Inmensidades

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(*Este reportaje fue originalmente publicado en el número 99 de la Revista Clarin de Nueva Literatura en el verano de 2011)

Hay ciertos lugares en la Tierra que desprenden un n magnetismo especial, y el Himalaya es uno de ellos. Serán sus enormidades, o quizá su misterio lo que los hace parecer tan mágicos, y los contemplamos como quien se encuentra con el antiguo hogar tantos años antes abandonado. Provocan en el observador una rara mezcla de antigüedad y pertenencia, porque en cierto modo es como si de la Tierra fluyéramos ambos, esos lugares y nosotros, fundiéndonos con los elementos a nuestro paso. Por eso se siente uno tan diferente cuando recorre las escarpadas laderas de la cordillera más alta del mundo, entre las nubes que no dejan pasar los rayos de luz, que incluso mojan: el paseo se convierte en un ritual, más allá de la meditación o de la sensación de paz que raramente el mundo moderno nos concede. Es el contacto con los dioses lo que se siente allí arriba, pues de ellos surge la maravilla de la naturaleza y a ellos retorna.

Desde las alturas el mundo es algo nunca antes contemplado, los horizontes se mueven, se deslizan hasta India y la región del Tíbet y más allá incluso, y el ojo se pierde al no poder distinguir dónde se encuentra la línea entre cielo y tierra. Y entonces nos sentimos minúsculos, por primera vez. Y quizá nunca más de esta manera. Pero esto no es Nepal, o no lo es en plenitud.

Nepal es el caos, el ruido, el humo, la arcilla, la descomposición. Si lo pensamos de forma metafórica, Nepal se convierte en la unión de dos mundos, el divino, personificado en la montaña que es reino de dioses, el Olimpo oriental donde no existe nada más que la vida surgiendo, y el terrenal de las ciudades donde habitan lo imperfecto y lo hostil. Pocas veces las expectativas que teníamos sobre cualquier lugar antes de llegar a él han resultado tan poco acertadas. Imaginábamos llegar a la cima del mundo, pero no contábamos con que antes, y de forma irreversible, conoceríamos lo que significa la verdadera miseria. Y es que no hay una ciudad como Katmandú para sorprenderse con lo inhumano. Es imposible quedar indiferente.

Asentada en el valle al que debe su nombre, Katmandú es la capital y la ciudad más grande de Nepal y está rodeada de la mayor fortaleza del mundo, la cordillera del Himalaya, formada por varios de los  grandes ochomiles. Mires donde mires, la montaña permanece como un personaje más, invariable, alzándose por encima de los tejados de los templos, por encima del verde y los ocres de la roca. En Nepal, como en ningún otro sitio- exceptuando quizá el Tíbet, con quien comparte enormidades- la piedra se impone por encima del ser humano y cobra presencia propia, se comunica, y quien por primera vez se encuentra cerca siente esa vibración como un temblor blanco y estático en la lejanía. Pero Katmandú es otra cosa. El viajero que espera disfrutar de la quietud y la meditación se sorprenderá al descubrir las filas inmensas de coches gastados y multicolores  hacinándose en las carreteras, y el humo negro cubriendo la ciudad como una sombra. La mayoría de los nepalís visten mascarilla, como única herramienta de supervivencia- no recuerdo un solo casco en todo el país- y pasan veloces en sus motos entre los huecos casi invisibles, corriendo, deteniéndose al milímetro. Nosotras- ellas y yo, en total ocho- nos mirábamos con un terror nuevo, esperando un choque mortal. Pero no ocurrió aquella primera vez, ni siquiera cuando nuestro taxista, un nepalí burdo sustituyó el limpiaparabrisas, bajo el monzón que era como si el mar se hubiera dado la vuelta y se nos cayera encima, por un poco de crema Nivea restregada sobre el cristal para impermeabilizarlo. No solo el humo negro de los tubos de escape nos hacía toser. El coche en sí era un altar y finas ramas de incienso pendían del espejo retrovisor expandiendo un olor dulzón, especiado por todo el coche. No había duda: esto sí era Nepal, y aún no habíamos visto nada.

