Pequeños detalles, pequeñas historias #3: El Monte Carmelo

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Me bajo en la estación de El Coll i la Teixerada, donde había quedado encontrarme con Ivan, uno de esos amigos viajeros que volvemos a encontrarnos por obra del destino, y también por suerte. Va a enseñarme la entrada menos transitada del Parc Güell, y ya de paso, la ciudad desde las altitudes del Monte Carmelo. El camino, lleno de cuestas y curvas, transita a través del antiguo barrio de inmigrantes y barracas en el que nacieron los hoy xarnegos de Barcelona, hijos de los inmigrados a la Ciudad Condal a finales de los sesenta. Lo mejor de visitar el barrio con Iván, es que lo conoce como su casa. Me enseña, desde lejos, el despeñadero donde iba con sus amigos, el bar de su adolescencia, rememora la foto en blanco y negro en la que se le ve a él subido sobre una cruz en uno de los miradores del Parc Güell, me dice que al final de esa calle se encuentra en bar Delicias, que frecuentaba el “pijoaparte” en Últimas tardes con Teresa, la novela de Juan Marsé, que se ambienta en el barrio. El Carmelo es el barrio de la heroína de los ochenta, de la clase obrera al descubierto, y aunque se han buscado maneras de desenterrar el monte de entre la cenizas (no hace tanto que llegó el metro y las escaleras mecánicas para salvar algunas de las cuestas más empinadas de la zona) aún perdura ese aspecto gris de piedras rotas y paredes desconchadas, que aun pintadas de color siguen pareciendo tristes, pero no vacías, al revés: cargan con el peso de mucha vida, toda la que pueden albergar los barrios pobres y olvidados.

“Esta es la Barcelona de verdad”, me dice. Y le creo. Es la Barcelona del realismo social, de Montserrat Roig y de Marsé, la del pueblo escaldado, la Barcelona pura y que aún no se ha dejado  adornar con souvenirs y menús en inglés, a la que ningún turista (ni yo, de no ser por Ivan) puede acceder. Por eso me gusta, es una manera de llegar al fondo de las cosas, aunque desde arriba, como hormiguitas de colores, se vea a los visitantes zigzaguear por la maravilla gaudiana del Parc Güell, entre las columnas de piedra que parecen tornados, el “quebradizo” (mosaicos) ondulante, las palmeras y las flores. Él me cuenta  que el parque estaba destinado a ser una urbanización para la burguesía catalana, pero que por suerte se paralizó el proceso de construcción de viviendas, y así queda hoy un gran mirador y un laberinto de piedra caliza y pizarra por el que dejarse perder. Desde el montículo de la cruz, vemos Barcelona a nuestros pies, y el mar (nunca me acostumbraré a que tener mar allí donde vivo) se pierde en el horizonte.

Gràcies Ivan! :) ¿Próximo plan?

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