Todo está bien. 26 días de retorno

checo

Empiezo a escribir una carta infinita que se convierte en libro. Eso he sido yo: la que nunca logra llevar a la boca las palabras que de verdad necesita decir, tal vez porque aún no existen. Pero, ¿y ahora? Desde la ventana de rejas, un camino que se interrumpe en la montaña: el mar de luces que es Quito abajo pero no me había fijado, me digo, no lo había visto, qué locura que de verdad no haya podido verlo si siempre ha estado ahí.

Como todas esas otras cosas.

El detalle: encontrarse dentro del cuerpo en actitud de observador observado.

¿Quién mira hacia el otro lado? En la dirección opuesta a mis ojos, quiero decir. El agua que hierve detrás, el tomate que se cuece detrás, el vecino que habla al otro lado de la puerta y los cristales que se abren para que entre la luz del sol, pero nunca directamente, sino en una suerte de maniobra oblicua que le da a la madera aspecto de bosque. Salgo a la calle vestida de ti solo media hora al día para encontrame con los comercios cerrados y la hora diurna del sueño. Todo está bien: este es el mantra que resuena y yo no lo he inventado. Solo apareció entre los recovecos del cuerpo, se acomodó y se quedó a vivir conmigo.

He intentado frenar el viento con las manos y entonces yo fui viento.

Todo lo que hoy diga será reflejo del instante más presente de todos. Ahora: lo descalzo y la madera como si fuera mi propia piel, el olor de los tomates, Quito mediodía. Como cuando lanzamos las cuarenta y nueve varillas de cardón sobre la mesa traslúcida o sobre cualquier suelo y reflejan el momento que no va a repetirse nunca más. Pero que, a la vez y he aquí la paradoja, dice sobre todos los demás instantes de nuestra vida.

Le digo: cada acto y decisión de hoy es piedra base de lo que seremos mañana. Y estas cosas que escribo y esta comida que se cocina lentamente en el fuego intervienen con presencia invisible en la vida de todos los seres de esta red que forma el mundo. No me preguntes por qué, pero lo sé. Hay una lógica sumergida en el fin de las cosas a la que se accede con los ojos que nos habitan detrás bien abiertos. Hay una herida en la garganta que duele cuando no digo, cuando no respiro.

Let it rain escribimos en un cuaderno-pájaro.

Y la pregunta final es: ¿por qué no habríamos de dejarnos llover hasta deshacernos entre los adoquines, la tierra y las profundidades de un mar vivo?

O también: ¿por qué no habríamos de soportar toda esta vida levemente, con un solo dedo, si no pesa pero la hacemos pesar llenándola de cosas, emociones, piedras negras?

Es más fácil si nos acariciamos sin preguntarnos de dónde venimos ni a dónde vamos mañana, sin decirnos de los nombres de las cosas. Lo simple de no usar nada más que la piel de erizo para saber si es lo correcto encontrarnos esta noche o mañana o quizá nunca porque ya nos hemos conocido en otras vidas.

A, cuando soñaste conmigo no soñaste conmigo. Estábamos viviendo un cruce de decisiones que se produjo en otro nivel corpóreo, en otra vida posible. Yo no habría conocido las olas del Pacífico porque volví y nos encontramos en el valle de estrellas. Y todo habría ocurrido como me lo contaste. Ese hombre viejo todavía nos espera pero no hemos llegado en nuestros cuerpos-marea. ¿Esperará o ya supo que hubo encrucijadas y decidimos tomar caminos diversos?

Nunca sabremos de las decisiones que no tomamos: las hemos vivido sin memoria.

Y todo esto está bien.


Este texto forma parte del desafío 27 días de retorno. 

Hice otro desafío de 30 días en mayo de 2013 y conocí la hiperconsciencia. Puedes leerlo aquí.

Tulia también está regresando. A ella me uno en este viaje al origen.

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