Quizá se imagine el viajero, o el lector, que en Nepal no hay cabida para el mundo moderno. Y contemplando las fachadas de sus edificios siempre a punto de derrumbarse, sus calles, sus gentes, quizá no pueda hacerse una idea siquiera. Las vacas cruzan la calle a su antojo y el barbero afeita sobre un parterre de flores. Por todos lados nacen los vendedores de especias y frutos y a cada paso una hoguera prende con las hojas del maíz para espantar a los insectos. Y al girar la esquina, un banco internacional, y luego otro, acristalado completamente, de diseño futurista, pero con el mármol de la entrada manchado del barro de la calle. Y alrededor, chabolas. Los contrastes son admirables, y no serán estas las únicas muestras de suma contrariedad que encontraremos. Por todos lados se amontona la basura, incluso le han dado un nuevo uso: sirve para canalizar el agua, allí donde los ríos necesitan de intervención humana para no desbordarse en la época de lluvias. Se puede afirmar, quizá con tristeza, quién sabe, que la modernidad ha tocado Nepal, pero no en profundidad, solo le ha dado lo peor de ella- el tráfico, el valor excepcional que se le otorga al dinero y a los intereses creados, la obsesión por poseer- y mientras, las calles se llenan de desechos y la población mira impasible  aguardando que alguien les diga lo que tienen que hacer. No es solo Nepal, sino el mundo en desarrollo en toda su complejidad el heredero de uno de los grandes  problemas del colonialismo, la imposibilidad de materializar sus sueños de Estado funcional, complejo, cuando quedan al desamparo del yugo imperialista. Fue en este caso Inglaterra quien en 1948 aceptó por fin la independencia del país de las montañas, que desde entonces y hasta que finalizó la Guerra Civil en 2006 vivió bajo el régimen de la corrupción y la cleptocracia, signos que hoy día pueden observarse aún. Y aunque desde 2006 se hable de una República Federal Democrática, se hace evidente la falta de recursos públicos con los que cuenta el país. Por eso cuando se recorre el trayecto entre Katmandú y Pokhara, los doscientos kilómetros de carretera más difíciles que he visto pasar ante mis ojos, no sorprende ver en la orillas del pavimento a sus gentes esperando que algo pase: un accidente tal vez, o un golpe de suerte. En cada parada los niños saltan a las ventanas de los autobuses que parecen tómbolas de tanto color y algarabía para vender al viajero cualquier nadería, una patatas, unos frutos secos, unos dulces de importación. Y de repente, sin previo aviso, al doblar una de los cientos de curvas del trayecto, oímos el crujir de los cristales rompiéndose y damos con nuestras bocas en el asiento de delante. Los viajeros se levantan y observan a sus vecinos. La mayoría comprueba si aún tiene todos los dientes en su sitio. Una de nosotras escupe por la ventana un río de sangre y nos asustamos pero todo está en orden. Y nadie se alarma, de entre los foráneos, pero los que no somos de allí nos miramos preguntándonos cómo de habitual son los accidentes de este tipo, y cuántas sorpresas quedan hasta  llegar a nuestro destino. Alrededor la muchedumbre ha ido arremolinándose en silencio, o acaso cuchicheando entre ellos, y los viajeros de ambos autobuses (el agredido y el agresor) nos bajamos también para contemplar la masacre de plásticos, cristales y humo que se extiende por toda el camino.

