Tocats per la Tramuntana (parte I): Cadaqués

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Me da igual que el cientifismo moderno lo niegue. Me da igual que solo se trate de cuentos y películas, de historias inventadas. Me da igual que tú no me creas, porque apenas yo puedo creérmelo tampoco. Quién se iba a imaginar que a escasos 200 km de Barcelona, esta ciudad soñada y tan cosmopolita, se alzaría uno de los lugares más mágicos de la tierra: el Cap de Creus. Y no es solo magia lo que se libera en el punto más oriental de la península ibérica; también el magnetismo de lo paranormal y lo desconocido suman sus fuerzas al silbar de la tramontana, el viento más veloz y sonoro de la tierra, un viento capaz de moldear terrenos y forjar genios. Pero eso ya vendrá. Empecemos por el principio.

Esta historia comienza con la casualidad y un mensaje a doble vela: abrigaos y preparaos para conocer la tramontana, nos dice Ferran. Esa misma noche me duermo con el sonido de un viento imaginario azotándome los pensamientos, ardiendo en deseos de conocer ese fenómeno tan extraño que solo ocurre en ciertas zonas donde se unen mar y montaña y que goza de la fama de ser el germen de la locura. Pero por la mañana recorremos la AP-7 persiguiendo a este viento que no parece tener ganas de aparecer. Así llegamos hasta la región del Alt Empordá, a escasos kilómetros de la frontera con la vecina Francia, con quien comparte cierto gusto por los prostíbulos transfronterizos y un paisaje agreste y rocoso, casi pirenaico. Esta carretera es, además de la última del país, la que más ampollas levanta, debido al movimiento #nonvullpagar, una alternativa al pago de los precios exorbitados de peajes que ciertas empresas constructoras siguen exigiendo a los que pasan por allí aun habiendo sido pagada la deuda con creces hace ya varios años. Por eso me dice Ferran, nada más entrar en el coche ¿os apetece un experimento periodístico? ¡Qué íbamos a decir Miguel y yo, que ambos somos periodistas y el placer de experimentar la realidad en nuestras propias carnes nos parece algo vital! Así pasamos por uno de los peajes y  la frase #non vull pagar misteriosamente abre la barrera. Pero esto no es magia, sino un movimiento ciudadano que a primero de diciembre solo suscriben dos o tres de los que pasan por allí cada semana.

El Port de la Selva, un pueblín que me trae buenos recuerdos y está justo al lado de Cadaqués

Esto sí es Cadaqués

Espacios inventados. Arte por todas partes. Así es Cadaqués.

Serpenteando a través de las rocosas montañas junto a la costa, vamos internándonos en la zona del Cabo de Creus. Nuestro destino, después de visitar un Museo Dalí que deja la boca abierta, es Cadaqués. Desde lo alto empezamos a descubrir las primeras casitas blancas enclavadas en la roca. El mar, y la montaña parecen atraparlas entre sus garras, dando la impresión de que toda la tierra alrededor solo está formada por tres colores básicos pero brillantes, únicos y endémicos de toda la zona: un azul lapislázuli rizado por las olas que levanta el primer roce de la tramuntana, el blanco salino de los pueblecitos de pescadores y el verde jaspeado de este parque natural que recorre de punta a punta la Costa Brava. Por carreteras tortuosas nos vamos acercando al que es, probablemente, el pueblo más encantador de toda Cataluña: Cadaqués, ciudad que ha sido refugio para muchos artistas y escritores.  Pero es fácil darse cuenta de sus porqués al pasear por su orilla de piedra, totalmente despejada, ni una voz, ni un sonido más que susurrar de los gatos. Y el silbido del viento, claro, que nunca abandona. Aquí residió Dalí durante años, con su musa Gala, pero no fue el único: Josep Pla, Picasso, Duchamp, Magritte, Lorca o Buñuel también descubrieron toda la magia que habita en la región y se rindieron ante la locura que produce.

Con un vino y un atardecer de fondo nos despedimos de una ciudad de la que ya sabía que iba a enamorarme incluso antes de llegar. Ferran conduce, por caminos deshechos y que nadie utiliza hasta llegar al Cap de Creus. Pero esa ya es otra historia.

Y llegará.

M.

Ferran y Miguel, compañeros de viaje y tan felices como yo

Qué mejor que pasear dejándose llevar por las callecitas estrechas y el paseo marítimo de Cadaqués

Los gatos, nativos de Cadaqués. A ellos les pertenece toda esta magia.

La luz es maravillosa, dorada. Como en Portugal.

LEE LA SEGUNDA PARTE AQUÍ

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