Pájaro. Portugal

zambujeira do mar

Diario de Portugal, otoño de 2015

Las mujeres protuguesas tienen un aura de tristeza que les rebosa el cuerpo. Carreteras secundarias. El océano aparece detrás de todo, al borde del acantilado. La certidumbre: yo ya he estado aquí.
Las mujeres portuguesas caminan perseguidas por una languidez extrema, como una sombra. Sueño: el tsunami crece y, a punto de tragarnos, busco refugio bajo los suelos de las casas. Sé que puedo despertar y despierto. Yo ya he estado aquí. El océano hizo de la vida, la muerte.
La madre portuguesa que arrastra toda la tristeza del mundo sonríe tímidamente: es de la frontera entre la tierra y el agua. Tiene los ojos inundados de pena y es una pena idiosincrásica, como la saudade. Llorar a borde de Atlántico siempre duele con furia. Una y otra vez llegamos a los lugares que ya conocemos. Afuera el azul pero adentro: luz y mandalas rojos.

Algunas veces entiendo la vida desde atrás de todo. El sentido está en el medio y no en el fin. Puedo escribir cien páginas que nadie nunca vaya a leer. Puedo, incluso, quemarlas, porque lo que importa que es han sido escritas: el recuerdo de mi mano sobre el papel, el mundo reconstruyéndose a través de una mirada —aunque se pierda. Por ejemplo: en Portugal las carreteras secundarias que atraviesas las riberas de los ríos verdes. De repente un pedazo de océano, otro pedazo de cielo, la roca: por eso todo lo no especial se siente especial. Portugal no necesita el exotismo de los templos de oro ni el caos de Caracas para ser.  No necesita llamar la atención. Los bosques son de árboles chatos, unicolor, el mar muy al fondo una fina línea azul difuminada y no necesita ser especial para serlo, ser cálido para serlo. Ya tiene los nombres: Loulé-Sul dicen la calidez por sí solos.

Carla me dice: “eres un pájaro” y le digo que sí, que durante el vuelo se puede ser al mismo tiempo mar y cielo.

Este océano convive con la silueta de la tierra y es curioso: el horizonte nunca será una línea recta en las fotos, porque el mar está arriba y la tierra abajo y es curva y voluptuosa como un vientre. En los acantilados, me cuenta Ga, crece una especia invasora, una planta que vino de Sudáfrica y ha destruido la flora de la región. Se nos mezcla el cine y los detalles de dos vidas con las flores amarillas que crecen sobre los promontorios de roca. Toda la costa está dibujada en forma de serpiente. Algunas olas alcanzan los dos metros: una línea recta y perfecta de agua que avanza hacia la tierra. Estos acantilados han visto romperse las olas un día tras otro durante miles de años y nada ha cambiado para ellos.

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Lo primero que hace Ga es prender el fuego de casa silenciosa y después envuelve con un paño la hogaza de pan con la ternura de una madre: hay personas que tienen una capacidad innata para las caricias. Después caminamos una playa escondida y desde las rocas miramos las gaviotas que huyen del agua. Zambujeira do Mar. Hay una línea pasiva de belleza que se encuentra en cada pueblo: las casas blancas, cierto declive en los muros que los hace parecer angostos aunque sean de luz, placitas tan pequeñas y sin forma de plaza, todas ingeométricas y los árboles y el río con su puente rojo cruzándolo y las historias de amor de cuando éramos niñas y el chocolate hecho a mano. ¿Los lugares son porque nosotros somos o es lo contrario? Solo en la naturaleza comprendo la sencillez de la vida. En la ciudad pierdo las referencias. Entiendo, a veces, que se trata de llegar más profundo y no más lejos. Miro adentro de los agujeros que hacen los perros en la arena: ¿a dónde llevan?

También he mirado por ti el mundo.
Una luz: ya que estoy al borde de Atlántico, podría cruzarlo.

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Palabras que robarle al portugués: galão, livro, queijo, pão, salmão, lula grelhado, moleira, delícias. Pido la carta en los restaurantes solo para alimentarme de sonidos sísmicos.

La infertilidad también es un estado creativo. Como la falta de música, de apetito, de sexo. Todo se equilibra al mismo tiempo. El deseo y la palabra está firmemente unidos a la caligrafía, las epifanías y los saltos de agua. Las fuentes se llenan solo una vez al año y son los deshielos geopoéticos los que nos manejan los rumbos.

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Para vivir en Portugal hay que aprender sobre la complejidad de los silencios. Decir cosas sin hablar, decir con signos mudos es un arte, el mismo que mantener la tristeza siempre en primer plano sin permitirle hundirnos. De algún modo mi cuerpo, mis gestos, mi voz, mi risa, siempre están de más. Todavía tengo que volatilizarme un poco más para pasar desapercibida. Aún soy terráquea y los portugueses se relacionan solo en lo etéreo.

