La casa de las poetas (II). Buenos Aires

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Reconocer los cuerpos

Pero nuestros cuerpos nunca serán nuestros

Nosotras somos la voz

Por eso todas la palabras estuvieron fluyendo hacia los puntos atlánticos en los que nos encontrábamos

Y aún lo hacen

Y:

¿Somos persona y personaje al mismo tiempo?

¿Dónde está la frontera?

¿En qué momento se ejecuta la suma y deviene un todo finalizado?

¿Acaso finaliza?

El sol sobre la mesa, sobre la piel en un patio de luz y la casa en silencio salvo la música.

Esa siempre será la casa de las poetas. La casa del café con leche y las ideas que luego se cumplen.

Ellas vienen a cenar y yo no las conozco. Somos todas mujeres, todas preocupadas por la litertura, por los viajes, por el resistirse a ciertos llamados sociales, por lo que le está pasando a poesía, por el escribir y vender nuestros libros, por lo espiritual y nos contamos historias. También nos preocupamos un poco por el amor, pero se trasciende lo masculino: esta vez es por ese amor a lo que hacemos con las manos, los ojos, los pies, las bocas. En lo que convertimos nuestra esencia. Tenemos referentes comunes. Yo no conozco a nadie en el mundo de los blogs pero puedo hablar de Anaïs Nin con dulzura, como si nos conociéramos de siempre. Ella se atrevió. Conjugó una a una las letras sobre una plancha móvil para publicar ella misma sus diarios. Eso hacemos nosotras. Hay libros naciendo. Y en este momento esta casa de sol y cada una en una habitación escribe ágil y es temprano en la mañana. Sol es la más prolífica: en el tiempo que yo he mirado una nube pasar ella ha escrito un texto magnífico. Maga se escapa para escribir frente al ventanal arriba de los escalones en madera. Yo me aguanto. Tengo una fuente dentro y me lleno de a poco. Ya no me obsesiona pensar que todo lo que no escribo en un momento concreto, es perdido. Al revés: la experiencia se calcifica de esta manera y es válida cuando regreso a ella sin  la tensión del presente. Cuando se diluye el concepto ahora, estoy en la escritura.

Pero ya no iremos a los cursos de poesía porque el academicismo ha muerto. En la primera clase quisimos pintar las paredes con consignas. Inventamos poemas en azul y le preguntamos al auditorio: ¿es que es necesario definir la poesía? Él hablaba de la poesía como si pudiera tomarse con las manos, medir con reglas y pesar con balanzas, auscultar con los oídos pegados a la tierra y después afirmar: esto es o no es poesía. La técnica convierte la poesía en matemáticas; entonces serán versos algebraicos. Es el fin del mundo. El antiflúor. Y preguntamos: ¿dónde está la poesía real? La que se extrae de la roca viva, del espíritu, del interior y no puede ser traducida en reglas y técnicas. Pero se hace el silencio. Y me refiero a volcarnos sobre el papel por pura extrapolación del cuerpo, por puro abandono.  Él decía: la poesía tiene que funcionar, lo que está mal tiene que ser cambiado. Y nosotras: no hay bien ni mal en la poesía. El poeta se lanza, se expone y arrastra consigo en la caída todo lo que lleva adentro. Exponerse es de por sí bello. El trabajo está en traducir la caída al papel. Pero no sólo al papel. También queremos sacarlo a la calle. Esta es nuestra guerrilla y no será una guerrilla violenta porque vamos a dejar los tópicos de lado y diremos la verdad: no hay drogas en la casa de las poetas, ni hay whisky a la media noche. Pero sí hacemos el amor y hablamos de ello en nuestros textos. Ésta es la voz que tenemos con 25 o con 30 años y no otra. Ésta nos pertenece. Y nuestro espacio de la escritura es nuestro propio cuerpo porque somos nómadas y pintarrajeamos hojas sobre cualquier mesa en cualquier lugar del mundo. Eso no importa. No nos gustaría la vida contemplativa. Los escritos incómodos, los escritos cosméticos, los escritos de piel y de hueso: nacen por necesidad, y es que acaso hay otra motivación que la necesidad más urgente para escribir.  Lo cotidiano es nuestra materia prima, la palabra es la herramienta. Porque de últimas todas nosotras somos palabras. Y porque parimos libros y tampoco podemos elegir, como no elegimos en nuestros hijos el color de los ojos o la altura, cuáles serán las palabras que van a nacer. Nuestro concepto de la poesía es en raw, en materia prima adquirida y atravesada.

Entonces en el aula el viejo dice lentamente que la poesía tiene que ser un ser vivo que respira y es lo único que creo en toda la tarde. Y aquello de los silencios, tan importantes como las palabras. Y ese flaco, dice Iametti cuando entra por la puerta, que dijo que la poesía era el pulso, el cuerpo. Y los susurros. Pero los susurros vinieron después, cuando la calle se convirtió en papel a rayas y la llenamos de poemas.

porque el cielo es azul 

y si el fuego quema

entonces seremos fuego

Así deviene el hogar. Tumbadas en la cama, la música, escuchar The Kooks, Travis, Artic monkeys y Stevie Wonder en el gramófono de los padres Iametti.  Nosotras tumbadas en la cama del altillo poniéndole nombres a las cosas ocurridas. No somos chicas de tribu así que miramos el tejado de madera. El espacio no es lo importante en la escritura pero este lugar es bello. El espacio real donde la escritura ocurre está adentro nuestro. Entonces no me importa hablar de mi viaje a Macedonia ni del tejado ni de las vueltas de tuerca entre Turquía y Bulgaria. Nuestro lugar es en la escritura: allí es donde nos hemos construido. Siento aromas propios tan cercanos, aromas de fin de verano, como si mi piel pudiera ser un síntoma más de las estaciones. El asfalto está otra vez lleno de hojas; esta en la primera vez que conozco la ciudad otoño y sin embargo ya sé cómo ocurre aquí la caída del sol, porque todas las vidas anteriores han transcurrido en este continente. Como en Potosí, los elementos naturales me llevaban continuamente a un lugar eterno ya habitado. No conocía la ciudad pero el color del aire, la temperatura, la velocidad del viento, las canciones por primera vez comprendidas enteras ellas, la voz, el ritmo, los instrumentos, todo a una y acompasada a mi respiración y mi respiración a mis pasos. Eso sí lo conocía, o todas las sensaciones tránsfugas de ese instante se hicieron eco al mismo tiempo. Otra vez tuve que llorar. Me pasa a menudo últimamente: es tan brutal la descarga, el convencimiento, la comprensión. Como si el espíritu o quién sabe qué materia tuviera la facultad de erupcionar por sí sola.

Es ahora cuando entiendo las palabras de Marguerite. Habla de la casa en la que escribió y es como esta casa: un espacio donde la construcción es absoluta. Y la soledad.

Solo un piso por encima está la palabra.

Porque la palabra fue lo primero de todo.

_MG_1921

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