Tocats per la Tramuntana (parte II): Magia en el Faro

cap-creus-126

Si no has leído la primera parte, ve aquí primero

Nada más abandonar Cadaqués, la carretera hacia la punta del Cap de Creus se va tornando más y más tortuosa. Apenas pueden pasar dos coches sin acercarnos peligrosamente al abismo que se cierne alrededor, pues finalmente nos dirigimos al punto más oriental de la Península Ibérica, desde donde no podremos ver más que agua en todas direcciones. En un instante, Ferran apaga el motor y nos quedamos escuchando.  ¿Lo oís?, nos pregunta. Efectivamente, el silencio quedaba roto por una música muy especial: el roncar de la tramontana.

No sé por qué, pero este viento me ha calado de una manera inexplicable. ¿Será por todas las leyendas de locuras y genialidad de las que es protagonista? ¿O por ser una fuerza mayor, capaz de destruir y moldear el mundo con su crudeza? Quizá sea también porque cuando sopla la tramuntana, los que tenemos cierta sensibilidad magnética, notamos que las fuerzas de la tierra y el cielo se transforman. Y no he sido la única en darme cuenta: según cuentan, la zona del Cap de Creus es una de las más prolíficas en avistamiento de ovnis. Incluso Dalí y Gala intuyeron las propiedades sagradas de este lugar, y no muy lejos de allí, en la bahía de Port Lligat, decidieron levantar su residencia, dejándose empapar por la locura que dicen que este viento porta.

Pero vayámonos un poco más lejos. Si Dalí y Gala, y también yo, somos los últimos enamorados de esta tierra, no está de más hablar de quiénes fueron los primeros. Etruscos, fenicios, sardos, griegos y romanos aprovecharon sus dotes para la navegación para hacer de la zona un importante centro comercial e introducir en la Península la cultura que empezaba a florecer en sus imperios. Prueba de que ellos también sintieron ese embrujo especial y sumamente místico que emana toda la zona del Alt Empurdá, son los megalitos y los dólmenes que construyeron para comunicarse con los dioses y glorificar a sus antepasados. Gran variedad de ruinas clásicas y también iglesias y monasterios de estilo romano se alzan por todo el litoral mediterráneo que rodea al Cap de Creus. Tengo la impresión de que nunca podré llegar a conocerlos todos: el legado de la historia es vasto y está cargado de leyendas y mitos del pasado.

está tan aislado que incluso la estética recuerda a otra época

Pero donde realmente se puede sentir esa fuerza telúrica tan extravagante es en el Faro. Encendido por primera vez en 1853, la torre de guía lleva aguantando desde entonces el empuje de la tramuntana, que a veces alcanza los 150 kilómetros por hora. Al pasar por allí, Ferran, Miguel y yo tenemos que agarrarnos las bufandas, las gafas, las cámaras incluso, evitando que sea el viento quien se las regale a los grandiosos acantilados que nos rodean, pues en estas aguas mueren los Pirineos y el desnivel es impresionante. Desde arriba del todo vemos las calas escarbadas en la roca, promontorios salpicados de matorrales, y el sol que se esconde tras la cordillera pirenaica mucho más allá. De repente nos damos cuenta y le decimos a Miguel, chileno expatriado en España desde hace solo dos meses y que nunca ha visto Europa, que esas siluetas que se recortan en el horizonte están ya en Francia, así que está conociendo Francia por primera vez. Su rostro se ilumina con la emoción de un niño: ¿de verdad eso es Francia? Y se queda mirando el cabalgar de las montañas. Tómenme una foto, nos pide. Este momento hay que inmortalizarlo.

En esta colina junto al faro, solo un restaurante se ha atrevido a plantar su barra y su cocina, además de cuatro habitaciones en la planta superior para aventureros trasnochados. Con un carajillo bien caliente nos prometemos los tres que tenemos que volver y dormir allí algún día, uno en que la tramuntana sea fuerte y maliciosa y no nos deje dormir entre historias de locos, fantasmas, ovnis y leyendas del Santo Grial escondido. Sentimos toda la fuerza de Hércules, que según la mitología, fue quien creó el Cap de Creus. La sentimos en el agua que choca contra las grandísimas rocas, y también en las salpicaduras de sal contra los cristales de la posada. Cuando salimos fuera, ya entrada la noche, vemos cómo el faro hace girar su luz, y con el viento el haz de luz parece convertirse en fantasmas danzarines que nos susurran historias de buques naufragados en las profundas aguas que bañan la Costa Brava. Nos despedimos del Faro con una última mirada rápida y una emoción contenida en nuestros pechos. La promesa se la hemos hecho ya al faro: tenemos que volver a encontrarnos.

P.D.: Para los aficionados a escribir relatos de terror, es toda una fuente de inspiración. Pensadlo 😉

M.

Si, allí a los lejos…¡es Francia!

Miguel flipando con el paisaje alrededor

Si te ha gustado, súmate con un Me gusta en Facebook o compártelo en tus redes sociales con los botones de aquí abajo. Cultura Libre :) También puedes suscribirte para recibir las entradas en tu mail directamente pinchando en la barra lateral derecha! ¡¡Muchas gracias!!

Written By
More from Marina

Vidas nómadas

  Siempre han existido dos clases de hombres: los que se quedan...
Read More

5 Comments

Deja un comentario