Por la cuesta del Poble Sec

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Es extraño: apenas me he alejado unos cientos de metros de mi “zona de confort” barcelonesa y ya me parece estar caminando por otra ciudad. Y lo mejor de todo es que para hacer este viaje solo he tenido que cruzar la Gran Via en bicicleta (no más vuelos, esta vez mis pies son el motor) y adentrarme en una zona de la que ni siquiera había oído hablar: el Poble Sec. Pero no por ello es menos especial, pues a estas empinadas calles que ascienden hacia el Mont-Juïc, Serrat les dedicó varias canciones en recuerdo de su infancia.

Ahora me encuentro en un bar que podría haber sido uno de aquellos donde Serrat empezó a pensar en la música. Las paredes de piedra resquebrajadas y sucias, un bar de tabernero y jamón que vende lotería y cuyos techos parecen llorar bolas de navidad, un bar de esos en los que los clientes le miran el culo a la camarera sin vergüenza ni perdón, con una máquina tragaperras en la esquina esperando el clinc que hace saltar el bote y tiñendo con sus lucecitas titilantes que parecen decir juégame, juégame, todos los objetos de alrededor. Pero aunque la atmósfera siga siendo la del Serrat joven y enamorado de su barrio, algo ha cambiado. Desde la barra, el camarero me estudia con sus ojos chinescos mientras escribo. Con su larga cabellera de azabache en una coleta parece un guerrero de Xian. Detrás de mí un grupo de chicos bebe café de domingo. No les veo, pero les oigo hablar con ese inconfundible acento arábico aspirado tan confuso, que se entrelaza con el sonido de la televisión emitiendo una versión de la chica yeyé a voz en grito. Y justo enfrente un señor de pelo blanco, leyendo La Vanguardia con una parsimonia caracoliense, probablemente un emigrado de las tierras bajas españolas cuando Barcelona se convirtió en puerto y hogar para muchos españoles que huían de la pobreza. Esa es la esencia del Poble Sec: un barrio obrero donde se asentaron los primeros inmigrantes andaluces, castellanos, aragoneses, y que hoy se renueva con las voces de los jóvenes del mundo que también llegan a Barcelona buscando su camino y un futuro en esta ciudad mágica que los domingos por la mañana parece desierta.

Choque de generaciones

Espiando a través de la ventana

Blues

El Poble Sec empieza en el Carrer de Lérida con Paral·el

El Poble Sec fue el primer barrio del ensanche de Barcelona, que se llevó a cabo entre 1854 y 1859, cuando por fin se tiró la muralla de Barcelona y se dio el visto bueno a la construcción de angostas barracas para los obreros que llegaban a contribuir a la ebullición barcelonesa que ya no cabían en el Raval. Y aquí también se experimentó con el Modernismo, en una extraña mezcla con la estética más funcional de los barrios pobres, y entre edificios bastos, estrechos y de fachadas desmenuzadas, aparecen verdaderas muestras del espíritu de la época, una Barcelona que se llenó de artistas e intelectuales paseando arriba y abajo la Avinguda Paral·lel. ¿No es un nombre precioso? Con punto geminado incluido.

Entre cuestas y descensos, me encuentro con la Plaza del Sortidor, con la pequeña rambla de la calle Blai, con la calle del pintor Cabanyes de la que hablaba Serrat. Ya al salir de casa había pensado que algo extraño ocurre con la luz en esta ciudad, es una luz distinta, y me acuerdo de la gélida luz blanca de Bruselas y París, que tímidamente se esconde siempre tras una capa de neblina, de la luz amarilla fulgurante cubana que invita al baile y al ron, de la de Indonesia, tan densa que parecía pesarme sobre los hombros, y descubro que aquí, en Barcelona, es limpia y cálida, parece envolverme y transportarme ella misma, y da igual que sea azul, como en los domingos de mangas de camisa que rosa en el atardecer del puerto: en la luz de Barcelona, un símbolo en sí mismo. Una institución, si me apuras.

Compro un pan payés, antes de descender hacia la playa y acabar envuelta en una súper maratón de baile. Le pregunto al panadero: ¿cómo se dice si me lo puede cortar en catalán? M’ho vols tallar si us plau?– me responde emocionado. Y continúa: niña, qué bien que quieras aprender, integrarse es lo principal. Le guiño un ojo y salgo del local. Él se queda riendo con la carcajada franca y honesta de los señores de barrio.

Yo también estuve horas mirándolo

No se ve, pero enfrente había otra señora igual, batín incluido. Hablaban.

Al pasar por aquí justo sonaban las campanas de la misa de once

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