Sojourn. Experimento

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“Do you wanna leave soon?

No, I want enought time to be in love with everything.

And I cry because everything is so beautiful and so short.”

Marina Keegan, “Bygones”

En 1845, un joven llamado Henry David Thoreau abandona su vida en la ciudad de Concord y se establece en plena naturaleza, en un experimento vital que duró dos años y que culminó con la escritura de una obra espléndida llamada Walden. En su segundo día en la cabaña que había construido con sus propias manos, Thoreau escribió en su diario: “Yesterday I came here to live”. Vine a vivir. Cuando habla de este experimento, Thoreau utiliza el nombre “sojourn”, es decir, una estancia temporal o impermanente en un lugar, a menudo dentro de un viaje.

Este valle es mi propio sojourn. El viaje sigue.

Hace ya un tiempo que tengo que acomodar los conceptos y los términos lingüísticos a mi propio vocabulario interior. Me pasó con la palabra “viaje”: noté que se me quedaba pequeña cuando comprendí que tenía que incluir mis rutinas, mis planes a solas y mis sueños de futuro en el día a día de una vida en movimiento, que viajar no era solo estar de paso. También me ocurrió con la palabra “regreso”: me parecía que volver a la casa en el valle donde crecí me haría olvidar todas las cosas que había aprendido desde que me marché a conocer otros lugares y habitar otras casas. La última palabra en hacerme clic es “sojourn”.

Algunas veces el idioma español se me queda pequeño. O es que nuestra cultura es diferente de las otras culturas que sí inventaron una palabra para designar acontecimientos o fenómenos que a los hispanohablantes no parecen encajarnos. Una de esas palabras que me falta es sojourn, la misma que Thoreau (cuya compañía a través de sus ideas y palabras estoy aprenciando mucho en estas semanas en el silencioso valle) utilizaba para referirse a las diversas etapas vitales en las que iba probando nuevas experiencias, como vivir lejos de la modernidad de 1850 (que, parece mentira, pero era muy parecida a la nuestra), trabajar como agrimensor o fabricante de lápices, etc.

Hasta hace muy poco tiempo creía que detener la marcha o al menos ralentizarla era una traza de debilidad. Más experiencias, más rápido, más significativas, de modo que mis sentidos y mis diarios puedan estar cada vez más abotargados o llenos de sensaciones y así pensar que he vivido más. Los años han ido muy rápido. Cuando fuimos a Guatapé A y yo conocí a una bruja y esa bruja me leyó la mano y me dijo que iba a morir muy pronto en la vida. Me lo dijo después de acertar otros hechos que difícilmente hubiera podido saber mirándome a los ojos. Y le creí, para después rebelarme contra la idea de que el destino nos lleva por los caminos que quiere, y empezar a decidir sobre cada uno de mis pasos. La vida, aquello que me había parecido una línea recta donde se van subiendo escalones a medida que se consquistan sueños o escalafones sociales y cuyo objetivo era alcanzar una vejez dorada y feliz estilo anuncios televisivos, de repente ya no me parecía ni tan larga ni tan lineal.

Empecé a entender que mi forma personal e intrasferible de vivir también tenía que ver con los experimentos de Thoreau (y de tantas otras personas un poco inestables en gustos y maneras y casi siempre un poco nómadas y un poco desapegadas). Que cualquier decisión que tome hoy no es para siempre. Que ninguna de las grandes empresas odiséicas que pretenda comenzar hoy va a tomarme todo el tiempo que me resta de vida (que por otra parte es mucho, diga lo que diga la quiromancia). Que ni es incorrecto probar todas las actividades que nos apetezcan y convertirlas en un medio de expresión o supervivencia, ni es veleta, ni es inmaduro, sino todo lo contrario: salvamos la inercia del tiempo, lo llenamos de significado con nuevas ideas transversales, inventamos  lo que aún no se ha construido porque sabemos de jardinería + encuadernación + tablas de multiplicar recitadas al revés+ cómo se capitanea un barco de vela. ¡La de ideas que pueden salir de todo esto!

Muchas personas me preguntan que si no me siento rara en Madrid, en esta casa, que si no estoy pensando en viajar más (la respuesta es sí), que si “con lo que yo he sido” (un huracán) no me agobiaba con tanto silencio y tiempo libre (lo exprimo, pero ahora lo llamo tiempo de calidad). La respuesta generalizada es que me siento mejor que nunca porque en toda mi vida había parado un minuto a conocerme. 26 años viviendo en el cuerpo de una extraña, a través de una mente que muchas veces no entendía cómo funcionaba. Y, por supuesto, ni me había planteado que pudiera tener un espíritu.

Mi experimento por ahora es este valle, donde la vida es hermosa y tranquila. Me tomo el tiempo necesario para que cada día encaje dentro de sus 24 horas. He roto con las listas de tareas que solo me ayudaban a procrastinar. En vez de eso, utilizo el tiempo en salir a caminar por la mañana (olor a canela mojada, silencio y música bajita), escribir muchas páginas de fluir de conciencia sin tachaduras ni censuras (esto es magia). Pasear en bicicleta por los caminos de tierra del valle, testando el crecimiento de los morrones, las cebollas y recogiendo las nueces y almendras caídas. Persiguiendo los últimos rayos del sol (un otoño envidiable por aquí, ¿cómo es posible que no me haya dado cuenta antes?) sobre los campos de maíz tan dorados.

Seguir mi intuición en ciertas cosas siempre es irrevocable: me lleva a donde tengo que llegar. Me tuve que ir muy lejos para abrirle los ojos a este valle pero en este momento, aunque hayamos perdido sesenta minutos de luz, nada me parece tan natural como haber regresado a casa.

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