Estuvimos horas esperando que alguien pasara por allí y nos llevara hasta Pokhara. Nos sentamos en la ladera de la montaña, con los arrozales escalonados creciendo ante nosotras, de un verde- fluorescente- que no habíamos visto nunca antes nacer de la tierra. Poco después una mujer colmada de extravagancia apareció y se sentó a nuestro lado, en un montículo de tierra. Le dimos tabaco y fumó. Llevaba consigo una botella, donde iba tirando la ceniza, en un líquido espeso y parduzco. Al terminar apagó la colilla en su propia lengua y le dio un trago a la botella. Nos quedamos sorprendidas. Con nosotras viajaba un nepalí- uno de esos que ven en el turista la oportunidad de ganar algunas rupias y le acompañan y siguen como un guía fiel- y le preguntamos. Estábamos ávidas de conocer la historia de aquella mujer. Nos explicó que ella había decidido abandonar a su familia, a su marido, y vagaba por las montañas porque no tenía lugar donde quedarse. “Mala vida” dijo, chasqueando la lengua. Ella se reía sin entender, inmersa en su locura, con la boca mellada y negra.

Un par de horas más tarde proseguimos la marcha. Creo que fue entonces cuando empezamos a sentirnos como Siddhartha Gautama, Buda, cuando conoció, después de tantos años alejado de la realidad, la enfermedad, la vejez y la muerte. Nos dimos cuenta por primera vez de la burbuja paternalista en la que vivimos inmersos en nuestras sociedades modernas, y de lo fácil que había resultado explotar esa fina capa que nos recubría al salir de ellas. Todas y cada una de las cosas que creíamos de manera firme, todos y cada uno de los seguros vitales a los que nos habíamos agarrado hasta entonces, se desvanecieron. Hace falta marcharse muy lejos y encontrarse en situaciones completamente ajenas a nuestra normalidad para descubrir cuánto de materia social hay en cada uno de nosotros. Poco a poco fuimos desnudándonos del papel burbuja de Occidente y dejando que Nepal nos empapara con su filosofía, su vitalidad, su presencia. En cierto modo hicimos lo mismo que Buda: empezar a contemplar el mundo que nunca antes nos habían dejado vivir. Él recurrió al ascetismo para librarse del dolor que le provocaba la visión de la muerte. Sin embargo, nosotras hicimos todo lo contrario: nos propusimos abrir cada uno de nuestros sentidos, abrimos la boca, los oídos, los ojos, y empezamos a notar los aromas del aire y a sentir el tacto de Nepal en nuestra piel.

El emplazamiento hippie por excelencia,  donde arribaron los buscadores de una nueva filosofía de vida durante las guerras estadounidenses de los años setenta, se encuentra en Pokhara, uno de esos lugares a los que la naturaleza le dio ventaja en el reparto de perfección.  Se ubica a orillas del sagrado lago Phewa y a la sombra del gran Annapurna, punto de partida para las rutas de montaña y trekking más llamativas de Nepal. El lago, si lo miras desde lejos, parece un espejo en el que se refleja la montaña, desdoblándose, y a la vez un mapa plagado de puntos de colores, formado por las embarcaciones con las que se cruza a la otra orilla o al islote donde se levanta el Bahari, un templo sagrado de dos pisos donde los nepalís acuden a realizar sacrificios. A pesar de ser, probablemente, la ciudad más turística de todo Nepal, con la época de lluvias Pokhara pierde todo su reclamo y se convierte en algo parecido a una ciudad fantasma. Y aún así alrededor del lago se apiñan las tiendas de souvenirs, de cachemir y madera, de equipamiento de montaña, de plata de Nepal. Intentamos regatear, cómo no, es imprescindible. Y las mujeres del punto rojo en la frente nos suplicaban una rupia más, porque apenas les quedaba ya para vivir. Tenían razón: la ciudad, sin el apoyo del turismo- que se exacerba en las épocas de escalada- se veía desolada, triste bajo el manto gris que amenazaba lluvia. Las casitas de colores, tan separadas unas de otras y colocadas casi al antojo de una mano divina, estaban ensombrecidas. Ni siquiera pudimos ver los picos más altos, porque una bruma blanca y espesa los cubría. Pero Pokhara tiene esa esencia que hace que una ciudad se convierta en especial desde el momento en que la pisas.

