Los susurros (III). Buenos Aires

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Hemos encontrado el espacio donde los términos de la intimidad se subvierten.

Los susurros.

En ese lugar de entre medias (entre la voz y el aliento, entre el oído y la calle, entre tú y yo) susurrador y susurrado establecen un pacto tácito de cercanía que se llama poema. La intimidad a la que sólo jugamos con aquellos con los que nos damos abrazos o nos tomamos de la mano es llevada a las casas de los extranjeros y entre dos desconocidos se produce un encuentro. La voz ya no es el instrumento para decir algo: es el razón última de que todo lo que tiene que ocurrir ocurra.

Brian me dijo: ¿puedo abrazarte? Y sentimos los brazos tan cerca en medio de un patio enorme en Floresta.

Porque la voz tiene matices.

Y después del susurro no puedo negar que existo en otros planos de conciencia que no me pertenecen y en las cabezas de otros. Y eso, o esa, o el todo: también soy yo.

(Respiro.)

Aunque ni yo misma sé muy bien cómo me llamo. En el colegio, mis amigos se inventaban mi nombre: de Marina pasé a ser Mari, Marica, Mar, Dino. Además nunca supieron demasiado bien en qué orden iban mis apellidos. Después yo me bauticé en un acto extremo de separación del ombligo umbilical. Ahora en los periódicos me llaman Mariana. Y el libro lo firma alguien que se llama Marika. Supongo que no son hechos aislados. Pero me imagino los nombres de otros y entonces todo parece tener sentido. Esa misma intimidad de entre dos que se alcanza con el susurro o con el abrazo es la relación que existe entre los personajes que somos. El caleidoscopio que gira y crea figuras que uno mismo no ve de sí. He encontrado el nombre de él en un libro de Borges. Después, los vídeos, los mapas, Chechenia. La nostalgia se llama Chechenia, de eso no tengo duda, y hay mujeres que danzan en la estepa amarilla. El nombre fingido es su nombre de la ventana hacia afuera: el nombre real es el que oculta las miradas en el espejo, el que conoce el tacto de la libreta negra donde apunta sonidos, en el que se siente cuerpo cuando recuerda el gesto de la madre o entiende las raíces de los árboles. Es el hombre a oscuras en una pieza en Hanoi o en Ica. Ése es el nombre que no es suyo, como todas esas cosas que no son suyas porque solo son.

Los acertijos y los nombres son algo que me interesa enormemente.

Tengo tantos que solo tal vez no tengo ninguno.

La lluvia y la música se han detenido en el mismo y preciso instante de tiempo.

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Todas las fotos fueron tomadas por Giuliana Santoli en la FLIA de Buenos Aires. Podéis leer lo que escribe aquí. Las susurradoras se llaman Magali Vidoz y Sol Iametti. A ellas ya la conocéis.

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