Misterio en El Nido

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(Atención: puede contener trazas de ficción)

Acabábamos de llegar a  El Nido cuando una lluvia torrencial empezó a manar del cielo. Suspiramos aliviadas: habíamos logrado llegar a salvo dese Puerto Princesa por una carretera que ni siquiera era digna de llamarse así. A primera vista, El Nido parecía estar formado por una calle principal donde se hacinaba la oferta de alojamiento. En la paralela, el mar roto de olas, ahora invisible en la negritud de las Islas Filipinas, pero donde aún podían intuirse las siluetas bamboleantes de pequeñas embarcaciones amarradas en la arena.El ruido de unas cadenas nos hizo darnos cuenta de que alguien nos estaba observando: en una esquina junto al refugio un mono nos observaba con su mirada roja, agazapado en un rincón de su jaula diminuta. Tímidamente le ofrecí mi mano y me respondió sacando sus dedos de bebé entre las rejas.  Un instante después, cuando me sintió segura en sus manos, intentó apropiarse de hasta la última pulsera de mi muñeca. Olvidé el incidente y al mono aquella  noche, a lomos de una nube etílica que nos duró días.

Nos hicimos conocer, digámoslo así. Ocho chicas españolas, escandalosas, bebiendo al estilo ruso (a chupitos hasta que la botella caiga), bañándose a las tantas sin atisbos de ropa alrededor. El Nido entero sabía quiénes éramos, y nos observaban sigilosos  cuando regresábamos a casa de madrugada y, a través de la ventana semiabierta, abríamos la puerta. Cogimos la costumbre de no llevar  llave encima, ¿para qué? Si era tan fácil como colarse en nuestra propia habitación. No éramos conscientes de los ojos brillantes en la oscuridad que seguían nuestros movimientos.

Los días sucesivos fuimos conociendo gente. A bordo del barco “Arman” recorrimos los islote de alrededor y cruzamos de uno a otro a través de lenguas de arena límpidas y brillantes como el sol. Era absoluto júbilo lo que veía en los ojos de las demás. Los míos también cambiaban de color bajo los rayos dorados y echaban chispas azules. Dejábamos la preocupación en casa cada mañana: con el bikini bastaba. Pero al llegar el tercer día notamos algo extraño en la habitación. Silvia fue la primera en darse cuenta. “¿Habéis leído mi diario?”, preguntó. Nos miró con desconfianza un segundo antes de arrepentirse de preguntarlo, pero la cuestión le mareaba la mente. Al regresar, echó en falta dinero. Todas nos miramos los macutos y descubrimos que los euros habían volado de nuestras maletas por arte de magia.

Entonces empezamos a preguntarnos y a recordar: las noches etílicas, las ventanas abiertas. Todo El Nido era consciente de nuestra presencia en aquel lugar y de cómo manejábamos nuestra intimidad. Pero sin pruebas no hay delito, suele decir el brazo de la ley,  y nosotras no poseíamos más que nuestra palabra. A conciencia, registré en mi mente cada uno de los rostros conocidos en aquellos días: la mayoría habían permanecido a nuestro lado todo ese tiempo: Moscardo, el capitán. Su hijo Armando Bulla, sus amigos músicos, el chico francés y el colega filipino. No quedaba de quién sospechar. Excepto tal vez de alguien más. Alguien pequeño, que no llamara la atención colándose por la ventana (vivíamos en una Homestay, la casa estaba vigilada todo el día), alguien a quien le gustara apropiarse de lo ajeno, y que viera en la oscuridad tan bien como con la luz diurna.

¿Se dedicarán los filipinos a amaestrar pequeños simios para sisar a los turistas? Es la nueva mafia: la Cosa Nostra, pero con pelo.

Al amanecer volví a encararme con el mono aquél. Desde su jaula me estudiaba divertido. Esta vez no quiso coger mi mano cuando se la tendí al despedirme. Pero su sonrisa malévola y sus colmillos afilados brillaban con un triunfo extraordinario.

 el sospechoso

una playa maravillosa

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