Sencilla alegría. 6 días de retorno

ayahuasca

Durante años he cargado con una piedra enorme en mi bolsillo. Le puse un nombre para poder decirle que se fuera. Lo que más se acerca a describir lo que sentía en su presencia era “insatisfacción crónica”. Es decir: aun poseyendo todas las condiciones necesarias para ser feliz o muy feliz, seguía pensando y deseando todo lo que no tenía. No me refiero a cosas materiales, sino al hecho de que si recién llegaba a una ciudad nueva, preciosa e increíble para descubrir, a la semana ya estaba pensando en encontrarme en otro lugar, caminando y viviendo cosas distintas. Fui adicta a la experiencia nueva. Lo que empezó como el afán de una chica a la que le gusta mucho descubrir y soñar con otras vidas y mundos, terminó como una soga que me recordaba continuamente que no tenía tiempo suficiente en toda una vida para ser todas las cosas que quería, para conocer y además vivir cada pueblito en cada pampa o para leer todos los libros del mundo. Fue una lucha contra el tiempo. Yo creía que partía de viaje buscando respuestas acerca de lo extranjero de la muerte, de su completa ajenidad, pero me confundía: la pregunta principal tenía que ver con cómo estaba invirtiendo mi tiempo y qué estaba haciendo mal para sentir que nunca llegaba a realizarme del todo.

Así se pasa uno la vida corriendo por la calle, comiendo deprisa, queriendo poco y mal, pensándose a sí mismo aún menos, entreteniéndose scrolleando el facebook hasta el infinito, gastando el aburrimiento comprando cosas que almacenar, solo porque el peso de todas estas cosas sobre nuestras vidas nos hace sentir más cerca de tierra, trabajando en sitios de mierda porque “es lo que hay que hacer si quieres ser alguien” y todas esas mamadas de la sociedad del capitalismo y de los padres que se compraron seis televisiones en diez años porque no sabían qué hacer con el dinero. Mucho después, cuando tu vida ya te es completamente ajena, algo te da en la cara con fuerza. Para mí fue un viaje. Para otros, qué pena, es un infarto o un cáncer. Pero no es tan fácil. No te despiertas el día después del infarto ni el día uno de un viaje y sientes que tu vida ha cambiado y es una maravilla, más bien al revés: ese día comienza el trabajo duro.

Las tareas incluyen: saberse responsable del tiempo que poseemos cada uno de nosotros y utilizarlo para crecer y hacer crecer, averiguar dónde se encuentran los límites del yo y de los otros para vivir en armonía y simbiosis, encontrar el modo en el que vivir tu vida para que tenga sentido (o más difícil aún: definir cuál es ese “sentido” del que todos hablan pero que nadie parece querer compartir con palabras claras) y, lo más importante: relativizar el ego para que deje de enturbiar nuestra mirada sobre la realidad con sus prejuicios, autoimagen y planes de futuro. Parecen palabras bonitas y nada más, pero no: esta es la base. En qué trabajas o con quién te acuestas no importa nada –no puede importar– si lo primordial no está claro.

La prueba es que estas cosas se aprenden a fuego. No vienen en los libros.

Yo las aprendí tomando ayahuasca en la selva con un maestro vegetalista de la comunidad indígena quechua-lamas. Fueron seis días al borde del río Mayo, en una casa de adobe (como aquella en la que se presentó  la tarántula como síntoma de preparación) en la que no había nadie más que nosotros cuatro y los murciélagos y el día y la noche. Seis días en los que no se come ni se bebe ni se habla, apenas se medita y después, por la noche, se toma medicina porque todos necesitamos curarnos de algo, hasta de lo que ni siquiera hemos vivido. Y la medicina te sacude. Te tumba en el suelo y te saca de tu cuerpo y te hace ver las cosas que tienes guardadas desde niño, todo lo que no hemos perdonado o las heridas que se quedaron a medio curar porque estamos quitándonos la costra día tras día. Porque no sabemos curarnos del mundo moderno: la prisa, la insatisfacción, la soberbia de quererlo todo como si tuviéramos manos enormes. La tristeza de no oír tequieros por años. De no oírnos abrazados. Y con los oídos secos de habernos cansado de escuchar a las voces de adentro. Y también te lleva a recorrer las casas de las tías en la infancia y a recordar detalles tan ínfimos y necesarios como la foto sobre la mesilla cuando éramos bebés o el color del tejado de la casita de madera donde jugaba de niña o las avispas que se escondían en las llantas y nos picaban los tobillos y los muslos. Y la voz de la mamita ayahuasca diciendo cosas que no se entienden aún, como cuando leemos el I-Ching y habla de las conquistas del rey y que guardaremos como tesoro para pensarlo durante años (y nos atrevemos por primera vez a que algo sea a largo plazo). Y el guiño de la mamita ayahuasca, y su brazo feroz y protector cuando el miedo oblicuo y terrible llega. Entonces durante esos seis días se limpia el cuerpo –se purga– por dentro y por fuera se nada en los remolinos del río y se olvidan las gafas de tres dioptrías y media en una banca de madera y no se mira afuera pero se llora mucho y se escribe mucho y se perdona mucho y todas las bombas de humo que nos hacemos para que la vida más bien nos resbale o no nos toque aparecen de pronto y nos chocamos con ellas de cara y pum.

Al suelo.

Y del suelo: la semilla y luego la raíz y luego el tallo. Nos curamos.

Y todos los filósofos del bien y el mal se equivocaron porque el bien y el mal no existen. Toda la dureza, el sufrimiento, el llanto, la orfandad y el desamparo encajan con absoluta precisión con la felicidad, la sensación de plenitud, de paz, el conocimiento del Todo, la alegría. La sencilla alegría, como pasar un día conversándole al tiempo sobre cuántos años perdidos persiguiéndonos en vez de haciendo tregua y aprovechándonos en manos unidas. Y la alegría sencilla como heridas cerradas, como regresos queridos, como inexistencia de deseos distintos del aquí y el ahora tal y como son.

Sin esperar nada.

Y otra vez: el camino está lleno de piedras y normas estrictas. El camino raspa las rodillas porque no se camina a pie sino en el cuerpo de la serpiente, la sabiduría y la madre. Pero también he visto lo que hay detrás de las estrellas y puedo contártelo sólo de esta forma: no existen las formas, las siluetas ni las figuras de las cosas. Solo el color puro, deshaciéndose en miles de tonos en movimiento constante. Eso hay detrás del universo. Las constelaciones están unidas por líneas como nos enseñan en el planetario y en los libros de ciencias. No inventamos las formas –porque no existen– sino los nombres que les damos.

Y el único camino es el amor. Tanto y tan presente que necesites decirme que parezco una niña intocada por lo corrupto del mundo.


Este texto forma parte del desafío 27 días de retorno. 

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