Tu vida en diez años. 19 días de retorno

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Que te esté queriendo en futuro tiene que ver con el hecho de que quieras una casa ni muy cerca de la ciudad ni muy lejos de la montaña. Es así de sencillo. Y no sólo con eso. También tiene que ver con el hecho de que a ninguno de los dos nos guste el picante ni el cilantro (“es que le quita el sabor al motepillo”). Y aún más: que tararees una canción de Vetusta que aún no conoces. Y con que si te pregunto en qué lugar del mundo querrías estar que no fuera esta cuesta de Guápulo que subimos de a poco respondas: “España”.

Porque yo también.

Cuando me imaginaba mi vida hace diez años pensaba que sería más o menos como es ahora: viajando por cualquier lugar, quedándome atrapada en cada uno de ellos hasta sentir que conozco las aristas de las montañas y los malecones y, sentimiento-columna vertebral: escribiendo porque sí. También me imaginaba otras cosas que después resultaron no ser lo que quería sino lo que idealizaba, y éstas se fueron. Cuando imagino cómo quiero que sea mi vida de aquí a diez años visualizo una casa azul en alguna montaña con carreteras que traigan personas amarillas y arte de otros lugares. Una casa que sea como un universo en sí mismo y cuya cocina esté al aire libre para poder levantar las naranjas del suelo, los morrones, las piñas y la albahaca. Una habitadción llena de libros (“una sala de música”, dice I). Las bicicletas. Una casa en madera para todos los que necesiten un refugio, al costado, donde sentirse en casa. Porque algunas veces he necesitado ese lugar que me perteneciera por unos días, esa cueva donde solo habito yo, porque los trashumantes siete veces al año necesitamos sacar la poca ropa y los libros que vienen con nosotros y colocarlos en los cajones, encender una vela en el suelo y abrir una ventana: un hogar.

Carla me pide que pierda un avión.

¿Y si no nos fueramos mañana, cada uno en dirección opuesta y —nunca casualidad—los dos de vuelta a casa? No como posibilidad de aviones perdidos, sino como si todo pudiera fluir como es ahora. Sin elecciones.

—Hace seis días que no nos separamos ni un minuto.

—¿Y si no hubiera subido corriendo detrás de ti hasta la casa? No podíamos despedirnos así.

—Yo ya estaría en Colombia. Y no nos habríamos querido tanto.

No nos habríamos querido en progresión.

No te habría disfrazado de jeque árabe mientras corríamos por la 10 de Agosto ni yo me habría puesto en la cabeza una piña ni habríamos bebido vino en las escaleras de la casa.

¿Se saben las cosas antes de que ocurran? Porque me marché de Tarapoto sabiendo que alguien me estaba esperando. O fue antes: en el columpio de nuestra casa en Arequipa escribí: hay un instante en el que otra persona y yo —destinados a encontrarnos pero aún desconocidos— emprendemos el camino el uno hacia el otro. Y de algún modo mi cuerpo ya conoce las lejanías y la forma en que nos vamos acercando.

Puede que fueras tú. O no: quién sabe. Pero hace seis días que aguantamos la respiración al mismo tiempo.

Me sumerjo en la escritura mientras cantas todas estas canciones hermosas. Cada uno crea en su propio espacio pero nos compartimos: yo te enseño la Vidala del desamor y tú le sacas las notas en lo que tarda una ducha. Era una canción cualquiera antes de nosotros. Bailamos detrás del cristal en un espacio sólo intuido por la luz.

Giramos nuestros cuerpos sobre una rueda de camión en un parque impecable. La luz del sol frente al incendio manchándonos los ojos.

Nada o todo por decirse. Aún no lo sé. Y así está bien.



Este texto forma parte del desafío 27 días de retorno. 

La foto la hizo Iñaki Allende en el parque de Guápulo una tarde de jueves.

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