Sol frío. Lago Titicaca

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El amanecer.

Lavar jersey. Yoga en la playa escondida o al borde del lago sobre el pasto. Dar la vuelta a la pequeña península que mira al monte Illampu. Tomar té caliente. Fotografiar el pueblo. Desayunar otra vez, con todos a la mesa, mirando al lago.

En la parte norte de la isla, en la comunidad Challapampa, una habitación en las alturas. Hay tormenta: se ilumina todo el lago Titicaca cada vez que las nubes truenan. El Illampu es grandioso: el pico de la Cordillera Real que llega hasta la Tierra de Fuego. Tenemos frente a nosotros las nieves lúcidas: en el centro del monte Illampu hay un corazón. Observo la  montaña hasta que el sol se agota y queda oscurecida, casi del color del cielo y del lago. Una masa uniforme de elementos que dejan de existir conforme la luz se marcha.

Es que el Illampu es un señor apuesto sobre la ráfaga de nubes blancas.

Y de algún modo ya me he despedido de los volcanes también, de las alturas.


La noche. Aymará.

Wara wara: las estrellas

Kurmi: el arcoiris

Q’hantati: el amanecer

Yuspayara: gracias


El amanecer.

La superficie del lago. Ese azul. A través de las capas de agua se intuye un fondo muy oscuro.

Nos lavamos los dientes: el agua no está tan fría.

Dicen que hay un mundo de ruinas incas bajo el agua.

Detrás del fogón a leña vive una familia de cuis. Se los van a comer.

Qué hermosa isla para quedarse varado:

aprenderemos a tejer con totora.

cosecharemos la quinua y abrazaremos a los lechones recién nacidos que duermen en la cuesta del cerro.

Hay un bosque detrás de la casa donde viven los fantasmas y los duendes.

Iremos a visitarlos.

Una mujer se estira frente al lago. Tiene algo aurático. Algo que es sin palabras. Algo que lo cotidiano, la repetición de un hábito podría romper. Por ejemplo, lavarnos los dientes en el mismo lavabo a la intemperie. Lo rompería todo.


El atardecer.

C’est exactement que je cherchais.

Pero hay algo adentro que piensa que falta algo.

Aunque tenga un lago como un mar, café con leche, los pies adentro de un hoyo en la arena y este sol frío.

Algo puede ser alguien. Cuando digo en voz alta: “falta algo”. Y me abrazan.

Y entonces ya no falta nada.


El amanecer.

Desayuno sobre el muelle que cruje. Un chico se sienta atrás mío. Me ha sonreído pero no le he visto la cara. Solo he sentido esa sonrisa encima mío. He perdido el contacto con lo real.

Me he llenado y ahora el proceso de volver al vacío es doloroso. Pero es un dolor necesario, un dolor con sentido. No me incapacita, me abre; me dejo sentirlo profundamente.  Hoy sol de nieve y horizonte helado. Me cubro las manos, la cabeza, cada centímetro de piel con ropa. Pero no puedo esconderme adentro de la habitación si hay olas pequeñas lamiendo los postes de musgo. Porque a veces soy el lago y el lago es yo, incluso en las temperaturas gélidas del invierno.


La noche.

He transcrito un libro sin abrigos. Entendí cada significado último en cada palabra. Es una contradicción completa. Se me han agrietado los labios y la piel de las manos. Y me he aceptado así, llena de fisuras.

Dejo de emitir sonido alguno. Me adhiero ese silencio helado a la piel. Abandono el cuerpo en las horas sin luz.


El amanecer. El muelle.

Ocurren dos horas de tiempo solar sobre mi cuerpo detenido frente al lago. Silencio.

De tiempo desnudo.


La noche.

Dibujo un mapa conceptual de un cuerpo al borde de los veintiséis.

He pensado si podrían verlo los demás. Si esa entrega es honesta, es legítima.

Me convertí en una mujer en Barcelona. No fue antes. Comencé este viaje llena de heridas.

Dibujo un mapa conceptual de un cuerpo al borde de los veintiséis y surgen los adjetivos: climática, milpolar, contradictoria, creyente —de qué, ese es el misterio—; la importancia de los nombres y del Tao. El movimiento.


El día.

En la playa un hombre saca leña de un tronco tumbado.

Las mamis esperan. Recogen las astillas y las colocan con cuidado en el aguayo. Waliqi raqi, responden. Saludos.

El fuego

lo guardo yo

Tengo hermanas.

Pienso en los cruces y en los mundos que se quedan pequeños. Algunas veces ya no hay refugios: lugares aún no pensados.

El logro del desarraigo no tiene que ver con lo material. Desapego y desarraigo son para mí la misma cosa. El desarraigo es el de la casa materna, el de los novios adolescentes, el de las canciones sin materia, el de las comidas preferidas, el de las nostalgias en las que nos sumergimos hasta quedar hundidos y ahogados, el de los verbos y las declinaciones latinas, el de los aprendizajes, el de los sueños antiguos y nuevos, la autoimagen, las lecturas, las luces al final de cada túnel.

Olvidar todo eso —o separarse de todo eso. Las renuncias son demasiado grandes y también los beneficios.

Pero se requiere de una fortaleza enorme (para esconderse) (para levantarse).


La noche.

No sé aceptar mi propia libertad. Puedo elegir que cada día sea como yo deseo de forma íntegra y total.

Es la responsabilidad más grande de toda mi vida. Ya no hay a quién culpar.

Por suerte tengo una ventana que asoma a un parterre de flores (duermen).


El amanecer.

Alguien me fotografía desde un barco.

Recupero el español, mi vocabulario. Tartamudeo al otro lado de una mesa de madera el español de infancia, el del pueblo del valle. Suena fuerte. Como siempre.


El atardecer.

Dos vagabundos de puerto se encuentran al borde del lago. Podríamos haber hablado de que regresar a casa es un concepto que no existe, una forma de ponerle nombre a los movimientos reversibles, pero no lo hicimos. Solo que llegaban olas mansas y arrítmicas a la playa verde. Era el chico que me pasó por encima con una sonrisa: yo no lo reconozco pero yo soy la misma chica.

Era dealer.

Me invitó a su habitación.

Desaparecí en el camino a oscuras.


El amanecer.

Me marcho.

Sola.

He cargado conmigo toda la oscuridad del mundo, todo lo innombrable.

No hubo refugios: cielos abiertos.

Un cristal sucio en la cabaña de adobe amarillo (toda mi coraza protectora).

La nieve arriba del Illampu no se funde, eso lo entendí.

Hay lugares de uno que ni todo el sol tan alto ni toda la dulzura pueden descongelar.

Me he entregado: yo he sido el sacrificio para esta tierra.

Además al Illampu le nacía el sol por la espalda.

Me he acogido al cielo, ese fue el refugio si lo hubo. Durante el mediodía.

Me he rodeado las piernas en las chakras vacías de quinua. Pero allí no lloré —no sembré.

Silencio para tan poco sol o para tanto sol: los colores se lavan y deslavan todas las noches.

No he fotografiado ninguna de las puertas que amé.

Tampoco esta vez memoricé los nombres.

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