Notas de un viaje. Malaysia (II)

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SIETE

Velu, el taxista que se ha ofrecido a mostrarnos alojamientos en Tanah Rata, inicia la ascensión por la mañana. Estamos en las Cameron Highlands. D y yo, cagadas de miedo. Para rebajar la tensión, hablamos de su país.

–       Velu, y si yo quisiera venir aquí a Malaysia a trabajar, ¿podría? He visto carteles con puestos vacantes por toda la ciudad.

–       Tendrías que casarte con un malayo-responde

–       Pero, ¿y si no me quiero casar? ¿Podría ser, por ejemplo, periodista?

Velu chasquea la lengua. No, periodista no, claro que no. Solo los hombres. Además aquí no se pueden decir las cosas claras. En India sí que se puede.

–       ¿Naciste en India tú, Velu?

–       Mis padres, yo no. Yo soy de Tanah Rata.

–       Pero, ¿y si quisiera ser camarera?

–       Entonces, podrías.

–       ¿Y profesora?

–       De inglés solo. El francés, el español…no nos interesa.

OCHO

Entre el aeropuerto y la estación de autobús junto a Chinatown se suceden, uno tras otros, los anuncios de neveras, de coches, de neumáticos. Compra, compra, compra, parecen decirle al conductor. Compra. Malaysia será tigre pronto, porque está invirtiendo en tecnología y educación y hay mucho, pero que mucho dinero dispuesto a gastarse a espuertas.

NUEVE

Tanah Rata. El autobús nos deja al borde del camino. Por el asfalto, nos internamos en la montaña. Desde 1926 se han estado plantando tés de diversos tipos, azuzados por el ansia colonialista inglés de convertir cualquier lugar en un trocito del estado patrio. Parecen los arrozales de Sapa, pero en colores oscuros. Los tés se alinean y parecen toboganes de algún juego noventero de Mario Bros. A veces nos encontramos con los porteadores al pie de la carretera. Descansan fumando un cigarrito, sentados bajo las carpas y soltando las enormes alforjas en las que vierten las hojas de té recién talladas. Nos paramos a charlar con ellos: son de Bangladesh, las ratas del continente asiático, que incluso en el Sudeste consiguen los trabajos más duros. Bangladesh: enorme fábrica de mano de obra barata, mundial y sobreexplotada.

DIEZ

Presumimos que algunos de los parajes más bellos de la Tierra son naturales, intocados por mano humana. Me sorprendo dándome cuenta de que tanto los arrozales norvietnamitas como las plantaciones de té de Boh son construcciones humanas, simples campos de cultivos con formas geométricas titánicas.

ONCE

Ni mail ni teléfono ni comunicación con el mundo real. Soy todo ojos.

DOCE

Nos levantan un par de chicos indios en la carretera y nos llevan de vuelta a la ciudad. Les pregunto por los chinos y los malayos musulmanes. En general, Malaysia está formada por tres grupos étnicos enormes y quiero saber cómo viven. Después de lo que vi en Macedonia, de cómo podían tratarse unos a otros solo por una cuestión religiosa, me espero cualquier reacción. El indio dice: “nosotros no nos mezclamos. A nosotros nos gusta la cerveza, ¿y a vosotras, chicas?”

TRECE

Tanah Rata es una ciudad pequeña y fea. Estridente, diría, casi kitsch. Hay una pareja francesa y rastafari con dos bebés. ¿Cómo serán esos niños de mayores? ¡Lo habrán visto todo! ¡Sabrán palabras de todos los idiomas! ¿Y los prejuicios? ¿Y cuando tengan que detenerse en algún lugar, volver al redil de lo social, cómo van a comportarse si no saben lo que significan las reglas de afuera? Bravo por los jipilongos. Bravo.

CATORCE

A mí me gusta cómo sucede con él. Somos dos círculos enteros. Su vida, su vida; mi vida, mi vida. Sí, dos círculos enteros y completos que se encuentran cuando coinciden las tangentes.

QUINCE

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Estas notas tienen una primera parte.

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