Espacio en tránsito. Cusco

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Hemos llegado a Cusco el día que comenzaron los fuegos artificiales, o tal vez ya estuvieran allí antes de que mi cuerpo experimentara entre Quito y Cusco cinco mil kilómetros de carretera, un mate de coca y todas las visiones del desierto a borde de océano. También llegamos el día que comenzó la lluvia y en este caso puedo asegurar que he seguido con detalle el desarrollo de todas las tormentas durante un mes entero. Tal vez así es como los antiguos llegaron a conocer el movimiento de las estrellas: se sentaban durante noches enteras a observar la rotación de los astros. Solo Orión se veía desde arriba y abajo del mundo: esas tres estrellas que parecen formar fila pero que, en realidad, están ligeramente desviadas, solo la última, como los tres puntos que sin pretenderlo he tatuado en mi muñeca como recuerdo de un viaje que ya fue. Los antiguos se acomodaban sobre la roca viva y miraban al cielo: eso hacemos ahora también nosotros y nos preguntamos cómo es posible que nada tenga sentido adentro de lo empírico donde hemos vivido por tanto tiempo. Nos falta algo: tal vez que la roca hable.

Y me dice M: “he pensado mucho en ti” y describe finales.

Y me dice Indi: “estos días he pensado mucho en ti” y describe calor ya acontecido.

Y me escribe Mi: “estoy pensando tanto en ti estos días, Marintxu” y describe promesas de volver a vernos pronto.

Y cuando A me escribe: “¿qué tal? Yo estaba pensando en ti”, describe cuentos recientes a la orilla del fuego.

Y mientras tanto yo asumo este valle como quien asume su propio cuerpo, lo asumo con las lagunas al borde de la carretera y con las canteras de roca rosa y amarilla y color barro y rojas como el óxido. Yo no estaba pensando: estaba sintiendo. De otra manera no habría existido la gran ola que llegó a todos los continentes y me hizo fluir. No habría existido.

Pero he de decir que he huído. En este espacio en tránsito que es la ciudad de Cusco he terminado un viaje y comenzado otro. Hasta aquí llegaron los planes que un día me empeñé en imaginar. Aquí se agota la fecha de un seguro de viaje, se agota la plata, aquí se agotan las ideas y también los recuerdos. Qué pena: no me arrepiento ni de una sola cosa que ha ocurrido en este tiempo, pero tampoco antes. En este espacio en tránsito he estado a solas por primera vez en cinco meses –levantar la mirada y que no estuviera A ni K ni D ni S ni nadie alrededor salvo los fantasmas amables de esta casa. Me he vaciado de contexto porque lo cierto es que hubo demasiado espacio adentro mío, hasta el punto de no poder existir sin el paisaje ni él sin mi mirada. Una sesión de cine a solas y una tarde de intenso agua en Mindo, también cuando aprendí a despertar tan temprano que no había un solo ruido en el mundo: me he postergado a mí misma, pero no hay acritud en estas confesiones; también he sido viento. Solo que ahora en Cusco estar a solas se ha convertido en un acontecimiento como cuando era niña y esperaba los viernes de granja-escuela o los conciertos de Iván Ferreiro si acaso una vez al año. Estar sola por imposición: por oirme o por dejarme de oír en voz alta, eso sí sería un placer obsceno: la negación de la propia voz.

He encontrado huyendo a la Montaña una paz que buscaba: tampoco de esto me arrepiento ahora.

Porque sería ilógico pensar que un viaje es otra cosa que el día domingo en la cocina o que una guitarra que no saco de su funda por días y que se llenó de hollín en nuestra última fogata en las ruinas del maizal. Un viaje es leer hasta el agotamiento los libros de toda una casa y no tener más contacto con las calle que un vistazo a través de la ventana. Un viaje es no saber muy bien para qué estoy aquí yo, pero también tú que te cruzas conmigo en el mercado y acaricio tu perro o también ellos los que nos subieron a bordo de una furgoneta verde y nos llevaron alrededor de la Plaza de Armas y los otros a quienes aún no he hablado, algunas veces por pereza o por vergüenza o por puro sueño. No saber qué ocurre en el mundo: eso es un viaje. No saber de los tiempos de cocción del grano de arroz o de la quinua, no saber de las cantidades de agua por metro cuadrado en cualquier ciudad que no sea ésta porque aquí sí lo sé: he estudiado las tormentas como a las aves en vuelo.

y además

tampoco sé si hay regreso

y no saber cosas como no saber si hay regreso es a la vez dulce y doloroso

la incertidumbre –dice F– a veces traiciona: se corre el riesgo de quedarse uno estancado en Canoa

o en Cusco

o en Rosario

o en las ciudades abandonadas al costado de las minas de cobre

o en los desiertos de agua: los llamas océanos

y por darle un nombre a las cosas por fin sabemos algo:

estamos aquí

este es nuestro tiempo:

ahora

Averigüa tu kin maya, dice P. Dragón cristal rojo: el dador, la simiente, lo nutritivo. “El agua”, le decía a K en Quito, “quieren que sea viento pero yo soy agua”. Y eso lo sé con certeza, igual que cuando A me explica:

           –Yo soy el colibrí.

Por eso, ahora que un viaje termina y empieza como termina y empieza el año en nuestras casas cristianas, me pregunto acerca del camino:

¿Estamos esforzándonos en ser algo que no somos?

¿Estamos mirando hacia dentro o hacia fuera?

¿Estamos supliendo los abrazos diurnos con desayunos de alta gama?

¿Estamos recorriendo el camino nuestro, o estamos vagando con una brújula de piedra?

Hay ideálisis en todo acto: queremos y deseamos lo enorme.

Pero lo cierto es que me entero de las matanzas en Pakistán y en México por los vistazos a los periódicos ajenos.

Nómada no es una palabra que me excite: volvamos a la tierra, digamos que somos trashumantes y que vamos en busca de las tierras fértiles donde crecen la experiencia y las historias. Nos acompaña un rebaño de llamas, alpacas y vicuñas y un perro pastor: nada hay más tierno en este valle que los pastos verdes.

Otra vez una ciudad de cuestarribas: es una variable fija como los mangos dulces en este viaje. Pero en Cusco las calles terminan en roca viva y yo lo llamo templo, solo que en los templos de mi país uno no puede escalar la roca y subirse arriba y entonces, sí, exhalar para los dioses un aliento natural y único. Que las callejuelas del barrio de San Blas sean como serpientes o que la cabeza del puma esté bien arriba, en la fortaleza de Saqsaywaman, o que se escuchen los ritmos ficticios de las aves por las mañanas no es anecdótico: hay tres animales que sostienen el mundo en sus tres planos: la serpiente, el puma y el cóndor. No he olvidado ninguna de las conversaciones afuera de una carpa en la costa. No he olvidado la primera vez que alguien mencionó Tawantisuyu en voz alta y yo dije: “repite eso”.

No importan los incas porque no existen los incas.

No importan los incas porque en el templo de los Monos alguien me cuenta: quien talló toda esta roca, dicen, fue un pájaro. Él construía sus nidos aquí dentro. Y después se convirtió en pájaro ese alguien y voló.

No importan los incas: he emprendido una cruzada contra lo anecdótico. No recordamos a nuestros abuelos: los míos mataron a toda esta gente en el valle (dicen).

No importan los incas pero sí su lengua: el quechua es tan romántico y líquido como el Wilkamayu y sus truchas doradas.

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