Las casas vacías. Wayku

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He pasado siete noches consecutivas en las profundidades del maizal.

La primera supliqué a los espíritus de la selva la solitud para mí. El miedo a la noche es distinto cada vez. Entendieron y abandonaron la habitación a tiempo. Di las gracias: luna llena.

La segunda noche llegaron los insectos y se hicieron con las tablas, los jerseys, los zapatos y los recovecos de mi cuerpo. Las casas vacías no existen: las habitan los animales remotos. Las primeras en hacerse ver fueron las cucarachas. Amablemente, una por una, deshicieron las siluetas y las sombras.

La tercera noche cerré los ojos y una mano quiso tocarme el punto donde dicen que está el tercer ojo. Se aproximó despacio. Casi al borde de la piel, pedí: “déjame sola. No estoy preparada.” Llegan los zancudos iracundos y esta noche no duermo.

La cuarta noche me pregunto si estoy preparada y me lo pregunto en voz alta porque en el maizal nadie (todo) escucha. Una tarántula cae del techo: responde a mi llamado justo en el momento en que escribo: “sí, lo estoy” Tiene el tamaño de mi mano, patas peludas y coincide exactamente con la imagen de las terroríficas tarántulas de los cuentos para niños. Sus fauces se cierran sobre el cuerpo crujiente de una cucaracha. La miro. No sé si ella me mira pero asume mi presencia. No tengo miedo.

Entonces comprendo: el universo siempre provee. Necesitaba señales y de pronto me encuentro otra vez inmersa en un estado de flujo natural que me pone alerta a las trazas que debo seguir. Esta tarántula fue la primera de todas (porque las tarántulas y los altares sagrados a la plantas de la selva siempre llegan de la mano). Después las voces, los crujidos, las caídas, las nubes o la lluvia. Una tormenta y un grito. La naturaleza se comunica conmigo (supongo que siempre lo ha hecho pero no he sabido prestarle la atención debida hasta que comencé este viaje por América del Sur). Por fin escucho.

El quinto día lo empeño en encontrar al maestro Braulio. Para llegar a su casa tengo que cruzar el caudaloso río Mayo (intención de delfines rosados en las profundidades; intención de sirenas). Me recibe la señora María con un cuerpo esbelto de años y dedos entretejidos. Me lleva río arriba su nieta Clemencia: nos mojamos la boca en el agua fría que baja del monte y nos sorprendemos con sal en los labios. Resbalamos una roca sí, una no. Después volvemos por la carretera y encontramos ciclos de luz oblicua sobre verde. La chacra: el universo. La chacra: ese pedazo de tierra que lo significa todo, absolutamente todo. El maestro Braulio aparece en la casa y trae consigo un platanal a la espalda. Suda copiosamente. Le calculo sesenta años pero siempre me confundo. Tiene dos dientes chapados en oro y rodeados por una cara de película de western. Tengo un chamán y estoy a su servicio. Pasaremos ocho días juntos en la chacra y se presentarán las víboras una por una ante nosotros: son las guardianas de la planta. Pero la planta, me han dicho los blancos, te lleva de viaje a la partícula del yo (un tentempié). Pero la planta, me han dicho los indígenas, asume tu cuerpo y de él renaces desde cero. Es una purga; no es divertido. Me interno en la selva y cruzo el río Mayo y la quebrada me sala también las manos. El tejido del mundo detrás de todas las palabras.

Y el maestro no habla y yo hablo demasiado.

Le pregunto: ¿y qué como?

Arrocito mingado.

Le pregunto: ¿y nada más?

Plátano verde sancochado. Sin sal.

¿Y qué llevo?

Agua. Que no te dé el sol.

¿Y té, y mosquitera, y tabaco?

Mejor que no veas un velorio ni un muerto estos días.

Vuelvo a casa. La carretera atravesando las colinas fértiles.

Y por la noche: el ciempiés, las hormigas de la fiebre.

Enciendo un mapacho en la habitación antes de dormir y se me llenan los ojos de humo. Exhalo las palabras; el tabaco tiene el poder de comunicarse entre mundos. Recuerdo el aprendizaje más importante de todos: la intención cuenta más que los resultados en todo acto que llevamos a cabo.

Por eso:

De diez a siete el sueño.

De siete a diez el café aguado en el fogón de la casa de familia. Besar a Alexandra Nicole en las manos y en los pies. Antonia y su piel de pergamino y la niñez a la que vuelve todos los días (“cuando era señorita yo reía”). Guillermina y la tristeza. Rubén y la sonrisa (algunas parejas se complementan en los contrarios). Marcelino: allima punchaw (él siempre me habla en quechua).

De diez a una el sol. Cuando siento la irrealidad por la pesadez del agua en la atmósfera la sobrina dice: es el aire. Y no le da importancia a mis mareos.

De tres a siete la casa en medio de la selva oscura. L me habla de la cosmovisión amazónica: el curandero, la chacra, el monte, el agua, la muerte.

De siete a diez el camino a solas. El tiempo de bajar a tierra las palabras y los días.

Cuando los caminos comienzan nunca vemos el final. Pero la retrospectiva es siempre sabia y nos permite encontrarnos con los primeros pasos en los sueños. En mi segundo día de viaje, hace ya un año y en la capitalina Bogotá, V y K hablaron del yagé por primera vez y A y yo escuchamos atentas su relato frente a un plato de chigüiro. Los encuentros con los viajeros astrales en Ibarra nos cambiarían de nivel, como en una escalera: sentí mi cuerpo un poco más arriba o más ligero después de los sahumerios y el trago desconocido. Después, la noche de la muerte en el Cotopaxi (la muerte o la despedida de la muerte) cuando vomitamos todo el dolor por los trece años de ausencia. En Bolivia tomé san pedro frente al altar de colores y la selva dijo: ahora eres una conmigo. Y así es. Con esta selva también soy una. No le temo a los espíritus pero sí a la noche. Por eso los caminos, cuando comienzan, parecen llenos de curvas pero lo cierto es que siempre acaban encontrándose los principios y los finales. El recorrido es adentro de la circunferencia y no más allá.

Y lo que hay afuera de la circunferencia y que aún no conozco lo descubriremos en las noches por venir.

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