La arruga de la felicidad

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Está ahí, mírala. Justo al lado de la boca. Sí, ahí, en el lado izquierdo. ¿La ves? Es la arruga de la felicidad. Cuando me marché, no estaba ahí. ¿Me habrá salido de tanto sonreír?

Debe ser eso, porque en Asia el gesto natural es la sonrisa. Paseas por la calle y cada persona que te cruzas, zas, te sonríe. Al principio devuelves las sonrisas pensando que te las dedican porque eres extranjero y quieren darte ánimos para sobrevivir en ciudades como Hanoi o Saigón con todo ese caos difícil de manejar, pero luego comprendes que es su manera de saludarse y de intimar momentáneamente con el ambiente. Probablemente, ahora que he regresado y he pinchado con cuidado esa burbuja en la que estaba viviendo, esas sonrisas sean lo que más echo de menos. De la mañana a la noche me sorprendía a  mí misma contenta y feliz, incluso cuando no había razones para ello, y me preguntaba ¿qué droga me dieron? Ahora comprendo que era todo gracias a aquellas sonrisas, que actúan de onda expansiva y se van transmitiendo de rostro a rostro por la calle al caminar, al saludar a cualquier persona con la que te cruzas o simplemente al estar embelesado con el paisaje y que por fenómeno de imitación, le peguemos la sonrisa a quien nos está observando a nosotros disfrutar.

Pongamos en práctica un juego: el de regalarnos sonrisas. Creemos un gran movimiento de dientes y labios en éxtasis. Hagamos volar las endorfinas que nos remueven unas buenas carcajadas.  Pon en movimiento tus músculos y pum, ¡sonríe! Cualquier lugar está bien y aprovecha sobre todo aquellos que son grises y están llenos de estrés. Haz que una sonrisa sea como un rayito de sol capaz de alegrarle el día a alguien :) Buenos lugares son: las paradas de autobús en hora punta, la cola en el supermercado, los atascos, los paseos por el barrio, los museos (éste es mi preferido: cambia incluso la sensación que el arte puede producirte), en clase, en el bar donde desayunas, en el cine (seguro que las sonrisas en la oscuridad también se contagian).

Ana e Ire riendo y disfrutando

En Londres sonríen por la calle también

Y en los Carnavales de Colonia ¡aún más!

De esta manera traspasamos nuestra felicidad a los demás y ponemos a circular un feedback inagotable de buenos pensamientos que van saltando de unos a otros sin descanso. Alguien me dijo en Indonesia que unos a otros nos entregamos energía cada día y es de esa fuerza de donde sacamos las ganas para seguir correteando por el mundo con los ojos bien abiertos. Pero lo mejor de todo es que está comprobado que sonreír mejora nuestra vida de muy diversas maneras:

– Cuando sonríes te sientes más feliz y positivo, lo que te produce ganas de hacer más cosas y afrontar nuevos retos. De esta  manera, cada día creces un poquito más, aprendes cosas nuevas, tomas decisiones difíciles y te sientes satisfecho contigo mismo.

–  Cuando sonríes y ríes tu cuerpo libera endorfinas y serotonina, se reduce el estrés, la ansiedad, te relajas y dejas de preocuparte. Y cuando dejas de preocuparte, empiezas a darte cuenta de lo que realmente importa y de todas las pequeñas cosas que pasan inadvertidas cada día, pero son aquellas que te llenan de emoción.

– Cuando sonríes, el resto del mundo ve en ti seguridad y pasión por la vida. Empiezas a caminar con la cabeza alta, el paso seguro, te brillan los ojos  con una fuerza innata y arrebatadora. ¡Y lo mejor es que se contagia!

¿Necesitas  más razones? Hay muchas más. Pero la principal es que una simple sonrisa tiene el poder de cambiar muchas cosas en ti mismo y en los demás. Es un efecto mariposa incierto, que comenzó un día en alguna zona remota del sudeste asiático, pero funciona.

¡Vamos allá! Construyamos entre todos la sonrisa infinita :)

Me hacen sonreír si me regalan una flor por las calles de Colonia…

¡SONRÍE!

 

 

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