La ruta dorada

Sitges-Tarragona (23)

Si algo tiene bueno Barcelona es que con alejarte unos kilómetros del centro puedes experimentar la sensación de estar entrando en un mundo totalmente ajeno al eterno ruido de la Ciudad Condal. ¿Os acordáis de cuando hablamos de Cadaqués? Pues bien, esta vez tomamos rumbo al sur – C. y yo – y enfilamos la carretera del Garraf rumbo a Sitges, Tarragona y Salou.

En medio de la abrupta morfología catalana, a apenas cuarenta kilómetros del centro de Barcelona, se levanta la villa de Sitges. Llegamos allí a primera hora de la mañana, cuando no hay más que rumor de olas y algún pescador extraviado lanzando su caña al océano. Desde el primer momento intuimos el encanto, antes de pasar por Can Ferrat, la calle más linda de toda la ciudad, antes de ver el Racó de las Almas, antes de aspirar el olor salino del amanecer. Hay algo que me pasa, y es que cuando se ha vivido toda una vida privada del mar, en el momento en que se reconoce por primera vez como parte de un lugar donde se habita, me cuesta hacerme a la idea. Cuando para los demás, la gente de aquí, el mar es un elemento inherente a sus vidas, para mí no es más que la reverberación de días pasados. El mar y yo no tenemos un presente, o bien no lo habíamos tenido, quizá por eso ahora lo siento más profundo y lo entiendo hablar a veces, cuando se riza con el viento. Nos estamos haciendo amigos, por fin, y lo veo lamer la playa de San Sebastián, limpia y vacía, mientras pienso en lo que Sitges se convierte en verano: una aglomeración de sombrillas y toallas. Por eso es ahora cuando hay que venir, con la lluvia a punto de desenlazarse y la estrechez de las callecitas blancas y vacías aprisionando las mansiones de los antiguos colonos de las Américas.

Continuamos la ruta hacia Tarragona. Me habían hablado del Serrallo, el barrio de los pescadores. Igual que me pasa con el mar, hasta que llegué a Cataluña mi imaginario referente a los pescadores estaba vacío. Apenas podía recuperar de mi memoria algunos esbozos de cuentos de la infancia, del Moby Dick de Melville y de las grandes travesías de Julio Verne. En estos meses, sin embargo, me parece que el mundo de los pescadores está apropiándose de mí, no sé cómo ni en qué sentido, pero así lo siento al pasear por la Barceloneta los domingos, entre los aparejos de pesca y los rincones más auténticos de la ciudad. Por eso tenía tantas ganas de ver el Serrallo (aunque apenas haya nada más que ver que los barcos fondeando en la orilla y las calles de la parte baja de la ciudad, que sigue oliendo a atunes y a salazón). Las casitas, pintadas de colores frutales –amarillo lima, anaranjado melocotón, rosa palo, azul arándano- me hacen imaginar a todos esos pescadores que llegaban a la costa, tras largos meses de viaje entre las Américas y el puerto de Tarragona, sin haber visto nada más que el azul del agua y del cielo, y entonces me parece que todos esos colores en las paredes son un regalo y un reclamo a la vez: para la vista cansada de la monotonía del océano y para el deseo. Y lo que me parece más curioso de todo es que esa nostalgia del mar que solo poseen los antiguos marineros me absorba también a mí y me pregunto cómo es posible sentir añoranza de algo que no he vivido.

De vuelta a la parte alta de la ciudad damos de bruces con la enormidad de las ruinas romanas. Allí donde miremos, alrededor del casco viejo, se conservan todavía los esqueletos del anfiteatro y del circo, y algunos pedazos de muralla, alrededor de los cuales se ha ido asentando una ciudad que en parte me recuerda a la decadencia de Portugal por los colores crema de sus fachadas y la luz que viene del mar. Al lado de su hermana Barcelona, la antigua Tarraco permanece eclipsada. El modernismo de sus fachadas es tímido y compite directamente con elementos clásicos y neoclásicos y en la fachada de la Catedral de Santa María asoma un gótico temprano en los rostros de los Santos que la guardan. Bajamos sus callecitas empedradas y nos llevan directamente a la Rambla Nova, una Rambla que no le tiene más que envidiar a su homóloga barcelonesa que la gente que nunca la abandona. Es una Rambla de provincia, tranquila y sencilla, sin grandes alardes, y que termina en el Balcón del Mediterráneo, como llamó el primer presidente de la república española Emilio Castelar al mirador que se erige sobre el barrio del Serrallo y el mar.

Para finalizar con la ruta por la Costa Daurada, nos acercamos hasta Salou, a solo diez kilómetros de Tarragona.  De todo su pasado griego y romano apenas quedan algunos restos visibles, pues se ha convertido en el epicentro turístico de la región. El negocio de los hoteles en Salou y en sus alrededores y los grandes festivales como el controvertido SalouFest son los mayores atractivos que pueden encontrarse en una de las ciudades que más visitantes recibe cada año. Para alejarse un poco de las aglomeraciones, nada mejor que darse un paseo por las rutas de senderismo que rodean la ciudad y a través de la costa. Y un buen final: un café a orillas de un Mediterráneo color turquesa. Que lo disfruten.

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