Reflexión en la Catedral

bcn

La imagen es de la expo “Rasgos de España”. ¡Yo no dibujo tan bien!

Me gustan los sitios con multitudes, aunque a la vez una extraña ansiedad se apodere de mí. Quizá es solo por la pregunta que reverbera en mi cabeza sin parar: ¿qué hacen ellos aquí? ¿Qué buscan? Estoy ante la fachada de la Catedral de Barcelona y un millar de turistas pasan por delante como una marea humana de lo más particular: seres de todas partes del planeta que se encuentran en un mismo lugar, todos a la vez, pero que no se comunican. A veces tengo la impresión de que el turismo destruye, o acaso destruye solo mis momentos a solas con las ciudades. Echan un vistazo rápido a la maravillosa fachada de la Catedral, pero no se detienen a observar los enormes arcos ojivales, los pináculos góticos, las caras de los santos esculpidas a imagen y semejanza de algún paisano de la época, o de lo que los talladores veían en los Libros de Horas que los monjes dibujaban. No estudian sus arbotantes gigantes ni se preguntan cómo un pilar puede soportar todo el peso de la cristiandad y del ser humano durante siglos, todo el peso de la religión sobre la historia del mundo. La Catedral parece un árbol viejo de grandes raíces que se hunden hasta el magma de la Tierra, socavando los preceptos universales de armonía, de belleza, haciéndolos mediocres con su exagerada gracilidad.

La gente pasa por delante y saca la foto de rigor. No ven la Catedral más que a través de las pantallas de sus cámaras de última generación. Atienden más a la banda sonora – los pianistas callejeros, los mimos, la tentadora llamada de los mozos de los restaurantes ofreciendo todo tipo de intríngulis gastronómicos- que a la verdadera protagonista, que no se convierte más que en la excusa del paseo, de la atracción del grandísimo circo gótico de la Ciutat Vella.

Yo quería pasar dentro, sentarme en los enormes bancales de madera pulida y rezar a ese Dios mío que es la Vida y al mundo en movimiento, dar gracias al alma universal latente y que porta la conciencia individual de cada uno de nosotros, pero hay una ristra de turistas en la puerta esperando entrar. Otro monumento, otro museo más que se ha ganado Barcelona.

A veces me gustaría viajar sin cámara ni lápiz ni papel. Infringirme ese propio castigo, el de no poder expresar lo que me han sentir las grandes catedrales: un escalofrío brutal que me recorre de arriba abajo, una intimidad con lo divino, una conciencia espontánea de por qué estamos aquí.  Solo así podría saber cómo se viaja sin ser turista, cómo se viaja cuando no hay intención alguna de retratar y relatar el mundo alrededor.

Y mientras tanto llueve, o mejor chispea. Una niña chapotea con sus botitas de agua recién estrenadas en un charco girando sobre sí misma, feliz. Su padre la mira embelesado y disfrutando del sencillo acto de encontrarse  por primera vez con la lluvia. Florecen los árboles en las calles. Les nacen pequeñísimas hojitas moradas, como una puntilla que recorre una a una las ramas. Y a mis pies las palomas gorjean y les concedo el privilegio inherente de ser las verdaderas dueñas de la ciudad.

Por eso no hay fotos en esta entrada. Os invito a venir y descubrirla vosotros mismos.

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