Viaje en la isla. Chiloé

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Para llegar a la isla grande de Chiloé tuve que atravesar un bosque rojo, un bosque seco, siete lagos y un pedazo de océano en un transbordador naranja mientras la niebla lo llenaba todo alrededor. No sabía nada de aquel lugar: había salido en la madrugada para evitar un encuentro. Al llegar, lo primero que vi fueron las casas de chapa y madera, pintadas de colores pastel, humeando siempre a través de sus tejados el olor a madera ardida. Después vi los perros persiguiéndonos mientras el autobús tomaba la carretera que se dirige al corazón de la isla. Se iban sucediendo los campos verdes bajo la humedad del mediodía. Algunas veces, veía el Pacífico Sur y el embate de sus olas en la orilla, y me imaginaba el viaje que hizo Darwin por estas costas, buscando cuevas y entradas de mar en donde guarecerse de las tormentas, abriendo con el machete pedazos de selva valdiviana y conociendo a los chonos que habitaban la isla antaño. Por entonces Castro era una ciudad sucia y sin asfaltar donde no vivía casi gente; hoy es la principal ciudad de la isla y su silueta la guardan varias línea de palafitos —casas sobre pilotes en colores hermosos— donde viven los pescadores. En el centro de la ciudad hay una iglesia amarilla y violeta que ni con los terremotos se vence.

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Desde Castro voy hacia Cucao, el parque nacional donde Darwin, cuando no existían las carreteras, encontró una variación del zorro común de proporciones minúsculas y una rana igualmente pequeña y muy verde. A pocos kilómetros hay un lugar especial: un camino de tierra asciende hacia un promontorio y después se convierte en sendero entre la vegetación y después en barro y roca, y de a poco va ascendiendo hacia la cima de una colina desde donde se oye el rugido del mar pero sin verlo. Al descender, lo veo: líneas de espuma blanca que viajan mar adentro, como los barcos que —creían los antiguos huilliche, hijos de los chonos— enviaban a las almas de los que han muerto de vuelta al país de Am. Desde arriba veo un muelle y una decena de turistas sacándose una foto con ese fondo de aire. Regreso por el mismo camino, después de que todos se hayan ido, para escuchar el silencio, y pienso en toda esa selva que quizás nadie ha pisado, y en cuánto me gustaría alquilar un coche y salir a recorrer esos caminos vacíos, llegar a un claro natural en medio de algún bosque y quedarme dormida en el verano, o bañarme en el arroyo, o bañarme en el mar, o salir a nadar con las ballenas y los pingüinos que cada año hacen tierra en estas costas.

De vuelta al parque nacional comienza la lluvia. Los arrayanes y sus troncos fríos y dorados me refugian y continúo el camino más adentro cada vez. En un momento, empiezo a encontrar familiar el paisaje. Sigo caminando y me doy cuenta de que estoy haciéndo círculos adentro de un bosque a punto de que desaparezca la luz. Encuentro a alguien. Estamos los dos perdidos. Me dice que confiemos en los caminos secundarios así que saltamos un riachuelo y vemos de lejos la carretera. Él lleva tres años viajando, yo tres meses. Me regala una manzana que encontró al borde del camino, bajo su árbol. Yo le regalo un plátano y un abrazo y, al tocarnos, nos encontramos enteramente mojados. Lluvia fina y constante que no para.

 

Hay varias opciones para moverse en la isla de Chiloé, como el transporte público o en bicicleta. Sin embargo, la más atractiva podría ser alquilar un coche para conducir, en sus últimos kilómetros, la carretera Panamericana, que une Fairbanks (Alaska) con esta parte del continente. Una hermosa aventura a la par que mítica.

 

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