¡Gana una plaza en Norte de Papel!

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Muchas veces obviadas en el relato de nuestros viajes, las historias de amor forman parte -y una parte enorme- de nuestras experiencias por el mundo. Sin embargo, cuando publicamos nuestros cuentos sobre nuestros viajes, ya sea en blogs-revistas-donde sea, parece que esas experiencias únicas y muchas veces fortuitas quedan fuera (¿pudor? ¿vergüenza? ¿qué opináis?).

En caminomundos y heyheyworld estamos convencidas de que el viaje no solamente lo forma la geografía física del mundo, sino también su geografía emocional. ¿Quién no se ha enamorado, aunque sea de forma platónica, de alguien con quien se cruzó en la Selva Negra, en Hanoi o en el ascenso al Machu Picchu? ¿Y en Cuba? ¡Es imposible no enamorarse a diario de la danza de los cubanos en el Callejón Hamel!

¡Ahora es el momento de sacar a la luz todas esas historias! Porque, además, tiene premio: ¡puedes llevarte una plaza en el Taller de Escritura de Viajes Norte de Papel!

[youtube http://www.youtube.com/watch?v=SreBiNc3J3k]

Primer Premio

Una plaza gratis para disfrutar del taller

Segundo Premio

20% de descuento al comprar el taller

¿Cómo participar?

  • Deja un comentario en esta entrada  o en caminomundos (no se admitirán comentarios en otras redes sociales)
  • En el cual nos cuentes la historia más loca de amor que has vivido en un viaje. ¡Queremos detalles!
  • ¡El último paso para participar es dar a conocer el concurso a todos tus amigos!  Puedes compartirlo en Facebook, Twitter, G+, LindeIn…
  • ¡Tienes tiempo hasta el día 11 de Febrero a las 11 de la noche (horario Nueva Zelanda) para participar!
  • Los ganadores se darán a conocer en Facebook el día 12 de febrero, en donde nos pondremos en contacto para confirmar su participación en el taller.

¡Mucha suerte! ¡Os deseamos bellos y amorosos viajes!

Y por si alguien se preguntaba si yo no iba a mojarme, ahí va mi historia…

Había conocido a Amine en la escuela donde estábamos trabajando como voluntarios. Todas las mañanas, a las siete en punto, nos encontrábamos en el comedor donde nos servían, sin variar el menú ni un solo día, café con leche en polvo (que al hervir, desprendía una capa de nata que siempre quedaba por encima del líquido, como una tapa que ahora rememoro y me parece hasta romántica) y pan con mantequilla en cantidades infartantes. Amine y yo siempre nos mirábamos desde lejos y nos saludábamos con la mano. Él solamente hablaba bereber, y algunas palabras de francés. Yo ni eso, así que nos entendíamos mediante gestos.

A media tarde siempre íbamos al Hotel Meski. Hacíamos autostop en la rotonda, esperando no tener que recorrer los tres kilómetros entre la escuela y la única piscina de la ciudad. Algunas veces, Amine y sus amigos venían a jugar a las cartas con nosotros bajo las palmeras. El dueño siempre hacía zumo de aguacate para todos y así disfrutábamos de las tardes sin tiempo en medio del desierto rojo. Amine me retaba todos los días. “Juguemos”, decía sin decir. Nos perseguíamos corriendo alrededor de la piscina como niños, a ver quién alcanzaba antes a quién y siempre terminábamos cayendo, con la ropa puesta, al agua. Por las noches nos lavábamos los dientes en la acequia oscurecida por la noche, tanteándonos las manos para no caernos.

Fue una historia de amor susurrada. No podíamos comunicarnos más allá de la piel, pero Amine me traía el té a media mañana y fumábamos un cigarrillo a medias escondiéndonos del sol. Nos llevaron al desierto una noche y bajo la tormenta de arena brutal que sacudía la Gran Duna nos abrazamos.

Sin embargo, la historia duró poco. Al regresar a Errachidia, Amine tuvo que abandonar el proyecto y desapareció. Solo nos vimos alguna vez en el zoco y nos sonreímos desde lejos.

Pero las historias de amor en viaje son así: no se puede esperar nada del futuro. Es más: me atrevería a decir que, precisamente, a lo que te enseñan a vivir con plenitud el presente más inmediato.

¡Os toca!

PD. Me abrió el apetito esto de contar historias de viaje-amor :)

2 Comments

  • A los días de haber llegado a Turquía para hacer un voluntariado, una tarde en las oficinas lo conocí. ¿O fue una noche en una reunión en la costanera frente al mar, que como la hicieron en turco no entendía nada y sólo me dedicaba a mirar a la gente a mi alrededor? Sólo recuerdo que apenas lo vi, me gustó. Me llamó la atención, me pareció lindo, lo vi interesante. Como prefieran decirlo. La cosa es que lo vi y, de ahí en más, cada vez que me lo cruzaba me gustaba más, me llamaba más la atención, me parecía más lindo, más interesante.