Al amanecer partimos al Sarangkot, desde donde mejor se divisa el Himalaya. Un millón de escalones más arriba nos encontramos por fin en la cima del mundo, desde donde se podía contemplar la bella Pokhara y todo el valle del Seti Gandaki, el río que cruza Nepal y que en la lengua vernácula significa “blanco”. A lo lejos el mar de nubes y picos se extendía como si realmente fueran olas de mar y la espuma surgiera del cielo. Toda la verticalidad de la montaña se hacía notar, y el sol saliente a nuestra espalda nos picaba a ratos, cuando salíamos de los grandes bancos de nubes que nos dejaban toda la ropa húmeda y rocío en el pelo.  Durante una hora caminamos entre verdes profundos, casi antinaturales, y pequeñas aldeas al pie del camino, o casas de huéspedes con los postigos cerrados, pero pintadas de vivos colores, incitando a la hospitalidad que caracteriza al pueblo nepalí. Nos fuimos cruzando con mujeres con cestas absurdamente grandes en su espalda, con vacas y terneros, con bueyes, con niños que nos correteaban por detrás, esperando un chocolate o una rupia, o un pañuelo cuando ya no nos quedaba más que darles. Parecía imposible que unas piernas tan finas pudieran aguantar corriendo y saltando tras nosotras tanto tiempo. No tardamos en llegar a los arrozales, escalonados de forma interminable hasta el río y salpicados de mujeres de vestimentas muy coloridas, que contrastaban especialmente con el verde constante de la naturaleza y el ocre del agua estancada. Era algo que me gustaba contemplar, el cómo los colores iban tomando espacio, un espacio inexistente en principio pero que al que finalmente se ajustaban como si a la misma naturaleza pertenecieran. Los banderines de colores, símbolo absoluto de Nepal que cuelgan de las pagodas y las calles, también había llegado a la tierra, y puntos de color bailaban con el viento colgados de los árboles. Al pasar las gentes de las tribus nos saludaban, algunos balbuceaban algunas palabras del inglés, otros nos comunicaban por gestos –bendito lenguaje universal- lo que querían indicarnos. Los rostros más ancianos nos sobreponían, el adivinar cómo ese mar de arrugas y sombras puede formar un conjunto bello, lejos de parecer acabado o marchito, y proyectar su sabiduría hacia nosotras solo con una mirada y una sonrisa. A la vez, la sensación era extraña porque dudo que ninguno de aquellos habitantes de las cordilleras de nieve, de las profundidades, conocieran cuánto de largo y ancho es el mundo, pero a la vez también nosotras estábamos en desigualdad de condiciones, teníamos un déficit de conocimientos, porque no habíamos logrado entender a lo largo de nuestras vidas fáciles y modernas absolutamente nada de cómo el mundo se relaciona con los seres humanos, cómo son esos vínculos mágicos, que solo se adquieren escuchando a la tierra, los que te dan la sabiduría más importante. Y entonces lo demás deja de existir: todo lo banal, lo material, frente al murmullo del mundo hablándonos.

Y es que llegar a un país desconocido no es sólo admirar la belleza de sus paisajes, probar su gastronomía, imitar sus gestos y aprender sus sonidos, sino sobre todo entremezclarte con la gente, conocer y dejarse llevar por ellos a sus propias vidas, que nos dejan visitar por un tiempo relativo. Pocas veces tenemos la ocasión de conocer a una de esas personas que merecen la pena, no por cómo son ellos quizá, sino por la reacción que son capaces de causar en quienes le escuchan. Son personas que ven más allá de lo visible, que sienten el rugir del pensamiento dentro y le dan forma de una forma que motiva y hace crecer al resto. Ése fue Promise.

