Luz baobá

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Yo soy mis personajes y su mundo. François Mauriac

Hay deseos que sólo se satisfacen con la imaginación.

Sudamérica en los pies significa África en la imaginación. Estar presente no es sencillo: algunos días la mente quiere volar y escapar de las cuatro paredes que encierran la montañosa ciudad de La Paz —altiplano nevado como un dibujo de cielo las aristas negras—y enfocar la mirada…en la nada. En el horizonte en líneas curvas. Y esa sensación de que no hay latitudes y que los kilómetros de tierra pueden estar vacíos sólo la he tenido en Marruecos.  Entonces, allí regreso. Y no me culpo por estar viviendo un continente afuera y otro adentro. Las ciudades y las miradas duplicadas siempre fueron lo mío.

Hay nombres en la cartografía del deseo que son como tótems. Atlántico es uno. Sáhara. Sidi Kaouki, los pueblos blancos y las cúpulas verde menta. Essaouira y Errachidia y las pupilas que sólo intuyen el color de la arena —no existen otros, salvo el del cielo. Abro libros: Paul Bowles viene conmigo. A todas las ciudades que aún no existen —no hubo pies recorriéndolas, no hubo esquinas tranquilas— les regalo un adjetivo, un gesto o una canción. A Casablanca no quiero ir en este viaje por el ruido de los motores pero visitaré Chefchaouen: será un pueblo de alféizares llenos de flores. En Meknes pastorearemos las cabras y nos cubriremos la cabeza y las manos llegando a las orillas del río Draa: hay demasiados soles ahí arriba. No encontraremos escorpiones entre las dunas como la última vez en el desierto pero sabremos que están bajo la arena refugiándose de sombra.

Pero aún no me he presentado: me llamo Maitena Caimán y soy la chica que viaja cuando los pies han quedado enterrados en la roca viva al otro lado del mundo. No sé si estás pensando en hacer una escapada pero yo te invito a venir conmigo. Ponle un nombre a tu personaje y regálale una mochila liviana y un cuaderno de notas. Empieza nuestro viaje.

Te enseño el Gran Atlas. Has encontrado el poste de luz donde la última vez enterramos una carta de amor a la Tierra. Le decíamos que si juntáramos cada una de las gaviotas de las costas atlánticas podríamos cruzar el océano a pleno vuelo y lo hicimos. Esta vez enterraremos junto a la carta un bastón de nogal viejo y nuestros dientes de leche y sin palabras haremos saber a las raíces que ya no vivimos pasados ni futuros. Mientras atravesamos la cordillera se hará de noche y —como si la magia— tardaremos una hora en encontrar un tambor junto a un pozo. Sonaremos nosotros como cajas chinas.

El sol se levanta en el Toubkal. Tendremos que decirle a la montaña que preferimos las llanuras vírgenes y lo haremos con ofrendas rituales: una piel de oso polar y una madreselva en flor. Nos dejará marchar. Vendrán los ibis eremitas a rescatarnos cuando nos hayamos perdido: son pájaros prehistóricos y nos contarán historias sin fuego. Plantaremos semillas en las dunas y crecerán piedras. A lo lejos aparece un arco azul y una luz baobá. Son reclamos para los djinns del desierto negro. Un dátil cae del árbol y nos agachamos y al mirarlo le nacen pestañas. Nos lo llevamos para que desde los bolsillos nos recite versos tristes. Ha perdido a sus hermanos.

Hay una frontera que no podremos cruzar por tierra así que nos diluimos en agua subterránea. Un hombre boca abajo nos pregunta por la luna nueva y como no la hemos traído volvemos al otro lado y deshacemos nuestros pasos. El cordero susurra al fuego los ingredientes de la cena: lo miramos y está tierno. Hemos llegado a la ciudad de los reyes imazighen y las costumbres no toleran los pies descalzos así que los enterramos en la tierra. Se oye un rumor de caballos. Tú y yo nos cogemos la mano y nos apretamos fuerte. Si cerramos los ojos desaparecemos y a la altura de un minarete dorado nos dejamos caer. Le pedimos a dios la radiografía de un cuerpo desnudo y nos la entrega envuelta en papel madera. Con él haremos una hoguera esta noche y prenderemos estrellas.

En un libro leímos que los viajes terminan así que suprimimos los días lunes para no tener que regresar a casa esta semana. Es mejor si nos metemos las hojas del olivo en la boca y nos llevamos a la cama el sabor de los países inventados.

Vimos cómo se apagan los soles.

Así que abre los ojos.

Hemos vuelto a casa.


Este texto forma parte de una serie de relatos en blanco. Cada uno de ellos nace de una frase —al azar o que llegó en el momento correcto— que actúa como catalizador y que, sumándole cierta escritura automática, materializa la ficción. De esta manera supero el bloqueo ante la página en blanco, juego con las imágenes de mi inconsciente y me doy una excusa para la escritura.

Comencé esta serie en 2013 con los siguientes relatos:

 El deseo

 Las horas


También jugamos a inventar mundos posibles en nuestro taller de escritura Norte de Papel.


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