17/365 Somos dioses

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Este es el día 17 de 365 días de escritura.

El Atlántico de tierra urge. Vimos desde la muralla el mar y estaba a punto de lanzarse contra nosotros. ¿Esto ya lo he contado, o fue el sueño de anoche, después de que D muriera, después de sentir resentidos los músculos y haber perdido la conciencia del ser durante los 15 minutos que dura la inyección de olvido?

Los pescadores aguardaban a que llegaran las bocas hambrientas: muchas veces eran únicamente las de las gaviotas. A ellas no les piden dinero, pero sí el beneplácito de la duda y les entregan los pescados ya pasados, cocidos al sol y reposados entre las moscas. No hubo tanto viento como esperábamos pero las aves se deslizaban como danzando entre las olas de aire allí arriba.

         —Un dirham, un dirham.

Tantas manos extendidas que no sé si cogérselas y encumbrarlas de monedas o de amor o de almendras. A cinco kilómetros de la costa los peces son dorados y se dejan cazar con las entrañas de sus hermanos en la boca. Estuvimos engarzando los cuerpos de sardinas deshechas en los anzuelos y se nos quedó el aroma a mar y muerte entre los dedos de sal.

¿Por qué vuelvo a Essaouira si ahora está tan lejos, en este mapa que dibujé sin trenes, pero con barcos, pero con luces, pero sin ruedas? Tendría una sed atlántica otra vez, o llegó la postal de M, la que nos dedicamos la una a la otra en un café de la ciudad. Dice: “Vayas donde vayas, encontrarás lo que buscas en ti mismo”. Nosotros encontramos colores, tranquilidad de océano a nuestros pies y olas que rugen al amanecer, encontramos sobre todo música. Pero esa historia ya la he contado. ¿No lo hice? Será que se nos pasó el efecto del kifi de entre medias y preferí olvidarlo. Essaouira, allí donde iremos a vivir un tiempo: tú coserás fundas de alfombra para los surfistas, yo escribiré libros, buscaré la voz del viento y la traduciré en palabras. ¿Es eso posible?

Ahora que regreso —tres cajas que suman sesenta kilos de ropa y libros, veintiún cuadernos de letra engarzada, escuálida a veces y otras gorda como recién alimentada de besos, varios pares de converse gastadas y rotas que no sé cómo tira porque nunca supe tampoco cómo decirle adiós a los kilómetros, algunas fotos de nosotros juntos y una historia de amor a cuestas que pudo ser también la historia de la espeleología o la historia de las profundidades— los recuerdos de las ciudades que vimos a lo lejos y a las que no logramos acercarnos me parecen más nítidos que nunca. Estambul, por ejemplo. Prometí a tres hombres una visita que nunca habría de hacer. Se lo prometí a una mujer. Cúpulas azules que existen, si acaso, en los recuerdos de todos ellos pero que yo tomé de segunda mano sin pedir permiso. Y no me arrepiento.

La pequeña habichuela abandonó el bote mucho tiempo antes de su nacimiento. ¿Cuánto de extraño es que le hubiera puesto un nombre a 24 horas de reconocernos propios? De alguna manera el dolor se tornó magia: un experimento entre los cuerpos. Somos dioses si pudimos crear vida con amor o sin amor. Somos dioses si de la nada nace un punto y del punto las raíces y de las raíces las ramas y de las ramas el mundo.

Volvemos a Essaouira a por el pescado fresco. Volvemos porque éramos ingenuos todavía y no sabíamos que teníamos el poder de la muerte a dos pasos de distancia.

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