La última de las primeras veces

Hace unos días, un amigo me preguntó cuál había sido el mejor momento de mi vida. “Mi primer Interrail”, le dije. Y es que ese primer viaje marcó nuestro devenir de forma irrevocable: somos hoy la consecuencia directa de lo que ocurrió entonces, de lo que descubrimos. Por eso me encuentro cinco años después sentada frente al ordenador y escribiendo deprisa, porque en unas horas tomaré un vuelo al otro lado del mundo, y aún estoy peleándome con una idea que siempre me da mucha rabia: que no hay sensación mejor que la que se vive por primera vez, y que una vez vividas se convierten en repeticiones imperdonables de un destello divino.

Aquella vez, en ese verano de 2007, cuatro niñas (las fotos lo corroboran) se montaron por primera vez en un tren rumbo a París, sin nada preparado, ni un solo hostal, ni un contacto, ni un idioma con el que comunicarnos. Durante un mes experimentamos por primera vez la libertad más absoluta, lo espontáneo de viajar, del cambio de planes en el último minuto, perdernos sin remedio, dejarnos llevar por la corriente del mundo, que cada canción se convirtiera en un himno y cada habitación de albergue en un hogar. Y sobre todo, fue ahí donde empezamos a proyectar nuestros caminos en mil direcciones, darnos cuenta de que VIAJAR era exactamente lo que queríamos. En ese momento éramos poco conscientes de los peligros porque estábamos demasiado ocupadas en darnos cuenta de cada cosa nueva que nos ocurría. Probamos una droga muy cara: andarnos el mundo con la mochila a cuestas. Y aún no hemos podido dejarla :)

Hoy emprendo otro camino, esta vez mucho más lejos, mucho más experimentada, con un largo bagaje de días en ruta detrás, pero siento otra vez el zsa zsa zsu de la primera vez efervesciéndome dentro. Porque me voy sola, porque de Vietnam quiero enamorarme (tengo celos de los que se enamoran perdidamente del Sudeste y me pregunto continuamente ¿por qué a mí no me pasó?), porque no sé cuándo volveré ni en qué condiciones, porque tendré como acompañante este blog (¿será como llevar mascota?) y a todos vosotros. También porque por primera y única vez he sobrepasado mis propios límites al tomar esta decisión tan loca, como todos me dicen, y porque por primera vez estoy teniendo que convertir todo el miedo en energía para no encerrarme ahora mismo en una cueva y olvidarme de todo. Por todo ello de forma preliminar, y todo lo que pasará a partir de esta noche, considero que esta es, por fin, la última de mis primeras veces. Aprovechémosla. Al menos hasta que llegue la siguiente.

En cierto modo llevo ya unos días sintiéndome allí. Un viaje comienza en cuanto empiezas a imaginarlo y quizá no termina nunca, si nunca acabas de desvincularte del todo.

Esta noche volaré a Moscú. Escala de 12 horas. Y de allí a Hanoi, donde me encontraré con Lindsey, una chica americana residente en Saigón con la que viajaré a Sapa. Y a partir de aquí no tengo ningún otro plan. No quiero tenerlo. Es como en los versos de Shakespeare:

It will rain tonight

 Let it come down

Déjala que caiga.

Solo hay que dejar que ocurra.

 

Buen verano a todos. ¡Os deseo que disfrutéis cada gramo de tiempo y cada gramo de vida! Espero oíros pronto por aquí.

Lo que os dije, unas niñas por el mundo…

En el último viaje ya parecíamos de tamaño normal

 

BON VOYAGE

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2 Comments

  • ¿Este fue el primer post que escribiste en el blog? Estoy hace horas dando vueltas y vueltas por el blog, quedándome con cosas, apropiándome, observando palabras… “Déjala que caiga. Solo hay que dejar que ocurra”. Uf, ¡intenso!

    • Qué va! Fue el post de despedida/bienvenida antes de mi viaje al Este! Porque estoy obsesionada con las primeras veces! De hecho ayer lo hablaba con un amigo, al final todas las conversaciones desembocan en lo mismo, en esas cosas extrañas que nos pasan a veces y nos producen emoción.

      Déjala que caiga son unos versos de Shakespeare y un libro (muy genial) de Paul Bowles :)

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