Llegamos a Bhaktapur después de haber sobrevolado el Himalaya en una avioneta de Yeti Airlines que parecía que iba a romperse en pedazos. Llovía. En las puertas de la ciudad (está amurallada, por ser una ciudad sagrada, y el público visitante tiene que pagar para entrar y habitarla) un chico se nos acercó, con su uniforme de colegio y un bigotillo incipiente, no más que una sombra irrisoria sobre el labio. En inglés se ofreció a hacernos de guía por la ciudad. Le despachamos rápido, no, no estamos interesadas. Pero él insistió. No puedo recordar lo que me dijo exactamente, pero cambió el modo en que le empezamos a mirar. Le dejamos llevarnos al hotel, subió con nosotras y se quedó toda la tarde. Sólo podíamos escuchar su historia como si alguien nos lo contara desde lo alto, con una importancia suprema, y cada cosa que decía se nos hincaba en la piel, nos penetraba abiertamente la mente. No era su vida lo que nos empezó a apasionar, sino la historia interna que llevaba dentro, el tapiz de hechos y pensamientos acumulados durante años de un nepalí que rechaza Nepal, cuyo único sueño era salir del redil donde ya se había clasificado como oveja negra. Renegaba de su mundo, de su historia, de su cultura, y encontró en nosotras el aliado occidental perfecto, que es materialista- cómo no serlo- pero que además aprecia las relaciones, la amistad, lo valora de forma suprema y apuesta por ello. O por lo menos nosotras sí somos así. Promise, con sus ojos oscuros, llenos de furia y fuego, sentado sobre la cama apolillada y con el aroma a incienso embargándonos los sentidos y su voz hablando de la cárcel, de Goa, de sus sueños, de cómo ve el mundo desde una terraza cualquiera llena de flores de la ciudad sagrada. Durante tres días Promise nos guió por las calles de Bhaktapur, aprendiendo nuestro castellano chillón y tratándonos como a hermanas. Se preocupaba, daba las propinas o donaciones que nosotras ni siquiera podríamos haber imaginado que había que dar, nos mostraba los secretos de los rituales funerarios más antiguos. Había música, recuerdo. Sonaba quizá una flauta, el graznar de las aves, el sonido amortiguado de las conversaciones en las calles, donde se reunían todos bajo un porche de madera tallada con símbolos hindús, al igual que se veían representados la multitud de dioses en cada puerta, en cada minúscula pieza de las que conforman cada uno de sus templos. En la “Ciudad de los Creyentes”, como se conoce a Bhaktapur por su etimología, los templos se suceden uno tras otro por las diversas plazas y rincones de la ciudad. La plaza Durbar, la más importante y probablemente una de las más bellas de todo Nepal (ha sido elegida Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO) y recoge sobre su empedrado tres de los templos más representativos de la arquitectura tibetana e hindú. En una de las esquinas se encuentra el Palacio Real. Promise nos relató cada curiosidad que conocía, nos explicaó qué divinidades eran representadas dónde y por qué, las razones para que los templos albergaran en sus muros escenas del Kama Sutra. En torno a la ciudad iba creando un relato que a nuestros ojos hacía parecerla viva, no ya solo bloques de piedra roja apilándose unos sobre otros y creando magníficas figuras, sino reino de reyes, escenario de vidas.

Comer, vestirse, sentarse y experimentar. Así es como resumía Promise las acciones de la vida. Y añadía que solamente experimentando se puede crecer, avanzar en el camino de la vida, y que por eso se trataba de mirar siempre hacia delante, siendo consciente de a dónde nos lleva cada paso que damos. Era un filósofo de los que dicen cosas que de verdad importan. De los que te hacen sentir sus palabras dentro.

Nepal es muchas cosas. Es el caos, el ruido, el barro. Es la luz infinita, la altura, el cielo, sobre todo la montaña. No se puede buscar un ángulo, ni intentar definir con una palabra un lugar, ni siquiera tratar de abarcar en unas simples frases su esencia. O quizá sí. E incluso debamos hacerlo, debamos acotar para conocer en profundidad, porque solo a través del lenguaje logramos aprehender el mundo. Así que sí, he de decir algo, una sola cosa que resuma e identifique todo un país, toda su roca, su selva, todo su agua y su humo y sólo me viene a la mente una: Inmensidades.

            

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