Nostalgia. Barcelona.

Barcelona modernista

La espiral de la modernidad en vez de producirme la emoción de la montaña rusa, al revés: me aletarga y me sume en una tristeza que no puedo explicar, la de que cualquier tiempo pasado fue mejor, tal vez, o la de que el hombre parece cada vez menos hombre, de tanto que las máquinas funcionan por nosotros. Todo ha venido desencadenado por una situación al parecer casual: el sistema de préstamos de la biblioteca estaba roto, y el bibliotecario, con la seguridad de poseer una verdad empírica y tangible, me ha dicho que era imposible que me llevara ese ejemplar de Tristes trópicos conmigo. ¿Dónde quedaron los ficheros de papel y cartón, donde escribíamos a boli las referencias y títulos? ¿Dónde se esconde la voluntad de ser, ahora que hemos delegado en las máquinas todas las funciones que nos hacían propiamente humanos?

Al salir de la biblioteca, el cielo que rezumaba sol y alegría se ha oscurecido y me ha parecido el presagio de la guerra que la máquina y el hombre están a punto de librar. La oposición hombre-máquina es muy antigua y hadado lugar a numerosas leyendas y cuentos. ¿Quién no recuerda el cuerpo de madera de Pinocho, capaz de sentir y ser? Y lo más difícil de aceptar es que, si el desarrollo sigue su curso a la velocidad de hoy en día, puede que dentro de poco no seamos nosotros quienes controlemos las máquinas, sino ellas a nosotras, porque en el traspaso de funciones del ser humano al ser artificial, el hombre va perdiendo gramo a gramo su voluntad. La sensación que me produce todo esto es  que cada vez somos más esclavos de los sistemas y los cortocircuitos, aunque hipotéticamente hagan nuestra vida más fácil (o  menos auténtica, según como se mire).

He  vuelto paseando a casa, dejándome perder por las aceras. Si algo tiene de particular el Eixample de Barcelona es que la población es bastante mayor. Por todas partes veía parejitas de ancianos y ancianas con sus bolsas de la compra, hablando entre ellos, totalmente aislados de la ansiedad que la informática y la tecnología de última generación produce en los más jóvenes. Me he sentido uno de ellos, lo confieso, una de esas nostálgicas de peno canoso que todavía recuerdan las cabinas telefónicas en un arranque de romanticismo, de las que todavía envía postales de vez en cuando y quiere renegar del email pero no puede, y de las que arregla cosas con sus manos, las recicla y reconstruye en vez de ir a Ikea un par de horas y montarse una casa tan simétrica como la de billones de personas en el planeta, porque, como en Asia, en África y en los pueblos de interior, las cosas están hechas para ser reparadas y para tener más usos que la simple decoración de espacios sin vida.

Recuerdo los días en los que esperábamos con ansia y emoción al cartero en la puerta y que cuando quedábamos, incluso con una semana de adelanto, la cita se mantenía, sin tener que recordárnoslo unos a otros. Me viene a la cabeza cuando hacer una fotografía requería su tiempo, porque las tomas eran limitadas y podían pasar semanas hasta que las viéramos impresas en papel. Todavía sonrío al pensar en los grandísimos libros de reservas de los hoteles, siempre amarillentos, que ya han sido desterrados de las recepciones  y han perdido su significado.

Por eso en Barcelona a veces siento el tiempo en regresión. Los domingos las calles parecen paralizadas, la gente pasea en vez de conducir, y los edificios del siglo XIX todavía relucen, atemporales, como si la pátina del tiempo no hubiera encontrado donde asentarse. El ascensor de nuestra  casa es de 1929 y no tiene nada que envidiarle a los cubículos de metal y vidrio de los de hoy en día, y subir los cuatro e interminables pisos se siente como haber caído en una burbuja del pasado. Los carteles modernistas aún cuelgan de las paredes, anunciando todo tipo de cosas que ya no existen. Vivir Barcelona es un poco como perderse en la historia y en el tiempo, y nunca se sabe muy bien dónde nos encontramos exactamente.

Toda la nostalgia me sobreviene un momento y al siguiente enciendo el ordenador y escribo estas líneas. Cómo conciliar dos mundos es mi misterio más difícil.

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6 Comments

  • Ah, esos ascensores de antaño, ¿a quién no enamoran? Con sus rejas de hierro y sus torpes saltos en cada parada. Pero seguirán ahí siempre, para recordarnos que hubo otros tiempos igual de buenos que los de ahora. Lo mejor, en mi opinión, es precisamente eso, no perder esa mezcla maravillosa entre lo humano y la máquina. Algunas ciudades de Japón son un gran ejemplo de ello, donde futuro y pasado van cogidos de la mano como un par de enamorados. No hay nada más bonito e inolvidable que poder disfrutar de ambos.

    • Aiiiii es que soy una nostálgica! A mí con que algunas de estas reliquias permanezcan vivas, me dejan contenta! Te invito a dar un paseo en nuestro ascensor cuando quieras, te aseguro que es una máquina del tiempo!
      Y con muchas ganas de ir a Japón a ver esa simbiosis maravillosa. No puedo ni siquiera imaginármela.
      Un besito :)
      M.

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