo fui una de las últimas guitarras que talló, barnizó e hizo resonar. Después el viejo llegó un día y me llevó con él. Fue entonces cuando conocí San Roque y cómo se ve el mundo a ras del suelo.

En esa época, el viejo aún no era “el viejo” ni tenía la cara llena de arrugas como cuando nos vimos por última vez. Era un varón en la treintena, un hombre erguido, con las manos muy grandes y muy toscas, como si no se las hubieran tallado prolijamente al nacer. Su familia provenía del norte. El viejo gustaba de sus raíces indias, así que se vestía con el poncho otavaleño y el sombrero de ala. En la ciudad casi siempre hablaba el español pero cuando los susurros en la pieza a solas nuestro idioma era el quechua. También escribía canciones sobre los volcanes porque su padre había sido cazador y había perseguido el fuego por toda la cordillera. Era honrado. Cargaba conmigo a la espalda, atada a una correa a flores, regalo por su graduación. No sé si antes de mí hubo otras guitarras pero desde que bajó conmigo desde las lomas del Pichincha no volvió a tocar otra, ni siquiera en las celebraciones. Porque ya te digo que era tímido. Me preguntaba por qué amaba tanto la música o cómo él la percibía. De igual manera que él podía sentir mis vibraciones en la caja yo podía entrever las suyas sobre mi madera. Su cuerpo tenía una melodía muy suave, como a punto de terminarse. Y cerraba los ojos cuando el arpegio. Yo nunca pude entender cómo un hombre con las manos tan enormes y mal delimitadas podían tocar con tanta pulcritud y dulzura. Tampoco comprendí nunca por qué se empeñó en pasar la vida a solas en una pieza en San Roque. No lo sé. Supongo que fue un hombre que no se atrevió a ser del todo triste y se quedó a la mitad.

No habríamos pasado unos dos o tres años juntos cuando de pronto el viejo se llenó de arrugas completamente. Su cara se llenó de surcos y sus manos de manchas. Su piel se convirtió en corteza. Yo siempre creí que estaba convirtiéndose en árbol y al final fue verdad. También empezó a caminar más despacio y a salir menos la pieza. En el piso de abajo vivía otro hombre, un casero también sombrío. Se llevaban bien porque no hablaban nunca, pero el casero algunas veces subía locro o choclo cocinado con queso a la pieza y el viejo comía despacio, casi como si no comiera, y el casero nunca decía nada de los brotes nuevos ni de las raíces. Porque se estaba convirtiendo en árbol, lo juro: el suelo se transformó en su tierra fértil y allí ancló sus raíces, que comenzaron a crecer y crecer y crecer y al final acabaron llenando el espacio como una selva. Su dedos florecieron hojas y entonces cuando me tocaba las melodías eran de agua. La tristeza nunca desapareció del todo: en el ecuador del mundo no existe la primavera, es todo un invento de la altitud y del color del cielo. Yo sé que adentro estaba…blooming, dicen los gypsies. Lo sé porque conocí a algunos después de la muerte del viejo. Habían llegado desde Arizona y tenían el pelo muy largo. Blooming. Hasta que la languidez de su cuerpo pudo con la melodía y se apagó por completo. Unos días más tarde las manos de una ama de llaves me traspasaron a la carreta gitana. No duramos mucho tiempo juntos: a ellos les gustaba más el acordeón, la caja, los instrumentos serios. Toda la dulzura con la que el viejo me había tocado por todos estos años se terminó y yo tampoco pude ser otra cosa distinta de lo que era. Él me había creado, al darme mis primeras notas.

Lo extraño a veces.

Con el tiempo mi madera se agrietó y pasé por varias manos sin que nadie llegara a quererme realmente.

Pero llegó ella.

En una habitación en Quito me sacó las cuerdas viejas y me tocó con cuidado. Sonaron los sostenidos.

En una fortaleza en Cusco me nombró: “te llamarás Saqsa”. Aprendió temprano las escalas menores.

En una casa anarquista en Argentina jugamos a aprender la chacarera pero nos quedamos mudas porque la melodía del viento era más fuerte.

En un tren de sal a punto estuvimos de decirnos adiós. Habíamos pasado la tarde componiendo un blues.

Me gusta la ciudad.  Me gusta la sensación de que haya agua cerca. Porque, ¿sabes? Todo en la Tierra está compuesto de agua, todos los elementos, todos los cuerpos. Y el agua es cien por cien susceptible a la música. Vosotros sois un ochenta por ciento agua: eso quiere decir que una parte encrme de ti vibra por sí sola cuando me tocas. El otro veinte por ciento son las raíces, lo inmóvil.

Porque una vez viví en la casa de un hombre que se convirtió en árbol.

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