    Aunque el viaje había empezado hacía ya un mes y medio, y todavía me iba a quedar otro mes y medio más. mi tiempo en Izmir, la ciudad donde hacía el voluntariado, era de sólo seis semanas. Y los días, cuando uno tiene el tiempo contado, pasan como grandes momentos, cada hora es importante y cada segundo perdido puede no volver a recuperarse. O así lo sentía yo, que capaz como tenía 21 años y era mi primer gran viaje sola, quería aprovechar todos los momentos.

    Me quedaban sólo dos semanas, y aunque sentía que las miradas se cruzaban, que cada vez que hablábamos había algo diferente, que me había pedido sacarse una foto sólo conmigo en un una fiesta en la que ambos estábamos, que cuando me sonreía se me aceleraba el corazón, y que me hacía preguntas que denotaban algo más que una charla entre amigos, nada más sucedía. Ni un “salgamos a tomar algo” o “qué hacés esta noche” o “(completar con cualquier excusa que de pie a algo)”.

    Dos fines de semana antes de que me vaya, nos íbamos de viaje. Voluntarios de Izmir y de otras ciudades, y chicos de Turquía que se prendían en el Blue Aegean Tour o BAT, para recorrer la costa del mar Egeo por cuarenta y ocho horas. Él iba. Yo también. Mis amigas que me hebía hecho en el viaje también, y todas estaban a la expectativa. Si acá no pasaba nada, ya le daba el corte final a que no iba a suceder nada tampoco después. Esa mañana, antes de salir, apenas lo vi y me saludó, me puse colorada hasta las orejas. Capaz eran las ansias, capaz era que ya no podía disimular más todo lo que me gustaba.

    Salimos a la ruta, y éramos tantos, que íbamos en dos buses. Él en uno, yo en otro (esos detalles que las mujeres siempre reparamos), así que cada vez que nos bajábamos a ver algo, era mi oportunidad de pispear, de mi mirarlo un rato, de reírme con mis amigas haciendo hipótesis. Estuvimos en Efesus, pedimos deseos en unas aguas (¿habré pedido el deseo correspondiente en el chorro del amor?), nos metimos en unas lagunas subterráneas, paramos a almorzar al costado de la ruta, y al atardecer fuimos a Kusadasi. Como no podía ser de otra forma, el plan para esa noche era salir a bailar.

    Estábamos todos en el bar, la música fuerte, yo con mi amigas al fondo, a él lo veía cada tanto adelante. La noche pasaba, y yo ya casi me resignaba, cuando lo veo acercarse, me da su botella de cerveza diciéndome “sosntenémela” y entra al baño. Yo no sabía si sonreír por lo que creía que eso podía significar, si quedarme perpeleja, o si revolear la botella. No me dio mucho tiempo para pensar, ya que salió del baño, agarró la botella, me agarró a mi de la mano y me llevó con él.

    De ahí en más, todo es una cadena de hechos en cámara lenta y rápida a la vez: de sentir su corazón latiendo a mil la primera vez que me dijo que le gustaba, de quince días juntos, de palabras dulces, de una primera cita que ya no era cita, de momentos a solas y con su familia, de declaraciones, de risas, de llantos, de desayunos gigantes y alguna cena hecha por mí, de besos a escondidas en los parques -porque en Turquía las demostraciones de afecto en público no están muy bien vistas-, de caminar de la mano hasta una cuadra antes de su casa -porque su abuela seguía creyendo que le iba a elegir a su mujer-, de acostumbrarme a quedar en medio de conversaciones en turco sin entender nada, de enseñarle a decir algunas palabras en español, de dormir abrazados y despertarme escuchando el llamado a rezo de las mezquitas, de tomarme un metro y un bus para llegar a su casa, de prácticamente instalarme a vivir en su casa, de sonreír a su mamá ante la única palabra que sabía decirme en inglés (“beatiful” ¿no era tierna?), de no querer ir a mis últimas clases para poder disfrutar cada momento con él, de que se me abran los ojos cuando me enteré que era incluso más chico de lo que yo pensaba, de quedarme sin saber qué decir cuando me dijo que fui un ángel que lo sacó de una tristeza profunda, de besos cargados de espera y ganas, de abrazos infinitos, de tazas de té compartidas. De amor. De una promesa de un viaje a Argentina. De un plan de recuentro veinte días después. De una hermana que dos días antes del reencuentro le detectaron un tumor. De una historia que me hizo replantearme, por primera vez, si mi amor por los viajes alguna vez encontrará un punto final por amor o su equivalente en un chico que además de amarme a mí, ame viajar.

    • Reply February 11, 2014

      Marina

      Precioso nati!

      Creo que esa misma duda la tenemos todos (fingers crossed!)

      Un abrazo y gracias por compartir!
      M.

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