Pequeños detalles, pequeñas historias #4: Calçotada

Calçotada

Llega la temporada de calçots, ahora que empieza noviembre. Nunca había oído hablar de esta comida popular catalana hasta que llegué aquí, a Barcelona, y sin saber cómo me encuentro en el coche de mi nuevo amigo Laurence dirección Cerdanyola para degustar un plato típico de la región que a todo el mundo le encanta. Nos acompañan otros tres amigos: Roberta y Miguel, una pareja de mundo que también se enamoró un día del Poble Nou y desde entonces allí viven, y un visitante muy risueño de Denver, con las mismas ganas que yo de probar este manjar.

Los calçots, pequeñas cebollas dulces, tienen su propia historia: se cuenta que a algún campesino se le fue un día de las manos el fuego y las quemó todas. Después, en su interior descubrió que la carne del calçot se había cocinado con todo el sabor a leña de bosque, y que de un despiste había descubierto una nueva manera de cocinar estas verduras, que se comen con la mano mojándolas en una salsa a base de tomate y romero.

la carne del calçot recién pelado, en manos de Laurence

un gran ejemplo de que las apariencias engañan :)

El restaurante al que fuimos, perdido en la montaña que hace de muralla a la ciudad de Barcelona, nos dieron guantes y baberos para no mancharnos al comer, y pan payés para prepararnos unos “tumacas” caseros, que nuestro entendido Miguel preparó para todos. Después, una parrillada de carne, crema catalana, café y chupitos para todos. Podríamos haber bajado rodando de la montaña, yo ya sentía hasta mareos, ¡toda mi sangre estaba más ocupada en digerir que en llegar a mi cerebro! :)

Lo mejor de todo fue poder compartir una velada tan deliciosa con gente que no conocía y con la que, sin embargo, me sentí como si fueran colegas de siempre. Y como hablaba con Laurence mientras descendíamos la montaña:  se nota que la gente que viaja o que, al menos, quiere hacerlo, tiene una manera diferente de ver las cosas, se abre al exterior y a través de una ósmosis espiritual compartimos lo que hemos visto y los sueños que nos quedan por cumplir sin ninguna restricción de confianza. No importa dónde, ni el idioma en que hablemos, ni cuántos seamos: el viajero de corazón siempre tiene ganas de una conversación reveladora en la que por un instante sentirse cerca de otra persona, de su vida, de sus circunstancias, sin ponernos barreras a nosotros mismos. Y en Barcelona esto se convierte en tarea fácil gracias a todas las actividades de Couchsurfing que, cada semana, alegran la ciudad.

Hoy, lunes, meeting en en Teatre Neu de Gràcia. ¿Alguien se apunta? ¡Nos vemos allí!

M.

la mesa del “pecado” y buena compañía

la carretera curvilínea alberga multitud de miradores como éste

 

 

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4 Comments

  • De repente, leer eso de “la gente que viaja o que, al menos, quiere hacerlo, tiene una manera diferente de ver las cosas, se abre al exterior y a través de una ósmosis espiritual compartimos lo que hemos visto y los sueños que nos quedan por cumplir sin ninguna restricción de confianza” me hace recordar por qué mis amigos son mis amigos, y por qué muchos de ellos, cuando me mudé a Chile, son de CouchSurfing.. esas ganas irresistibles de conocer, abrirse, aprender es un lazo común que nos une a muchos y que nos hace sentir muchas veces como si fuésemos amigos desde hace mucho… con personas que acabamos de conocer.

    • Hola Nati,
      eso es exactamente lo que me pasa a mí también. Llevo poco más de un mes en Barcelona y con algunas personas que he conocido en este tiempo me siento má cerrca que con amigos de toda la vida. Será que nos une algo más que una ciudad o un tiempo, nos une una forma de vida, una manera de ver las cosas y de imaginar nuestro futuro que tiene más que ver con conocer y sentir el mundo que con apropiarse de él y comprarlo.
      Un beso grande! Nos leemos :)

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