Mi mejor amigo Yus. Penang

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Bigotillo asiático: tres pelos desaliñados. Se parece a Adam en Girls y lleva una chaqueta con su nombre bordado. Cuando se presenta, él siempre lo repite dos veces: Yus-Yus. En el bahasa malayu hay una regla que consiste en construir el plural nombrado dos veces la misma cosa. Debe ser que Yus es dos veces Yus y me lo creo. El oficial: manso, tranquilo. Le gustaría saber cuántas horas tarda un avión en recorrer el espacio entre Barcelona y KL (Kuala Lumpur) y durante su descanso en la oficina donde recauda impuestos siempre toma Horlix en un puesto en Little india. Sus amigos son chinos, malayos musulmanes e indios por igual. En las clases trabajadoras la diferencia de razas siempre importó menos. Yus me pregunta que por qué sé inglés, qué hago allí, si me gusta el té chai por el que he pagado solamente un ringgit. Me invita a llevarme al puerto en su moto y le sigo: ¿qué importa? Por el camino, señala cada casa tradicional china restaurada o a punto de derrumbarse y me obliga a hacerle fotos. Soy “su turista” de hoy por la mañana y me cuida como anfitrión.

Yus número 2: el oculto, el mental, el salido. Durante el camino, reposa su mano sobre mi rodilla y encuentra mi reproche en su retrovisor. Cuando nos bajamos y nos hacemos fotos juntos, apoya sutil su mano cerca de mi pecho, en mi cintura, me soba. ¡Mi mejor amigo Yus! Le regaño en español, medio sonriente, medio enfadada quítame la mano de encima, Yus, no seas guarro. La baja un poco y sonreímos para la foto. La historia se vuelve a repetir y yo le nombro continuamente a su mujer y sus tres hijas. Que si los domingos los pasa con ellas o qué, que cuánto lleva casado, esas cosas, buscando incentivar su culpa pero no funciona.

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Aquel fue el día de la Gran Líbido. En Little India, en la tienda de los aretes de oro con cuentitas, el tendero me soba. En el café con los señores mayores que toman té chai, me soban. Conozco a Dahiel, un elemento discordante bajo el sol obtuso de Penang –alto, negro, imponente, tanzano- y me lanza besos a través del cristal del autobús. No sé si sentirme tribuena o intimidada. No sé.

Contar anécdotas así (los masturbadores de Vietnam, que son muchos, quizá por algo ocioso en el ambiente; el motorista que prefería dejar conducir a una loca kamikaze como yo a cambio de poder rozarse contra mí y que casi se queda sin vehículo del cabreo que pillé, etc, etc) siempre parece que deja en un lugar sucio a las mujeres y obsceno a los hombres.  Esas son las cosas que en los blogs no se cuentan, porque vaya vida-maravillosa-y-viajera tenemos todos los que escribimos de vez en cuando un post y se acabó, pero en realidad son las cosas que pasan. Estos últimos días me he dedicado a rastrear el universo digital en busca de blogs que cuenten historias, personajes, en busca de periodismo o literatura o las dos cosas quizá, y qué batacazo me he pegado. No: ni India es un paraíso, ni Venecia es un rincón secreto en Europa. Pero, ¿por qué seguimos repitiendo la misma mierda que las agencias de viaje los bloggers-escritores-pseudoperiodistasllámaloX?

Este post, desde luego, no tenía intención de decir todo esto. Es más, Penang es una joya maravillosa en medio del Mar de Andamán, ah, y el agua pica porque hay bichos o plancton o unos cosos llamados obo-obo que te mordisquean la epidermis como la sarna. Ah, y el tráfico está jodidamente loco. Ah, y el zumo de mango es espectacular pero los noodles callejeros no están tan buenos. Ah, y nos emborrachamos con unos guiris y un chino-malayo después intentó meterme boca. Ah, y no, no vi putitas en la Love Lane, qué pena con lo que me gustan a mí los escenarios así un poco mórbidos, ah, y todos esos hombres que quisieron alegrarse la imaginación sobándome un ratito, además me contaron cosas que me hicieron entender un poco más su vida y su ciudad, pero eso no os lo voy a contar, hoy solo lo malo, hoy solo reivindicar más historias y menos adjetivos, porque este basurero infame que es internet lo estamos desbordando de playas de aguas turquesas y joyas de la corona, y me aburro soberanamente de que ya no quede gente con dos bien puestos que cuente las cosas que hay que contar.

Bendita libertad de expresión bien pagada (el precio de un hosting lo vale).

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