Notas de un viaje. Malaysia (I)

penang

UNO

Las azafatas de Emirates, pequeñas muñecas siempre sonrientes. Todas con espesos moños de institutriz inglesa sobre la nuca y amplias gomas de tela adornándolos. Todas vestidas iguales, uniformadas como soldados, con los labios y las raya de los ojos explícitamente iguales, colores aburdeados y de ocres desérticos, recato musulmán y velo blanco sobre los hombros. Al mismo tiempo, no hay match semántico entre ellas. Japonesa seguida por jordana, después la sueca, después una española. Una mezcla babilónica, cómo no. Dice el piloto, en un inglés de Australia, al despegar: “Nos enorgullecemos de informarles de que nuestra tripulación habla más de veinte idiomas”. Una de ellas es indonesia; lo sé por su rostro chato de bailarina de kecak. Sonríe al hablarle a los pasajeros y cuando el interlocutor no mira, su cara deviene tristeza absoluta. El cielo es espantosamente bello, como un incendio en medio del mar.

DOS

Creo haber banalizado el viaje. Tanto bombo, tanto estudiarlo leerlo escribirlo dibujarlo pensarlo hablarlo le ha restado su capacidad de asombro. No me gusta. Quiero lo auténtico otra vez, como en todas esas primeras veces lúcidas. Como poco, soy un salmón en contra de la corriente.

TRES

Mierda, tanto tiempo en Barcelona me ha aburguesado. Acabo de imaginarme como una se esas personas que cogen taxis al llegar a una ciudad desconocida.

CUATRO

Dubai de noche y desde el aire: cuentas de collares de oro rectilíneas, levantadas con regla y cartabón (¿qué impedimento podría ponerle el desierto a tanta luz?).

CINCO

En el aeropuerto recupero una emoción santificada. La gran mole capitalista acoge a miles de personas esperando una conexión aérea. En sus relojes, la más variopinta variedad de husos horarios. En el mío, las once de la noche. Unos desayunan, otros se toman una cerveza fría. He fumado en la sala del cáncer y he sentido la muerte sobrevolándonos, hacinados entre el humo. Esta pequeña ciudad propiedad de Emirates, construida a la escala del dólar.

SEIS

Ah, sí, se me olvidaba decirlo: viajo porque nada más me gusta tanto como que el futuro sea una circunstancia incierta.

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