Extranjera en tu país

Barcelona_centreJove

Cuando decidí venir a Barcelona y se lo contaba a la gente, siempre recibía los dos mismos comentarios: el primero, “ah, mi amigo Fulanito vive allí”; y el segundo, y respondiendo a mi vano deseo de irme un poquito más lejos, allí donde aún no hayan llegado los españoles (véase el Círculo Polar Ártico), “mujer, si te vas a otro país, si en nada te echan de allí por inmigrante”.

Todos esos comentarios me han ido mostrando cuál es la idea general que se tiene en Madrid y en Barcelona del actual debate independentista catalán. Por un lado, en Madrid se empieza a observar a todo catalán (personasproductosserviciosanimalesdecompañía) como sospechosos de una traición horrible, más bien de una infidelidad parecida a la que puede ocurrir entre padres e hijos. En las casas ya no se compra Colacao y mi madre  ha anunciado que este año en Navidad no beberemos Cava. En Barcelona, sin embargo, se ven las cosas desde otra perspectiva. Si bien no he ido preguntando a cada una de las personas que componen Cataluña, he tenido un caleidoscopio miniaturizado de opiniones, que pasan por varios catalanes de diversas edades, oficios y gustos, una chilena con ganas de ser gata de los madriles (me decía que muerde) y una graciosísima panadera de un Forn de Pa del Eixample. Y ¿sabéis qué? A la mayoría le interesa más otras cosas que toda esta locura que los medios de comunicación están creando. Para una gran parte de ellos ese odio desmesurado que emana de la tierra catalana y va bajando hacia el sur de la península, no existe más que en la mente de unos cuantos sociópatas televisivos y políticos lengüilargos. Sí, es cierto: los catalanes son distintos del tipo nacional latino, están más cerca del prototipo de francés cerrado (como diría mi compi Gerard)  que del andaluz que no se calla (esto lo digo yo). ¿Y qué? Lo bueno es que se puede ser diferentes sin serlo. Porque el problema a veces parece mucho más grande cuando se le da tanto bombo en televisión y no suele representar más que la mirada de unos pocos. Y no, no me sentí extranjera ni un segundo. Hasta hoy.

Si Cataluña “merece” la independencia o no, no es algo en lo que vaya a meterme. Creo en la idiosincrasia (ya me canso de repetirlo) de cada pueblo y de cada persona, y de trasladar el problema a un caso más particular y personal, diría lo mismo. Cada uno debe tener la libertad de decidir su propio destino y elegir los pasos que da, siempre que respete la frontera de la libertad del otro y no corrompa sus propios intereses. Animo a todos los políticoflautas de España a buscar una solución que nos plazca a todos por igual y que termine con este debate que (sin ánimo de encender más la llama) lleva abierto media vida, y que de vez en cuando se aviva con aires nacionalistas, agravados esta vez por esa maldita crisis que se ha convertido, de pronto, en una religión más que seguir. Aunque algo que sí es cierto, no voy a engañaros: los balcones están repletos de banderas independentistas, con la mítica estrella sobre fondo azul. Esta es la primera imagen que me dio Barcelona para mi álbum particular.

Pero toda esta verborrea sirve para poco cuando esta mañana llamo para enterarme de qué centro de salud me toca y me dicen que si no soy catalana no puedo optar a la salud pública en Barcelona. O me empadrono, o me muero, cual vagabundo yankee de las historias de Michael Moore. Para una segunda opinión, vuelvo a llamar. Y evidentemente me dicen que con mi tarjeta de madrileña desventurada puedo utilizar la sanidad pública como cualquier otro. Faltaría más. Si no me han puesto pegas ni en Bruselas.

Aparte de toda esta historia de mañanas encendidas, Barcelona me pirra, me pirra el Borne, el Raval, el Carrer d’Asturiès, el camarero de los ojos azules, el Gótic, el metro que abre los sábados toda la noche, la cantidad exacerbada de Forns de Pa en cada calle y su olor (mmm) a levadura inflamada, las putas del Carrer de los Robadores, la grandísima actividad de couchsurfers, el bicing, mi barrio de abueletes que juegan a la petanca, el Modernismo, la Barceloneta, Santa María del Mar y el suelo adoquinado. Y sobre todo, la Sagrada Familia elevándose enorme ante la puerta de mi casa, además de muchas cosas más, pero lo dejo para la próxima entrada.

Ah, y ¿por qué no? También me pirra el catalán.

Benvinguts a Barcelona!

panfleto independentista en la calle

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5 Comments

  • No puedo escribir un comentario más acertado a la situación actual en Cataluña, es acertado y correcto en todo el análisis.

    Y digo si dejan votar a la gente de Cataluña, votarán si a la independencia.

  • Queria felicitarte por tu artículo ya que considero que esta muy trabajado a nivel de de vocabulario y uso de la lengua, acerca de la política sólo decir que yo soy catalán de padre y de madre y de generaciones y a mi eso de la independencia o de la unidad de España es algo que no me concierne lo más mínimo ya que me siento extranjero en mi propia tierra, lo que dices de los catalanes son cómo franceses cerrados, los catalanes les guste o no son latinos aunque aparentemente parezcan más reservados, y el cáracter latino esta marcado por la piresca, cuyo ejemplo se muestra en gran parte de las obras cómo el lazarillo de tormes (con eso no estoy justificando si cataluña es parte de España o no) sino que con el concepto de latino me refiero a algo que engloba una parte de Europa, con sus respectivos países, Portugal, Francia, Italia, etc…

    Felicidades por el artículo y te animo a que sigas así ya que tienes madera de escritora, saludos!

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