Fantasmas

bruselas_grandplace

Son las seis de la mañana y la National Express me abandona en la Gare du Nord de Bruselas. Ha sido un viaje largo: el ferry, el Canal de la Mancha, el mar helado, la sensación de Titanic hundido. Por fin llego a Bruselas y miro alrededor sintiéndome desamparada: la niebla ha engullido la ciudad y mi faro de guía, el gran pináculo gótico de la Grand Place, también ha desaparecido. Emprendo el camino sin un rumbo fijo, la ciudad se ha convertido en un bosque de hierros y edificios en la noche, y apenas sé si seguir mi instinto y ver a dónde puedo llegar o preguntar. Un transeúnte madrugador  me observa perdida. Le pregunto. Je veux aller à la Grand Place. Tout droit, tout droit, et tu arriveras à De Brouckère, me dice, indicándome la dirección correcta. Je connais, respondo, después de todo, c’est aussi ma ville. Es mi ciudad. De repente un rayo fugaz del subconsciente me delata: es mi ciudad, me repito, y comienzo el camino en la noche cerrada, con la bufanda hasta las orejas y el macuto pesándome de más, sintiéndome encajar como una pieza de puzzle que estaba perdida.

Al pasar por Boulevard Anspach me detengo. He visto algo que no me esperaba: fantasmas. Los observo detenidamente, veo sus rostros y reconozco en ellos el mío propio. Los veo por todas partes, entrando en el ING, sentados en las escaleras de la Bourse, dejando una bici en el Villo. Comienzo a caminar tras ellos, voy pisando mis propias huellas, estudiando sus movimientos y de repente me convierto en uno de ellos, solo que esta vez con el pelo algo más corto, las cosas más claras y una increíble capacidad para captar hasta el más mínimo detalle. A las siete, aparezco en casa de Fab. Me recibe en calzoncillos, en la puerta, a solo un par de calles de donde yo solía vivir. Me abraza. Es guay volver a vernos, me dice con su español adromilado, y me hace un hueco en su cama para dormir las horas que la National Express y un borrachín sentado en el asiento de delante me han robado. Y las  dos horas siguientes me las paso dándole vueltas a la cabeza, nerviosa como si tuviera una primera cita con alguien especial, y comprendo que así es, porque Bruselas es alguien especial al fin y al cabo. Es mi ciudad. Y eso no es cualquier cosa.

Todos tenemos vicios secretos que nos cuesta confesar. Hoy voy a ser valiente: mi mayor vicio son las ciudades. No necesito drogas: las propias calles, los escaparates, las molduras de los edificios, las bicicletas, el ruido, el murmullo del amanecer, desatan un torbellino de adrenalina en algún lugar de mi cuerpo que me hace sentir una epifanía  más propia de la exaltación religiosa que del mundo real. Hoy comprendo a Guille cuando dice que volvería a Bruselas para ser un “joven profesional”. Yo volvería para ser una versión muy mejorada de mí misma, porque en situación de epifanía (sí, me encanta esta palabra), solo podemos sacar cosas increíbles de nosotros mismos.

Estoy enamorada hasta las trancas de esta ciudad, ¿algún remedio?

M.

Be first to comment

Leave a Reply