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Mi materia, mi arcilla es la vida, y la palabra es el torno o las manos, o las dos cosas, porque a veces las tomo con rapidez o con paciencia, pero nunca del mismo modo.
Ga me lleva a recoger las espinacas para el almuerzo. Las dos hemos deseado ser otras antes de comprender lo importante que es ser solamente quienes somos. Nos parecemos en que nunca hemos pertenecido a ningún lugar: nos apresuramos en abandonar la tierra donde están nuestras raíces y ahora volvemos. A G le asusta meterse en un río marrón igual que a mí me aterra el océano: no sabemos cómo manejar una incertidumbre tan sencilla —aunque no lo sea— como la vida submarina. A Ga le asustan los perros ajenos; a mí la velocidad en las curvas. A las dos sentir que no tenemos la vida bien agarrada entre las manos. Somos lo permeable bajo la tormenta. También somos lo perecedero y por eso, aunque sea solo hoy, nos aferramos a la vida.

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Hay algo obsceno en volver a los lugares donde se ha amado fuerte. Cada vez que se visita una ciudad se construye de nuevo su imagen sobre las ruinas de lo que dejamos atrás las otras veces. Pero no hay destrucción en ello.  Los recuerdos se hacen reales y la ciudad se convierte en una pantalla de cine sobre la que pasamos una y otra vez la misma película: él y yo, después de que un avión explotara, llegamos en tren a la estación de Santa Apolonia. Escapamos por primera vez juntos de nuestro Madrid cómplice y quisimos en las plazas. Veo el Tajo que muere enorme y me parece que todo aquello lo vivió otra persona y no yo.

Pero Lisboa. El Chiado que apenas viví hoy se hace real. Las calles de azulejo y tiempo de más, el cielo azul diciembre. Por el Barrio Alto los cafetines se llenan a mediodía y las chicas juegan a sus oráculos de origami:
—Dime un número—dice una. Tiene un comecocos entre las manos.
—No te quiere.
Y ríen.

En lo pequeño se encuentra lo extraordinario- En los turbantes de los pakistaníes que hace seis, ocho años no poblaban esta ciudad ni el Alentejo. En la esquina donde creció un bosque-enredadera. En las paredes de azulejo como calcamonías: el juego de hoy es encontrra fachadas exactas por el Barrio Alto. Chiado se pronuncia “Shiado” y suena incluso más bello. Llego al mirador. “Hachís”, me ofrecen. Sigo: “obrigada”. El puente sobre el Tajo desdibujándose en el atardecer —esa capacidad de la luz de hacer desaparecer los objetos entre la bruma. En lugar de fotografiar el sol le tomo ionstantánea a los pararrayos. Miro a los hombres a los ojos. Los extraño.

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El español es mi lengua de corazón, me dice Ga.

Esta ciudad también habla una lengua que yo entiendo y no es el portugués de eses como bailes ni mi español invasivo. Es un idioma que no conoce una frontera y dice quinua y camomila y nómada y lost, y não y então y todas las gastronomías de un menú de restaurante. Mi español invasivo: cuánto cuesta cómo se va me quieres. Dessassosego en una pared cerca de las vías de un tren.

Ga me explica que en portugués no existe el te quiero. O se gosta o se ama. En lengua quechua los hombres son tan tímidos que no se lo dicen más que a sus enamoradas: “munayki”

Pessoa: “el arte solo puede ser emoción”. Esta mañana salgo a pasear el camino de Belavista. Mini y Ceca me adelantan, me muestran los senderos alternativos y respiran hondo en la naturaleza. Quería despedirme de los pinheiros, las flores-campana, el burro Jacinto y saludar al sol húmedo que despierta de a poco en todo lo que existe. Pessoa también dice: “el universo soy yo”.

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El último camarero en el café: boa noite. Me lo dice con los ojos de lima y tengo la sensación de que dos desconocidos podrían abrazarse, solamente, y sentirse menos solos.

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Si quieres concocer el fuego, la hogaza de pan, a Jacinto el burro, los perritos Mini y Ceca y el camino de Belavista aquí la preciosa casa de Ga, Monte da Choça

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2 Comments

  • Reply April 23, 2016

    ana . meiomaio

    Muchas gracias por todo esto. No tengo palabras para las tuyas. tan bonitas.
    Y leerlo en esta mañana tardia de primavera en Oporto en un momento de mi vida que después de en casi cinco años haber entregado mi corazón a Barcelona, lo voy devolvendo poco a poco a mi país. A toda esta poesia, estas curvas, esta melancolia. Tiene todo tanto sentido.
    Obrigada. Muito obrigada. ?

    • Reply April 24, 2016

      Marina

      Muito obrigada también, preciosa!
      Sé que es un placer redescubrir tu mundo con las palabras de otros. Espero que puedas usar tus ojos y tus sentidos como si fuera la primera vez que conoces tu país y verlo desde afuera con toda su no-extravagancia, su belleza suave.
      Un abrazo grande!

      M

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