Hundimiento. 22 días de retorno

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Puedo preguntarte cómo se compone una canción y que me enseñes, como respuesta,  cómo la piel se convierte en instrumento.

Te he dicho que prefiero la música porque sólo me salva y la escritura a veces me destruye. Podríamos no tener que elegir porque música y poesía son la misma cosa.

Amo que me digas que tomemos un café. Como si de verdad nos conociéramos. O es que tener la piel de la misma textura nos hace cómplices para ciertas cosas.

Y que bailemos en la cocina la música y que suenen vuestras voces. Rodearme de música no fue una decisión explícita, pero ocurrió como ocurren las casualidades, nunca por azar.

Estoy en Colombia y estoy en Quito al mismo tiempo. En cada toma de decisión (hoy me he ido y me he quedado, hoy me he ido y tú has venido o no has venido) se produce un desdoblamiento: entonces estamos viviendo todas las posibilidades que contenemos en una espiral de tiempo interminable. No nos conocimos el miércoles pero nos conocimos. No nos besamos el sábado pero nos besamos. O eso fue el domingo, porque vimos amanecer y esperábamos abrazos. Quién sabe. Todas esas cosas podrían haber ocurrido o no haber ocurrido, incluso muchas otras como que te hubieras marchado en vez de subir corriendo las dos cuadras cuesta arriba, latiéndote el corazón cuerpo entero. Podríamos no habernos conocido nunca. Podríamos habernos dicho adiós ayer en una esquina del centro de Quito a la media tarde y, aún hoy, estaría pensando en las maderas que vas a tallar o en cuántas veces vas a grabar cada melodía en ese aparato hermoso para que se convierta en canción.

Escribo desde el otro lado del cristal de una sala de ensayo.

El blues debería ser obligatorio. Como el té de las cinco. Como la música de recién despertarnos. Como las voces en Re.

Y lo cierto es que en vez de estar escribiendo todas estas cosas preferiría seguir mirándoles a ellos que crean música con la espontaneidad del cielo en crear viento y luces.

Que hables de la música como yo de mis diarios tampoco es una casualidad. Volcarse. Con un amor que es hacia lo presente, hacia el instante. “Hacía mucho que no estaba tan vivo”. Yo ya lo sabía.

Podemos contenernos como cuando un cuerpo se sumerge en el agua: pierde toda la gravedad. Solo veo tu sombra: cristales. Eso es el hundimiento. No le tengas miedo a las palabras que llegan hasta el fondo del todo. Tú buscas palabras en las aves que nacen una y otra vez de sí mismas; yo, en los océanos.

Una frustración tan enorme: no poder recordar cada palabra con la que llenamos los espacios ajenos en las últimas setenta y dos horas. Nos hemos apropiado del aire y construido en su interior tantas estructuras de voces que puedo verlo en colores. Tu infancia, las miradas con la chica de la secundaria, la primera vez que grabaste un tema, la risa que te dio la idea de grabar un disco, el discurso y el anatema, todas esas cosas las he visto dibujadas en el espacio entre nosotros.

Puedes mirarme desde el otro lado del cristal luces azules. Voy a sonreirte igual. O voy a taparte los ojos otra vez por la espalda como en el Itchimbía. Mejor eso: un gesto que ya es solamente nuestro.

Podemos ser música solamente: la suma de los sonidos del cuerpo.

En todos nuestros mundos paralelos ya hemos existido nosotros y ellos y todos los caminos que pudimos elegir antes de ahora.


Este texto forma parte del desafío 27 días de retorno. 

Hice otro desafío de 30 días en mayo de 2013 y conocí la hiperconsciencia. Puedes leerlo aquí.

Tulia también está regresando. A ella me uno en este viaje al origen.

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